UNA MUJER EN BIRKENAU: HUMO HUMANO

Posted on 20 noviembre, 2013

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BIRKENAU CREMATORIOSUna noche de repente todo se pone en marcha. Unos gritos y el sonido de los silbatos sacan a los prisioneros de su profundo sueño. En al oscuridad se oye el estruendo y el jadeo de un tren, el siseo del vapor que sale de su locomotora, el crujir de los amortiguadores. Parece como si esa vía muerta del ferrocarril que han tendido los prisioneros, con el aparente único fin de tenerlos ocupados, se hubiese convertido inesperadamente, en una sola noche, en una estación bulliciosa.

A veces, por encima de las voces de hombres y mujeres se oye el llanto ruidoso de un niño y un grito más fuerte que el resto:

Los! Aufgehen! Aufgehen! ¡Vamos! ¡Salid! ¡Salid!

De vez en cuando unos gritos de dolor te dicen que alguien ha recibido un golpe, a veces se oye un disparo, después del cual se hace el silencio.

A los prisioneros se les prohíbe bajo penas severas abandonar los barracones por la noche. Más tarde esta restricción se suavizará un poco. Pero en este tiempo, sin embargo, todo se organiza de acuerdo con un plan establecido, que prevé entre otras cosas alejar a los prisioneros de lo que sucede en la rampa.

Por la mañana llevan a las cuadrillas de prisioneras por un camino distinto del habitual. No se pueden acercar a la rampa, ni siquiera pueden mirar hacia la alambrada que está cerca del lugar donde llegan los transportes. Además, la puerta B está cerrada, está prohibido utilizar el retrete que hay en la zona norte del campo, así que hay que ir en grupos y filas de a cinco a los retretes de la zona sur. Los grupos tienen que ir escoltados por una encargada.

El tiempo soleado que cae como un polvo dorado sobre las praderas y campos que ves a través de la alambrada desde esta parte del Lager es sólo una ilusión. Todo es una ilusión, todo lo que alguna vez te pareció real es ilusorio.

Lo único seguro, indudable y real es el humo.

Está en los barracones y en el espacio que hay entre ellos, bajo el cielo y sobre la tierra. El humo permanece denso e inmóvil en el mudable aire como un cuerpo sólido, y te inunda la boca, la garganta, los pulmones y la nariz, se pega a tu ropa, impregna la comida.

De los dos crematorios más cercanos salen dos columnas, como olas oscuras que se alzan directamente hacia el cielo, para luego descender serpenteando hacia el suelo.

A veces, en medio de esa lava oscura estalla un fuego de llamas vivas, que sale disparado de la garganta de la chimenea hacia el claro azul del cielo desgarrando a su paso el humo negro. Al cabo de un rato, el fuego cesa. A veces, sobre todo por las tardes, los crematorios escupen fuego durante largas horas, incluso hasta la mañana siguiente.

Pasados unos días la actitud de severidad de los SS se sustituye por otra de indiferencia casi absoluta. Están ocupados con los transportes, que superan en número a los anteriores, y dejan de preocuparse por el campo. Las prisioneras pueden acercarse a la alambrada, a donde ellas quieran, y mirar lo que les apetezca.

Pero cuesta mirar a tu alrededor. Desde hace varios días, el camino adyacente a la rampa del ferrocarril lo recorren incesantes oleadas de personas que avanzan apretujadas, cabeza con cabeza, como si fueran en una procesión. Hay gente de todas las edades, mujeres y hombres, vestidos de formas muy diferentes, todos van apiñados por el amplio camino y se dirigen despacio, paso a paso, hacia el oeste. El tiempo caluroso los obliga a abrir sus sombrillas para protegerse del sol, que puede ser peligroso para su salud. Algunos, cansados de esta marcha lenta, se sientan sobre el césped que crece junto a la alambrada del Lager, se colocan una manta debajo y cuando se levantan se sacuden la ropa cuidadosamente. Se comportan de forma muy correcta y tranquila, miran al frente, a las chimeneas humeantes y prosiguen su camino. Entre esta masa de gente aparece de pronto un carrito de bebé, que parece un pequeño barco en medio de un río de aguas bravas. El carrito avanza por el borde del camino empujado por unas manos cariñosas. A veces se oye el llanto fuerte de un bebé, y entonces ves a una mujer que se inclina hacia un niño, que lo acaricia, que le cambia el pañal. Y cuando el llanto cesa, se hace de nuevo el silencio entre la procesión que avanza en esta mañana primaveral.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 301-303)

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