UNA MUJER EN BIRKENAU: LAS MUJERES DE “MÉXICO”

Posted on 1 diciembre, 2013

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BIRKENAU BARRACA MUJERESAl norte de este camino al crematorio (el mismo en el que en 1942 trabajaban las prisioneras polacas en medio del bosque) se levantan los barracones de un sector nuevo, que creció aquí en primavera y que no se sabe por qué razón recibió en la jerga de prisioneras el nombre de México. Aquí no hay luces, no hay agua (¡no encuentras ni un grifo, ni un pozo!), no hay ningún tipo de equipamiento. En el césped se han levantado unas paredes de madera que se han cubierto con unos tejados llenos de agujeros. Se tarda poco más en montar un barracón de éstos que en montar una tienda de campaña.

Este sector no se ha concebido para alojar a prisioneros durante un tiempo prolongado. A diferencia del resto de los sectores del Lager, tampoco funciona de forma autónoma, ni tiene un Blockführerstube, ni una cocina, ni retretes de ningún tipo. México es como una filial o una colonia, reservada para los casos de superpoblación extrema en el sector C.

Tanto el sector C como México son lugares transitorios, desde donde las judías húngaras serán transportadas poco a poco a Alemania o a los crematorios. Por esta razón no se realizan obras de acondicionamiento en ellos. Nadie arregla los tejados, nadie pone el alcantarillado y eso que todas estas obras no sólo están planificadas, sino que supuestamente están ya en marcha. El espíritu de temporalidad reina en esta parte del campo. Sin embargo, el número de mujeres crece sin cesar. En junio el sector C alberga a 20.000 prisionera judías; el resto, unas ocho mil, viven en México. Los transportes llegan continuamente. Por esas fechas, trasladan a Oswiecim el campo judío de Theresienstadt. En julio, en el sector C y en México se alcanza el número máximo de prisioneras: 42.000 en total.

La inactividad hace aún más dura la existencia en esta singular ciudad de mujeres.

Las mujeres están débiles hasta la extenuación. Cada día deambulan más desarrapadas entre los bloques, soportando el calor de los días de verano y aguardando su destino.

¡México! ¡México! La zona más exótica del campo. Cuántos secretos, que incluso los prisioneros desconocen, oculta en su interior esta colonia humana. A diferencia de lo que ocurre con el campo principal, que está rodeado por una alambrada mortífera, México se encuentra vallado sólo con alambre de espino y olvidado entre las praderas que se sumergen en el calor del sol.

México es el lugar donde los problemas del Lager se agudizan más. Por aquí es raro ver a SS merodeando, sobre todo ahora que están ocupados con la llegada de nuevos transportes, que les impiden tener tiempo ni siquiera para dedicarse a los campos permanentes.

Éste es el lugar donde los fuertes se ensañan más con los débiles.

Se piensa que en las grandes ciudades es donde mejor se pueden apreciar las diferencias económicas. Pero el Lager ha creado contrastes aún más llamativos, más dramáticos, a pesar de que se viven en una situación que, se diría, es para todo el mundo igual, es decir, próxima a la muerte. Todos los problemas que se plantean en el resto del Lager, incluso aquellos que se manifiestan apenas tímidamente, adquieren una fuerza enorme y desenfrenada, y nadie encuentra motivos para disimularlos o para intentar paliarlos.

En México, los barracones están tan vacíos que parecen graneros enormes. En medio del suelo están colocadas todas las mantas, perfectamente dobladas. Aún no han fabricado los coyes y las prisioneras tienen que dormir en el suelo, envueltas en las mantas, que están muy sucias.

En el exterior de los bloques, yacen unas siluetas semidesnudas. Algunas mujeres descansan a la sombra, otras al calor del sol, pero todas están macilentas y sucias. Los harapos que llevan encima hace tiempo ya que dejaron de estar en buen uso. Sus vestidos, a menudo de encaje o de seda, a veces trajes de noche con la espalda al descubierto, están ya abrasados después de numerosos despiojamientos, están rotos por todas partes y casi se les caen en pedazos. Te encuentras con mujeres que llevan puesto sólo un camisón roto un delantal, nada más. A medida que avanzan los días, también lo hace la desnudez. Durante todo el día las responsables de habitación vigilan a las prisioneras con porras en la mano y ni siquiera las dejan moverse de un sitio a otro.

El tiempo caluroso es una desgracia para ellas por culpa de la falta de agua. Y si llueve, se enfrían por la escasez de ropa.

A la hora de repartir la sopa, bandadas de personas hambrientas y desarrapadas se agolpan delante de la cocina esperando la llegada de las calderas. Está lloviendo, pero puedes encontrarte con una prisionera que lleva una camisa de manga corta, a otra que viste sólo una chaqueta, sin nada debajo. Ves unas figuras de mujeres cada vez más demacradas, llevando la caldera a través del barro, descalzas, con unos harapos que dejan al descubierto los muslos, o vestidas sólo con una falda y con los pechos desnudos. Ellas no tienen la más mínima oportunidad de organizar nada, desde hace semanas y meses caminan de día y duermen de noche con los mismos retales que recibieron al llegar.

Algunos dicen que las mujeres de México han perdido la feminidad y la vergüenza.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 318-320)

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