UNA MUJER EN BIRKENAU: ACTITUDES ANTE EL EXPOLIO

Posted on 23 noviembre, 2013

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AUSCHWITZ HUNGAROSCuando el tren entra en la rampa, algo que sucede por regla general durante la noche, los SS y el Sonderkommando apremian a los judíos para  que se bajen de los vagones, y los obligan a entregar sus pertenencias. Los intentos ingenuos de resistencia terminan mal; esos verdugos borrachos saben lo que tienen que hacer para que sus órdenes se cumplan de inmediato.

Conducen a las personas al crematorio. Sus pertenencias se quedan, sin embargo, en la rampa. Traen cosas suficientes para satisfacer a las personas más codiciosas. Esos borrachos de la SS nadan en la abundacia, hasta el punto de pisotear las joyas sin dignarse recogerlas. Viven en una alegre orgía: quizá de este modo quieren ahogar los sentimientos humanos que no pueden permanecer ciegos ante las escenas que allí se viven.

Los SS se enriquecen rápido, reúnen verdaderas fortunas en pocas semanas. Es fácil imaginarse las cantidades de productos que traen los judíos de Hungría, ya que en la cocina de los prisioneros entran barriles de mermelada, confituras (a menudo mezclada con chocolate), sacos de galletas que se añaden después a la sopa, harina de trigo, azúcar, sémola, barriles con manteca. Son tantas las cantidades que traen, que la comida llega a todos los prisioneros en forma de trozos de tocino en la sopa diaria, en forma de queso húngaro o salchichas para la cena de todo el Lager. A todo ello se añade el conocido como pan “de transporte”, que a menudo se distribuye con el rancho diario. Es frecuente encontrar escondidos en la comida joyas y oro.

¡Qué cantidades tan grandes de comida deben de traer cuando con ella se sacian primero los SS y el Sonderkommando y aún quedan alimentos suficientes para abastecer la cocina del Lager!

(…)

Hay demasiadas cosas valiosas, mucho más valiosas que estos productos, y es por esas cosas por las que se interesan los SS. Los judíos húngaros traen consigo grandes provisiones de alimentos como barriles de miel, jamones enteros, gansos vivos, sacos de azúcar, vinos, frutas, todo en cantidades asombrosas. Parece como si se hubiesen llevado con ellos todo lo que alguna vez tuvo valor. Al lado de las maletas llenas de ropa interior nueva traen cajas con clavitos de zapatero. Te resultaría más fácil conseguir un reloj de Ginebra con una cadena de oro que encontrar un momento de tranquilidad.

Los transportes que llegan sin cesar dan tanto trabajo que el Sonderkommando no da abasto ni tampoco las prisioneras que están empleadas en el almacén de ropa del Kapo Schimidt. A cada rato entra en la cocina algún SS de rango superior y se lleva a un grupo de cocineras para transportar la comida o a algún otro grupo que encuentre para cargar unas cajas. Si te toca, tienes que enfrentarte cara a cara con la gente que va a la muerte.

(…)

En ese momento los SS echan a la gente fuera de los vagones que acaban de abrir. Otros vagones, que aún siguen sellados, retumban con el bullicio y los gemidos de los que están dentro. Tan sólo permiten que la gente saque los brazos con tazas en la mano en un gesto que no necesita más explicaciones. Algunos intentan capturar las gotas de humedad que caen desde el tejado después de la lluvia nocturna. A veces, por las ranuras del vagón son se asoma una mano pidiendo agua, sino unos labios que te suplican que les digas la verdad. Gritan con violencia en varios idiomas preguntando dónde están y si es cierto que los llevan a una fábrica como obreros. ¿Se trata quizá de una fábrica de ladrillos?

Al lado de las montañas de hatillos, maletas y cubos aguardan los vagones cerrados con tablas a cal y canto de los que te llegan súplicas por la verdad que no obtendrán respuesta. Las miradas asustadas de las personas allí encerradas intentan adivinar en vano la verdad. A ambos lados de la rampa ven alambres, detrás de ellos, separados entre sí, unas ciudades de barracones. Entre los barracones hay gente atareada, gente de aspecto sano, están ocupados, están en activo: comen, se lavan, hacen una vida normal. Eso les llena de fe. Piensas ilusamente que en este espacio edificado con barracones también ellos, los recién llegados, encontrarán su sitio.

Sólo esperan una palabra de confirmación por parte de las personas que llegan a la rampa desde los barracones.

Pero los prisioneros les responden con su silencio. No pueden hacer otra cosa, porque no están solos ni siquiera durante una fracción de segundo; los observan sin cesar los ojos de los SS del Departamento Político, de los comandantes, de los médicos de las SS que se encargan de distribuir la muerte. Aunque estén borrachos, sus ojos son a veces muy eficaces.

En medio de la tensión que se vive en la rampa no te puedes permitir ninguna infracción: de lo contrario, lo que te espera es una bala de revólver.

No puedes levantar la cabeza y gritar:

-¡Os espera la muerte!

No los puedes ayudar a que dejen de ser una manada de corderos que va a la muerte, avisarlos para que se lancen a los cuellos y aojos de los verdugos.

Sin embargo, te está permitido coger las sobras, las tabletas de chocolate rotas, las ristras de higos. No puedes comportarte como un hermano, pero sí te dejan actuar como una hiena.

Hay personas que pasan junto a todos esos objetos que están tirados a sus pies y prefieren dejarlos para no mancharse las manos. Pero su comportamiento no contribuye a cambiar la situación.

Ellos no se quedan en la rampa, los otros sí. Por cada mano que decide no participar en el botín, hay diez manos, cientos y miles de ellas que buscarán hasta el objeto más nimio. Un par de manos vacias en una muchedumbre no cambian la situación general.

Algunos dicen que es mejor coger lo que se pueda antes de dejárselo a los alemanes. Pero sólo es una excusa más para tu avaricia. Una vez que has dado el primer paso comienzas poco a poco a cambiar de actitud.

Quien alargue la mano por primera vez para recoger un objeto aún caliente, para apropiarse de cosas manchadas de sangre, y encuentre placer en ese acto, ya no podrá detener el deseo de posesión, que comenzará a afectarlo como el hachís. La agitación de los acontecimientos diarios te impide notar al principio el cambio que has dado, menos molesto que el polvo que se te mete en los ojos, y sin embargo crece y crece, absorbe tus pensamientos, se apodera de ti.

(…)

La idea de apropiarse de lo ajeno, aunque sea por un tiempo breve, seduce a muchos.

(…)

Birkenau se ha convertido en una selva en la que resulta fácil perder el rumbo. Nadie es capaz de predecir cómo se comportará hoy ante un acontecimiento y cómo lo hará mañana. Tampoco puede decir nadie cómo reaccionará su vecino de la izquierda, y cómo el de la derecha, independientemente de su nacionalidad y raza. Aquí caen los caparazones de los principios, los moldes de las buenas conductas que a veces en una vida normal pueden ayudar a un hombre, a un don nadie, a atravesar muchas situaciones de manera ejemplar sin que se dé cuenta de que es un cero a la izquierda. Aquí, en algún momento de tu estancia en el Lager, quizá en tu primer día, cuando te quiten tu ropa y te corten el pelo, desaparecerán todas esas protecciones.

El acto de quitar la ropa al prisionero, de afeitarle su cabeza tiene un efecto simbólico importante. Te quedas desnudo y sin escudo. Tienes que crear una actitud nueva frente a la realidad edificándola sobre tu rectitud interior.

Hay almas que como el fruto del castaño se mantienen firmes aunque pierdan la cáscara. Hay otras que se deshacen como amebas en el caos moral y general del Lager y se amoldan a las presiones exteriores.

Hay atavismos e instintos que llevan años dormidos en tu interior, que nunca se han apagado del todo y que sería mejor que no se despertaran en toda tu vida. Sin embargo, la existencia anormal de un campo de concentración nazi espolea estos instintos y los hace cobrar voz.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 303-310)

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