UNA MUJER EN BIRKENAU: NUEVO LAGER, VIEJOS CASTIGOS

Posted on 10 noviembre, 2013

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auschwitz instrumento de torturaEl viejo campo de hombres, el B, es un reflejo simétrico del campo de mujeres, que ahora se llama A. un camino, que va desde el almacén de pan al Blockführerstube del B, separa los dos campos. A ambos lados del camino aislado por una alambrada está primero la cocina, exactamente igual en los dos campos, y después el barracón de desinfección. La recién llegada Aufseherin Franz (la hermana de la Arbeitsdienstführerin Hasse) se hace cargo de las dos cocinas y poco a poco introduce en todos los sectores del campo de mujeres, ahora en plena expansión, sus nuevas prácticas, que consisten en sacar del almacén grandes cantidades de los mejores productos y entregárselos a los SS, al ejército y a los particulares. También los bloques donde se alojan ahora las mujeres y los retretes están distribuidos de la misma manera. Como si alguien colocara al borde del campo de mujeres un gran espejo  en el que aparece el Lager de hombres. Con el tiempo aparecerán pequeñas diferencias, aunque la distribución seguirá siendo la misma.

Los hombres han dejado los barracones vacíos, que son exactamente iguales que los del campo de mujeres, exactamente iguales que decenas de miles de otros que los alemanes han levantado en diferentes puntos de la Tierra.

Para quien conoce la vida en el campo, estos barracones no son mudos. Llevan escrita una historia más legible que la que está en las paredes de los antiguos templos de Oriente. Sus paredes, suelos y ladrillos están manchados de la sangre de las personas que han muerto aquí. Este barracón oscuro, que aún no ha sido ocupado por mujeres, no está vacío. Aquí están en formación las filas disciplinadas de hombres que han muerto y que no se irán de aquí a pesar del traslado oficial. Se han quedado en el lugar donde se ha derramado su sangre. De nada ha servido encalar las paredes.

Estas paredes siguen rojas de sangre.

En las vigas, debajo del tejado, están pintadas con grandes letras las frases que te atormentan, las mismas que los SS gritan de día y de noche:

– Im Bloch Mützen ab! ¡Quitaos las gorras en el bloque!

Halte dich sauber! ¡Sé limpio!

– Ruhe im Block! ¡Silencio en el bloque!

– Eine Laus – dein Tod! ¡Un piojo, tu muerte!

– Achte deine Vorgesetzten! ¡Obedece a tus superiores!

– Im Block rauchen verboten! ¡Prohibido hacer fuego en el bloque!

¿Y qué pasa cuando infringes alguna de estas prohibiciones, hermano prisionero? ¿Qué pasa entonces contigo?

En el patio del bloque 2, que está rodeado por un muro, hay unos cuartuchos de puertas estrechas que se llaman Stehbunker. Aquí encierran por la noche a los prisioneros condenados, pero sólo por las noches porque durante el día tienen que trabajar como los demás. Cada tarde, después del recuento, el Blockführer mete dentro del cuartucho a cuatro condenados. La celda es un hueco estrecho, que mide un metro cuadrado. A duras penas caben en eses habitáculo cuatro hombres de pie con un cubo en medio. La puerta se cierra de un portazo. Arriba hay una ventana enrejada, grande como las palmas de dos manos.

Los hombres tienen que pasarse allí de pie toda la tarde y la noche hasta la formación de la mañana. Al día siguiente trabajan observados atentamente por el Kapo que no se lo piensa dos veces si tiene que golpearlos cuando dan muestras de cansancio o de sueño. Por la tarde, después de la formación los espera de nuevo el Stehbunker. Así durante una semana entera, a veces durante más tiempo.

Este castigo, aplicado durante un tiempo prolongado, causa la muerte de forma natural.

Cerca de los Stehbunker hay unos potros de madera que sirven para azotar a los prisioneros.

En el campo de los hombres se aprovecha la formación de la tarde para las ejecuciones. Un Lagerältester, que suda del esfuerzo, golpea con una porra de goma o con un azote a un prisionero que está tumbado sobre el potro de madera. El castigo más leve son 25 golpes. Pero a menudo son 50 o 75, incluso 100. Cien latigazos en la espalda, en las costillas, en los riñones. No son necesarios más para acabar con alguien.

Mientras estás tumbado sobre el potro de madera, joven prisionero, con la cara lívida de dolor y de esfuerzo para no gritar, le confías tu vergüenza a la tierra. No puedes levantarte de un salto y coger del cuello al que te golpea, no puedes darle al SS una bofetada en la cara ni una patada en el estómago, no lo puedes hacer porque quieres vivir. Porque aquí ya te han enseñado que semejante acto, además de inútil, sería una locura, que sólo conseguirías que una bala de revólver te reventara la cabeza y que a tus compañeros se les aplicaran duras represalias.

Así que sigues tumbado en silencio sobre el potro de madera y cuentas los golpes de palo que chocan con ímpetu contra tu cuerpo mientras la tierra gris, que tiembla con cada azote que cae sobre ti, escucha lo que pronuncian tus labios, absorbe tu sangre y tus lágrimas de vergüenza.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 226-229)

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