UNA MUJER EN BIRKENAU: NUEVO TRANSPORTE

Posted on 12 noviembre, 2013

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JUDIOS BIRKENAUOyes un ruido a tu derecha. Son los hombres. El barracón de desinfección, que está al lado de los bloques 5 y 6 y separado del campo de mujeres por un simple alambre de espino, está ocupado por un numeroso transporte de hombres. Se oyen sus voces. Proceden de todos los puntos de Polonia, la mayor parte de Varsovia. Por la mañana andaban jóvenes, bellos y sanos. Sus siluetas emanaban entre los alambres el encanto añorado de una vida perdida. Entre ellos hay muchos policías, conductores de tranvías y de trenes. Los han conducido al bloque 5 y 6 del campo de las mujeres y allí, aguardando en pie en una muchedumbre inmóvil, esperan ser admitidos en el Lager. El barracón de desinfección no para de trabajar, día y noche. Día y noche llegan nuevos grupos de hombres. Las mujeres ven cómo sobre las cabezas de los recién llegados caen los puños de los SS. Ven como de la puerta del bloque 5 salen hombres desnudos a los que se obliga a permanecer a la intemperie. Después desaparecen corriendo en el barracón de desinfección. Pasado un rato salen al exterior con la cabeza afeitada y con un puñado de harapos en la mano. Se visten tiritando. Se ponen encima retales de ropa interior sucia, unos pantalones estrechos y cortos, unas chaquetas demasiado ceñidas en las que apenas caben unos hombres maduros. Así vestidos, parecen comediantes de una troupe en plena gira. Están sentados en cuclillas sobre sus pies descalzos, tiemblan de frío, de hambre y cansancio.

Qué pena les dan a los viejos prisioneros estos recién llegados. No se han olvidado de los primeros días que han pasado en el campo, los más difíciles. Se acuerdan de ellos muy bien y por eso compadecen a todos los que llegan al Lager. Observan las filas de hombres recostados en la pared y descalzos, y saben que tan sólo un porcentaje pequeño, un grupo pequeño, sobrevivirá.

Mañana ya serán prisioneros. Hoy, ahora, aún no lo son. Cómo nos gustaría acercarnos a hurtadillas al amparo de la noche a la alambrada y llamar en voz baja a alguno de los recién llegados para darle un apretón de mano de fraternidad. De su ropa, e su cuerpo y de su cabello emana una libertad invisible, que han traído de sus casas, de unas ciudades lejanas y de las calles soleadas.

A veces un SS o un encargado interrumpen corriendo entre las filas de los prisioneros haciendo mucho ruido. Después se hace de nuevo el silencio sobre el grupo agachado en la oscuridad. A la luz de las ventanas del barracón de desinfección sólo se pueden ver los contornos de sus siluetas. A veces, en el silencio se oye una palabra en polaco pronunciada un poco más alto, a veces una petición en voz baja que no es posible atender.

– ¡Agua, agua!

     (Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 230-232)

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