HITLER, LOS ALEMANES Y LA SOLUCIÓN FINAL: LIDERAZGO CARISMÁTICO DE HITLER

Posted on 9 febrero, 2014

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HITLER NSDAP(…) El movimiento nazi, para exponerlo sin rodeos, era un movimiento clásico de liderazgo “carismático”; el partido comunista soviético, no. Y esto es relevante para la capacidad de reproducirse de los dos “sistemas” de gobierno.

La características principales de la “autoridad carismática”, tal y como las esbozaba Max Weber, no necesitan adornos en este caso: la percepción por parte de los seguidores de una “misión” heroica y una supuesta grandeza en el líder; la tendencia a ascender en condiciones de crisis  como una solución de “emergencia”; la inestabilidad innata bajo la doble amenaza constante de hundimiento del “carisma”, tanto por el fallo en cuanto a satisfacer las expectativas, como por la caída en la rutina en un “sistema” capaz de reproducirse a sí mismo sólo a través de la eliminación, la subordinación o la inclusión de la esencia “carismática”. En su forma más pura, la dominación persona de la “autoridad carismática” representa la contradicción y la negación del ejercicio de poder impersonal y funcional que se encuentra en la raíz de la autoridad legal-racional del “tipo ideal” de sistema de Estado moderno. No es posible, de hecho “sistematizarse” sin perder ese particular matiz “carismático”. Por supuesto, Max Weber vio posibilidades de “carisma” institucionalizado, aunque los compromisos con la forma pura se vuelven entonces evidentes.

La relevancia del modelo de “autoridad carismática” en Hitler parece obvia. En el caso de Stalin resulta menos convincente. La “misión”, en este último caso reside, podría decirse, en el partido comunista como vehículo de la doctrina marxista-leninista. (…)

(…) La esencia de la “reivindicación carismática” hitleriana estaba en la “misión” de conseguir el “renacimiento nacional” a través de la pureza racial y el imperio racial. Pero esta reivindicación era en la práctica lo suficientemente vaga, adaptable y amorfa como para poderse engranar fácilmente con otras e incorporar más mezclas tradicionales de nacionalismo e imperialismo, cuyo pedigrí se remontaba al Kaiserreich. El trauma de la guerra, la derrota y la “desgracia nacional”, y luego las condiciones extremas de un sistema de Estado en fase terminan de disolución y una nación devastada por divisiones internas abismales, ofrecían el potencial necesario para que la “reivindicación carismática” obtuviera un amplio apoyo, extendiéndose mucho más allá de la “comunidad carismática”, y proporcionando por ello la base de una forma completamente nueva de Estado.

En un Estado moderno, la sustitución de la burocracia funcional por la dominación personal es a buen seguro imposible. Incluso la sola coexistencia de fuentes de legitimidad “legales-racionales” con fuentes de legitimidad “carismáticas” puede ser origen de tensión y conflicto, potencialmente de un tipo gravemente disfuncional. Lo que sucedió en el Tercer Reich no fue la sustitución del dominio burocrático por una “autoridad carismática”, sino más bien la superposición de lo último sobre lo primero. Mientras que la ley constitucional pudiera ser  interpretada simplemente como la “formulación legal de la voluntad histórica del Führer” –vista como un derivado de sus “destacados logros”-, y mientras que el abogado constitucional más destacado de Alemania pudiera hablar de que el “poder del Estado” había quedado sustituido por el ilimitado “poder del Führer” , el resultado sólo podía ser la debilitación de la base de ley impersonal sobre la que descansan los sistemas de Estado modernos “legales-racionales” y la corrosión de las formas de gobierno “ordenadas” y de las estructuras institucionalizadas de administración como resultado de un dominio personal sin restricciones, cuya principal fuente de legitimidad era la “reivindicación carismática”, la “visión” de la redención nacional.

La inexorable desintegración en una “ausencia de sistema” no fue principalmente, por lo tanto, una cuestión de “voluntad”. Cierto es que Hitler era alérgico a cualquier amago práctico o teórico de limitación de su poder. Pero en el Tercer Reich no hubo ninguna política sistemática del tipo “divide y vencerás”, ni ningún intento sostenido de “crear” la anarquía administrativa. En realidad, se trataba en parte de un reflejo de la personalidad de Hitler y de su estilo de liderazgo: como ya se ha apuntado, era extremadamente antiburócrata, se mantenía distanciado de los asuntos del quehacer diario del gobierno y no mostraba ningún interés por las cuestiones complejas y detalladas. Pero su estilo no burocrático era en sí mismo más que una simple manía personal o una excentricidad. Era un producto inevitable de la divinización del puesto de liderazgo en sí, y de la consiguiente necesidad de mantener un prestigio que se correspondiera a la imagen creada. Su darwinismo instintivo le llevaba a ser reacio a tomar partido en una disputa hasta que se sabía quién era el vencedor. Pero la necesidad de proteger su imagen indefectible también lo llevaba muchas veces a ser incapaz de hacerlo.

No era simplemente el menoscabo de las estructuras “racionales” de gobierno y la proliferación de organismo caóticos y “policráticos” lo que importaba. Era que este proceso acompañaba y fomentaba una materialización gradual de objetivos ideológicos que estaban indisolublemente vinculados a la “misión” del líder “carismático”, a  medida que la “idea” del nazismo, centrada en la persona del Führer, fue transformándose entre 1938 y 1942 de “visión” utópica a realidad práctica. Es decir, que entre el desorden estructural del estado nazi y la radicalización de la política existía una relación simbiótica.

(Ian Kershaw: Hitler, los alemanes y la solución final, La Esfera de los libros, 2009, pags. 77 a 81)

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