UNA MUJER EN BIRKENAU: PILAS DE CADÁVERES. MUSULMANAS

Posted on 17 noviembre, 2013

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BIRKENAU CADÁVERESTodas las mañanas y todas las tardes se forma delante de cada uno de los barracones del hospital una montaña no muy alta de cadáveres. En los meses que van desde el otoño de 1943 al invierno de 1944, la mortalidad media en los dos campos de mujeres es de 300 muertas al día.

Los cadáveres desnudos se colocan de cualquier manera sobre la tierra que está cubierta con una nieve blanquísima y allí se quedan, con la única compañía del silencio. Los vivos vuelven con los vivos o con los agonizantes para luchar a su lado contra la muerte. Los muertos se quedan solos. Las prisioneras rehúyen con la mirada las montañas de cadáveres, como si les trajeran malos augurios. Pero los cadáveres aparecen cada mañana de nuevo de forma invariable delante de los barracones, bajo el cielo gris, y así durante todo el otoño y el invierno.

Ten valor, prisionero solitario, que yerras entre los barracones; acércate un poco más y echa un vistazo. El frío de la muerte ha cerrado todas las manos amistosas, todos los corazones calientes se han enfriado. Quizá aquello que está delante del barracón sea tan sólo un dibujo más de una serie titulada “Imágenes de los años de hambruna”. Nadie ha dado a estos cuerpos la postura de los muertos cristianos, que descansan  con las manos entrelazadas sobre el pecho. Estos cuerpos se han quedado  congelados en los últimos estertores, en los últimos segundos de lucha contra la muerte, y así los han dejado. Ahora yacerán así y así desaparecerán. Un grito de dolor se ha quedado en los labios abiertos y en los ojos que salen fuera de sus órbitas; las costillas están bien pronunciadas debajo de la piel transparente y las manos y las piernas, apenas unos huesos demacrados, están dobladas. En muchos cuerpos hay manchas azul oscuro.

Eso es todo. Éste es el final de todo un grupo vencedor y resistente de prisioneras, así es como se apaga el verano soleado en Birkenau, un verano lleno de fe y de proyectos.

No sirve de nada que apartes la mirada. Por todas partes, detrás de la alambrada, allí donde llega tu mirada se repiten las mismas imágenes que varían poco: allí hay cadáveres de mujeres, allí de hombres, en otro lugar hay cuerpos de hombres, mujeres y niños, todos juntos. De nada sirve que eleves la mirada. Los que se ve sobre la alambrada no es el cielo. Es una losa de hielo que de forma imperceptible y silenciosa se cierne sobre nosotros, tan gruesa que resulta impenetrable. No te sirve de nada llamar a Dios, a otro hombre. No puedes llamar a nadie.

Qué difícil resulta imaginarte que ahora, en tantas ciudades y en tantas aldeas cubiertas de nieve, sobre las mesas, a la luz de las lámparas, se inclinan las cabecitas de los niños que preparan los adornos para el árbol de Navidad.

¡Qué disparate! Eso no existe. Si existe, está muy lejos, en un país perdido para siempre, en un lugar que es mejor olvidar. Es como un sueño lejano, que jamás se repetirá. Es mejor olvidar y vivir sólo con lo que hay entre los barracones.

Aquí, debajo de esa losa impenetrable, están las peregrinas-musulmanas, condenas al barro, como las algas que echan sus raíces en el fondo marino.

¿Quién aguantará este tiempo de esclavitud, dónde, en qué milímetro del camino está escrito el final del recorrido?

Un mal sortilegio las condena a vagabundear hasta caer en un lecho de muerte. Son unos espectros incoloros, grises y negros; morirán todas para caer sobre el campo como el humo espeso del crematorio, que serpentea entre los barracones, que se extiende y arrastra para finalmente hacerse denso y adoptar formas humanas.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 283-284)

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