HITLER, LOS ALEMANES Y LA SOLUCIÓN FINAL: TRABAJAR PARA EL FÜHRER

Posted on 12 febrero, 2014

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Hitler en la fabrica de VolkswagenLa relación entre el Führer, como “símbolo” de la puesta en acción ,la radicalización ideológica y el impulso “desde abajo” por parte de muchos organismos, tanto no nazis como nazis, para poner en funcionamiento como práctica política la “visión” o partes de ella, queda perfectamente a la vista en los sentimientos del discurso rutinario de un funcionario nazi en 1934:

Todo el mundo que tiene la oportunidad de observar sabe que el Führer no puede dictar desde arriba todo lo que pretende realizar tarde o temprano. Al contrario, hasta ahora todo el mundo que ocupa un puesto en la nueva Alemania ha trabajado mejor cuando ha trabajado, por así decirlo, para el Führer. Muy a menudo y en muchas esferas se ha dado el caso -también en los años anteriores- de que los individuos se limitan a esperar recibir órdenes e instrucciones. Desgraciadamente, en el futuro sucederá lo mismo; pero es deber de todo el mundo intentar trabajar para el Führer en el estilo que él desearía. Los que cometan errores se darán cuenta enseguida. Pero cualquiera que trabaje realmente para el Führer en el estilo que él desea y pensando en sus objetivos tendrá tanto ahora como en el futuro la mejor recompensa posible en forma de la repentina confirmación legal de su trabajo. (Niedersächisches Staatsarchiv, Oldenburg, Best, 131, nº303, folio 13IV, discurso de Werner Willikens, secretario de Estado del Ministerio de Alimentos, 21 de febrero de 1934)

Estos comentarios apuntan a la forma de funcionar de la “autoridad carismática” en el Tercer Reich: la expectativa de que los supuestos deseos e intenciones de Hitler eran las “pautas para la acción”, con la certidumbre de que las acciones que estuvieran en consonancia con esos deseos e intenciones merecerían su aprobación y confirmación.

“Trabajar para el Führer” debería tomarse en sentido literal y directo  con referencia a los funcionarios del partido, tal y como se entendía en el extracto citado. En el caso de las SS, las fuerza ejecutiva ideológica de la “voluntad del Führer”, las tareas asociadas con “trabajar para el Führer” ofrecían una oportunidad sin fin para llevar a cabo iniciativas crueles, y con ellas alcanzar la expansión institucional, el poder, el prestigio y el enriquecimiento. La carrera de Adolf Eichmann, que ascendió desde un puesto inferior en un área policial clave hasta llegar a dirigir la Solución Final es un ejemplo clásico de ello.

(…) Los individuos que buscaban obtener beneficios materiales con una carrera profesional brillante en la burocracia del partido o del Estado, el pequeño hombre de negocios que trataba de destruir a su competidor buscando una mancha en sus credenciales “arias”, o los ciudadanos de a pie que saldaban cuentas pendientes con sus vecinos denunciándolos a la Gestapo, todos ellos, en cierto sentido, estaban “trabajando para el Führer”. Los médicos que corrían a asignar al “programa de eutanasia” a los pacientes que tenían internados en manicomios por el bien de personas eugenésicamente “más sanas”; abogados y jueces que cooperaban celosamente en el desmantelamiento de las salvaguardas legales para limpiar la sociedad de “elementos criminales” e indeseables; líderes empresariales ansiosos por beneficiarse de los preparativos de la guerra y, una vez en guerra, del botín y la explotación de mano de obra extranjera esclavizada; tecnócratas y científicos dispuestos a aumentar su poder e influencia subiéndose al carro de la experimentación tecnológica y la modernización; líderes militares no nazis ansiosos por construir un ejército moderno y restaurar la hegemonía alemana en la Europa central; y antiguos conservadores que sentían repugnancia por los nazis, pero que temían y sentían aun más repugnancia por los bolcheviques: todos, a través de sus muchas y variadas formas de colaboración, estaban, al menos indirectamente, “trabajando párale Führer”. El resultado fue la radicalización imparable del “sistema” y el surgimiento gradual de objetivos políticos estrechamente relacionados con los imperativos ideológicos representados por Hitler.

(…) Nunca hubo sin embargo, escasez de colaboradores voluntarios, que estaban lejos de limitarse a los activistas del partido, dispuestos a “trabajar para el Führer” y poner en marcha sus mandatos. (…)

Por encima de todo, el modelo “carismático” encaja con una forma de dominación que nunca podría establecerse en la “normalidad” o la rutina, restringir sus logros y terminar en forma de autoritarismo conservador, sino que estaba obligado a sostener el dinamismo y a ejercer presión incesante e implacablemente para conseguir nuevos logros en su intento de alcanzar su quimérico objetivo. Cuanto más durara el régimen de Hitler, más megalómanos serían sus objetivos y más ilimitada sería su destrucción. Y cuanto más tiempo se prolongara el régimen, menos se parecería a un sistema gubernamental con capacidad para reproducirse a sí mismo.

La inestabilidad inherente a la “autoridad carismática” en esta manifestación –donde el contenido específico de la “reivindicación carismática” estaba enraizado en el objetivo utópico de la redención nacional a través de la purificación racial, la guerra y la conquista- implicaba, pues, no sólo la destrucción, sino también autodestrucción. Podría decirse que, en este sentido, las tendencias suicidas de Hitler reflejaban la incapacidad intrínseca de qu su forma de gobierno autoritario pudiera sobrevivir y reproducirse.

(Ian Kershaw: Hitler, los alemanes y la solución final, La Esfera de los libros, 2009, pags. 87 a 91)

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