UNA MUJER EN BIRKENAU: SS KRAMER

Posted on 7 diciembre, 2013

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 En los rostros de los SS hay siempre una risa silenciosa, muda, que a mKramer en Bergen Belsenenudo no va acompañada de gestos de la cara, una risa que se percibe sólo en el movimiento de los párpados. A veces, un grito que nace en el interior del vientre también puede ser una carcajada. Los SS no han parado de reír desde que empezaron las gasificaciones en masa, desde que se pasan el día entero borrachos y como narcotizados. Se ríen cuando miras a las jóvenes judías húngaras que han ingresado en la orquesta y que interpretan para ellos unas czardas rápidas y vigorosas. Esas virtuosas solistas se mueven con suavidad con sus violines al compás de la música, se inclinan hasta casi tocar el suelo, (…) Como por arte de magia sacan la belleza que tienen en su interior para redimirse de la muerte. ¿Acaso los SS oyen su música? Se ríen y se alejan hacia la rampa cantando en voz alta canciones como “Ungarland” (Hungría) o “Die Juliska, die Juliska von Buda-Budapest” (La Juliska, la Juliska de Buda-Budapest). Algún resorte se ha aflojado en ellos, las escotillas se han levantado y se han roto los frenos internos. Ya no son capaces de diferenciar un cadáver de un ser vivo. Y a los muertos y a los vivos les exigen lo mismo: que les proporcionen sensaciones fuertes. Quieren ver cómo el miedo y el espanto se apoderan del ser humano. Por eso ultrajan los cadáveres, atormentan los cuerpos sin vida de las mujeres, dejándose llevar por la furia y el éxtasis hasta que les sale espuma por la boca. Cuando tiran los cuerpos al fuego se alegran al ver que se mueven, que se contorsionan y serpentean entre las llamas. Entonces el SS estalla en una risotada estruendosa, dispara una salva al aire o al fuego, se monta de un salto en su moto y, conduciendo como un loco, se acerca a alguno de los campos para seguir entreteniéndose.

(…)

La lluvia y el viento hacen tanto ruido que casi nadie oye el rugido del motor de un vehículo, que se aproxima. Sólo un grito en la puerta te pone en alerta.

Los! Alles raus! Alles raus! Sofort aufstehen und raus! ¡Vamos! ¡Todos afuera! ¡Levantaos y afuera!

  Qué horror. Es el comandante del campo y su chófer. Los dos gritan. Tus manos procuran esconder tus pertenencias, recoger la ropa, pero, mientras tanto, el chófer agarra por la cintura a la primera mujer con la que se topa y la empuja hacia la puerta. En la oscuridad se oye cómo se cae al barro. El comandante del campo tira al barro de una patada a una mujer que estaba en el pasillo tratando de ponerse los zapatos. ¡Quieren que estemos en camisón bajo la lluvia! ¡En camisón, bajo la lluvia! De eso se trata. Ése va a ser su entretenimiento. Miles de mujeres sacadas del sueño, descalzas, sin vestir, aguardan de pie delante del barracón. Kramer y su chófer irrumpen en medio de la muchedumbre llenos de rabia y bestialidad. Hay que ser muy rápida para evitar sus golpes, sus patadas y empujones.

– Zu fünf! Zu fünf und knien! Und Hände hoch! ¡De cinco en cinco! ¡De cinco en cinco y de rodillas! ¡Y las manos arriba!

Las prisioneras se arrodillan en el barro. Dentro del bloque las encargadas hacen un registro sin motivo, los sacan todo, incluso la ropa y la comida, y la llevan al Bekeidungskammer (el almacén de ropa). Kramer se pasea entre las filas de prisioneras arrodilladas y las va obligando a patadas a enderezar el cuerpo, vigilando para que ninguna baje las manos ni por un momento.

(…)

Kramer y el Lagerführer Hössler visitan a menudo el barracón de desinfección, se sientan en un banco y observan a las prisioneras mientras se bañan. Cuando Kramer ve un cuerpo joven y bello, llama a la prisionera, le pregunta por su profesión, sus habilidades, su edad, si domina otros idiomas y apunta su número. Muchas prisioneras de Hungría han entrado en la orquesta por esta vía. También captan gemelas para entregárselas a los SS, que llevan a cabo experimentos con ellas, a otras las envían a Oswiecim, al bloque 10, e incluso al Stabsgebäude para servir a los SS, y lavar y planchar sus uniformes. Las más hermosas se tendrán que tumbar en una mesa sucia donde los SS les sacarán la sangre.

(…)

Un grupo de SS está de pie en el umbral de un barracón perfectamente limpio. Contemplan los ladrillos rojizos del suelo, que están brillantes, las mantas perfectamente ordenadas y las flores silvestres que adornan la mesa. Se sonríen. Se dicen algo entre ellos y acto seguido Kramer se pone a gritar:

Stubendienst! Alles runter! Alles runter! ¡Responsables de grupo! ¡Todo al suelo! ¡Todo al suelo!

Kramer se sube después a la estufa y ordena que se tiren al suelo las mantas, los colchones de paja, la ropa interior y los paquetes. En un segundo., cae de los jergones que están más arriba una nube densa de polvo. La polvareda lo cubre todo, incluso atenúa la luz eléctrica. Las prisioneras de este bloque no presencian el registro, porque están fuera trabajando. Cuando vuelvan por la tarde no encontrarán  sus pertenencias. No van a encontrar nada cuando busquen sus colchones de paja, sus mantas, sus toallas, el jabón, sus camisones o un peine en este vertedero pisoteado que se encuentra ahora en medio del barracón. Lo han perdido todo, ni siquiera tienen un lugar donde volver. El comandante Kramer las ha echado de su barracón y aún no sabe dónde instalarlas. Sale corriendo y vuelve conduciendo a un grupo de prisioneras sorprendidas por el traslado, que llevan colchones de paja y mantas a la espalda o los arrastran por el suelo.

Los! Schlafen! Schlafen! ¡Vamos! ¡A dormir! ¡A dormir!

Las mujeres se echan a dormir entre gritos incomprensibles y cantidades de polvo sofocantes que les nublan la vista.

Ahora Kramer se sube a la estufa que recorre el barracón y se pasea por ella con el chófer. Con el gancho de su bastón molesta a las prisioneras en sus camas, las saca de debajo de las mantas y les ordena ponerse a limpiar. En otras ocasiones despierta a la Kapo del almacén de ropa, le ordena reunir a todas sus trabajadoras y escoge los camisones más bonitos. Después se sienta en su moto y como un loco irrumpe montado en ella en el barracón, conduciéndola entre las camas. Vuelve a despertar a las mujeres, las obliga a levantarse de inmediato y a presentarse ante él para recoger la ropa de dormir que les entrega con una sonrisa. Tienes que saber estar tumbada de forma muy plana y con la cabeza escondida debajo de la manta para escabullirte, aunque lo consiguen muy pocas prisioneras, sólo las que duermen en las camas superiores que están más alejadas de la estufa.

A cada rato se oye el rugido del motor en una parte diferente del Lager. Al borracho de Kramer le gusta divertirse, sobre todo por las noches. Parece como si tuviera miedo de quedarse a solas en su residencia de Oswiecim. Los demás SS prefieren visitar los barracones de día.

 (Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 327-336)

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