UNA MUJER EN BIRKENAU: EVACUACIÓN DEL LAGER

Posted on 21 diciembre, 2013

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BIRKENAU MUJERESNo llueve esta mañana. El frío viento de otoño ahuyentó las nubes y las brumas, y ahora golpea contra las tablas de los barracones silbando sin parar. Con estrépito de cadenas y crujido de topes, entra en la rampa un largo tren de mercancías. Los vagones están comidos por la herrumbre y parecen sacados de un gran desguace de maquinaria, que acabaran de transportar desde el frente a la retaguardia. La locomotora va dejando los vagones en la vía que hay entre el campo de mujeres y el de los gitanos.

Cuando las mujeres se acercan a la alambrada a la hora de comer ven que los vagones del tren tapan la vista del campo como un muro inmóvil. Pero en el Lager los prisioneros han aprendido a ser más fuertes que los obstáculos. Hablan con los vagones de por medio. Algunos se agachan y se hacen señales por debajo de als ruedas del tren que está aparcado en la rampa elevada, otros están justo uno enfrente de tal modo que se pueden ver en el espcio que media entre un vagón y el siguiente. El tren es un obstáculo fuerte para la voz. Además, aunque grites, el viento que hoy sopla con mucha fuerza frena las palabras y se las lleva. Las palabras no se oyen. Los prisioneros se ponen las manos alrededor de la boca y gritan  las palabras despacio; pero es inútil: unos brazos abiertos de par en par es la única respuesta que reciben. Se quedan sólo con la posibilidad de mirar a la persona querida a través de ese mismo tren de mercancías que pronto los separará. Sólo pueden comunicarse con gestos.

(…)

El 27 de octubre está previsto que un grupo de mujeres seleccionadas para la deportación pase por el barracón de desinfección. Las obligan a esperar desde por la mañana, soportando la lluvia y el viento. Ya por la tarde se las llevan a los baños. Salen de allí desnudas y esperan a que les entreguen la ropa. A través de la ventana del barracón de los baños se ve una fila de mujeres desnudas que se acercan a Frau Schmidt y a sus empleadas, que se encargan de darles la ropa interior.

En la oscuridad, detrás de la pared del barracón, vagan las mujeres que hoy no se van y que intentan pasar a las deportadas las cosas más necesarias. (…)

Después de la medianoche el transporte de mujeres cruza la puerta del Lager. Se hace el silencio. El viento sopla por encima del barro, silbando y gimiendo, se eleva por encima de los barracones que están sumidos en el sueño y golpea los alambres. También en el campo de hombres reina el silencio. La enigmática luz de un gran reflector que viene de los crematorios envuelve todos los objetos  que están a su alcance, detrás de ellos crecen unas sombras alargadas.

Junto a la valla ya no queda nadie. Los alambres están envueltos de oscuridad y silencio.

(…)

A los prisioneros deportados los espera el hambre, los bombardeos, un trabajo en el subsuelo, incluso a una profundidad de varios pisos. Los esperan los piojos y las enfermedades. También la añoranza del país del que ya no les llegarán noticias.

En noviembre y diciembre parten del Lager trenes repletos de gente. Por lo general son prisioneros polacos, rusos y ucranianos. A veces, cuando buscan algún especialista, se llevan a alguien concreto sin importarles su nacionalidad. La aviación alemana ha solicitado 2.000 especialistas de la rama del metal. Además de polacos, envían a rusos, a judíos y a prisioneros de otras nacionalidades. Los mismos pilotos vienen al campo a por este transporte y se los llevan en un convoy especial.

Cuando se van los últimos transportes de Birkenau, está nevando y la Navidad se aproxima. Antes de que partan, durante noches estrelladas e iluminadas por el resplandor de la nieve, se oirán en todos los sectores del campo los gritos de los prisioneros.

Son las últimas despedidas, prisioneros que se desean lo mejor.

En Birkenau se quedan los prisioneros alemanes y también los prisioneros de otras nacionalidades que firmaron el Volkslist en el campo o antes de su ingreso en él. También se queda un grupo de prisioneros judíos y unos jóvenes judíos de Hungría. Se quedan los prisioneros de guerra rusos, los que han llegado aquí en el último periodo. De los prisioneros polacos queda apenas un puñado de enfermos y médicos del hospital, una docena de empleados de la Oficina de Registro y trabajadores que están empleados en las bombas que suministran agua al Lager. Además, en el campo de hombres hay un barracón con chicos de 6 a 15 años que participaron en le levantamiento de Varsovia; en el campo de mujeres hay un barracón de similares características con niñas. En el campo quedan también niños rusos, polacos, judíos que han llegado con sus madres. También se queda el último grupo de los recién nacidos, que saldrán del Lager en enero de 1945.

Han deportado a casi todos los hombres y a la mayoría de las mujeres.

Birkenau, esa ciudad multilingüe, ruidosa, agitada, esa ciudad donde sólo una parte pequeña, el sector C y México, sumaba en verano una cuarenta y dos mil mujeres, ahora pierde población. En otoño en todo el campo de Birkenau, contando hombres y mujeres, hay sólo 60.000 personas. El día 18 de enero de 1945 el número total de prisioneros de Oswiecim I, II y III, de Birkenau, Buna, Budy, Babice, Rajsko, Harmeze, Jowiszowice, Jaworzno no supera los veinte mil. Oswiecim queda liquidado antes de su liberación.

     (Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 373-378)