HITLER, LOS ALEMANES Y LA SOLUCIÓN FINAL: INTERPRETACIONES SOBRE EL HOLOCAUSTO

Posted on 16 marzo, 2014

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Hitler, Adolf ; dictateur allemand (NSDAP) ; Braunau 20.4.1889 - (suicide) Berlin 30.4.1945.- A son bureau dans la maison brune ("Braunen Haus") de Munich, lisant un livre. -Después de la guerra, los historiadores de ambas partes de Alemania fueron preocupándose muy poco a poco del antisemitismo y la persecución de los judíos. Fue sólo después del juicio de Eichmann en Israel y de las revelaciones de los juicios por los campos de concentración en la República Federal, cuando en Alemania Occidental empezaron a avanzar los trabajos históricos serios sobre el Holocausto. Incluso entonces, la erudición histórica y la “ilustración” pública sobre el destino de los judíos no encontró más que un eco silencioso entre la población alemana, y no alcanzó la conciencia popular hasta la aparición, en 1979 y en la televisión alemana, de las series norteamericanas dramáticas basadas en el Holocausto. (…)

Los principales impulsos para la investigación y el debate intelectual, por lo tanto, se iniciaron fuera de Alemania, en primer lugar por parte de intelectuales judíos en Israel y otros países, y después por parte de historiadores no judíos de fuera de Alemania. Sin embargo, incluso donde el estímulo para iniciar el debate surgió a partir de autores no alemanes, y en las conversaciones avivadas por la publicación del juicio de Eichmann por Hannah Arendt, el intento de David Irving de encubrir el conocimiento de Hitler de la Solución Final, y más recientemente a través del “debate de Goldhagen” para ofrecer simplemente los ejemplos más espectaculares, la discusión posterior en la República Federal se ha visto fuertemente influenciada por el clima intelectual de los escritos históricos alemanes sobre el nazismo. (…)

La división interpretativa sobre el tema nos devuelve a la dicotomía entre “intención” y “estructura”. El convencional y dominante enfoque “hitlerista” parte del supuesto de que Hitler en persona, desde una fecha muy temprana, se planteó seriamente la aniquilación de los judíos, la persiguió como su principal objetivo y luchó inquebrantablemente para hacerla realidad. (…) Por el contrario, el enfoque de tipo “estructuralista” pone su énfasis en la conformación no sistemática e improvisada de las “políticas” nazis hacia los judíos, considerándolas como una serie de respuestas ad hoc a una maquinaria de gobierno fragmentada y desordenada. Aunque, se argumenta, esto produjo una espiral inevitable de radicalización, el exterminio físico de los judíos no estaba planificado con anticipación, en ningún momento antes de 1941 pudo ser concebido de forma realista o predicho, y emergió por sí mismo como una “solución” ad hoc a los grandes problemas administrativos inducidos por el mismo régimen.

La interpretación de la destrucción de la comunidad judía europea como la ejecución “programática” de la voluntad inalterable de Hitler posee un atractivo (aunque, de hecho, superficial) y una verosimilitud inmediatas. Encaja muy bien con los puntos de vista de aquellos historiadores que se inclinan a dar explicaciones del Tercer Reich a través del desarrollo de una ideología específicamente alemana, donde se pone un gran peso, como factor causal del éxito del nazismo, a la expansión de las ideas antisemitas y a un clima ideológico en el que el antisemitismo radical de Hitler podía resultar atractivo. (…) La interpretación corresponde también al modelo “totalitarista”, donde el Estado y sociedad estaban “coordinados” para ser los ejecutores de los deseos de Hitler, el “amo incontestado del Tercer Reich”, que determinaba la política desde arriba, al menos en aquellas esferas –como la Cuestión Judía- donde tenía un interés especial. (…) Es en resumen, una explicación del Holocausto que descansa sobre la aceptación de la fuerza motriz y la autonomía de la voluntad individual como determinante del curso de la historia.

Numerosos trabajos influyentes sobre la destrucción de los judíos han avanzado este punto de vista “hitleriano”, o puntos de vista similares. Lucy Dawidowicz, en su muy aclamada obra The War against the Jews, por ejemplo, declara que la idea de Hitler de al Solución Final se remonta a su experiencia den el hospital de Pasewalk en 1918 (…)

Una inclinación similar a la explicación personalizada del Holocausto se observa, como cabe esperar, en las biografías más destacadas de Hitler. Toland presenta a éste en un momento tan temprano como 1919, abogando por la liquidación física de los judíos y transformando su odio hacia ellos en un “programa político positivo”. También Haffner habla de un “apreciado deseo de exterminar a los judíos de toda Europa” como un objetivo de Hitler “desde el principio”. Fest relaciona la primera gasificación de judíos en 1941, cerca de Chelmno, en Polonia, con la experiencia de Hitler en la Primera Guerra Mundial y la destacada lección que extrajo de ella (…)  Y el estudio “psicológico” de Binion argumenta que la misión de Hitler de “eliminar el carácter judío de Alemania y extraer de Alemania el veneno judío” surgió de las alucinaciones que padeció mientras estaba en Pasewalk recuperándose de su envenenamiento con gas mostaza, cuando supuestamente le traumatizó la muerte de su madre estando en manos de un médico judío y asoció histéricamente esto con su trauma por la derrota sufrida por Alemania en 1918.  (…)

(…) Para el historiador suizo Walter Hofer, “es simplemente incomprensible que pueda decirse que la política de raza nacional-socialista no fue la ejecución de la Weltanschauung de Hitler”.

Los comentarios de Hofer formaban parte de una crítica especialmente agresiva la enfoque “estructuralista” de los historiadores “revisionistas”. El blanco particular  del ataque en esta caso era Hans Mommsen, acusado de no ver porque no quería la obvia conexión entre el anuncio del programa de Hitler (en Mein Kampf y en otras partes) y su posterior ejecución. El mismo Mommsen ha comentado enérgicamente en diversos ensayos que la implementación de la Solución Final no puede atribuirse únicamente a Hitler, ni tampoco a factores puramente ideológicos de la cultura política alemana. Más bien afirma que la explicación deber buscarse en los especialmente fragmentados procesos de toma de decisiones del Tercer Reich, que contribuyeron a la aparición de iniciativas burocráticas con inercia interna propia y fomentaron un proceso dinámico de radicalización acumulativa. Bajo su punto de vista, el supuesto de que la Solución Final tenía que emanar de una “orden del Führer” es erróneo. Aunque sin lugar a dudas Hitler conocía y aprobaba lo que estaba sucediendo, dicho supuesto, argumenta Mommsen, es contrario a su conocida tendencia a dejar que las cosas siguieran su propio curso y a posponer las decisiones siempre que fuera posible. (…) Pese a que Hitler era el “originador ideológico y político” de la Solución Final, sólo era posible convertir un “objetivo utópico” en cruda realidad “bajo la incierta luz de las declaraciones de propaganda fanática del dictador, entendidas ávidamente como órdenes para ponerse en acción por hombres deseosos de demostrar diligencia, la eficiencia de su maquinaria y su absoluta necesidad política”.

Una interpretación esencialmente similar fue la adelantada por Martin Broszat en su penetrante análisis de la génesis de la Solución Final. Borszat argumentó que “no había existido una orden de exterminio general detallada”, sino que el “programa” de exterminio de los judíos se desarrolló gradualmente de un modo institucional y fue puesto en práctica mediante acciones individuales hasta principios de 1942, para adquirir un carácter definitivo después de la construcción de los campos de exterminio en Polonia (entre diciembre de 1941 y julio de 1942). Bajo el punto de vista de Broszat, hasta el otoño de 1941 el objetivo seguía siendo la deportación de los judíos, y fue sólo a partir del inesperado fracaso de la invasión relámpago de la Unión Soviética cuando los problemas en los planes de deportación y la incapacidad del gauleiter, los jefes de la policía, los superiores de las SS y otros líderes nazis de los territorios ocupados de gestionar las grandes cifras de judíos transportados y concentrados en sus dominios, lo que hizo que cada vez llevaran a cabo más “iniciativas locales” para liquidar a los judíos, que después obtenían la sanción retrospectiva “desde arriba”(…)

Broszat hizo un gran esfuerzo en este ensayo (igual que Mommsen en sus escritos) para subrayar que su interpretación no podía considerarse en términos morales como una exclusión para Hitler de la responsabilidad y la culpabilidad de la Solución Final, pues fue él quien aprobó, sancionó y autorizó las acciones de liquidación “fuera quien fuese quien las sugirió”. Sin embargo, significa que en términos de práctica de la aplicación de la Solución Final, el papel personal de Hitler sólo puede considerarse de manera indirecta. Y moralmente, extiende claramente la responsabilidad y la culpa a grupos y organismos del Estado nazi más allá del Führer. El papel de Hitler queda reducido aún más en el análisis de l historiador de la Alemania Oriental, Kurt Pätzold, (…) el tratamiento del asunto que realiza Pätzold tiene el mérito, a mi entender, de situar la destrucción de los judíos como un elemento más dentro del contexto general de expansionismo implacable e inhumano del Estado nazi. (…)

La ausencia de un programa de exterminio a largo plazo ha sido aceptada también por los más destacados expertos israelíes sobre el Holocausto. Yehuda Bauer, por ejemplo, escribe que “la política nazi respecto a los judíos se desarrolló por etapas, pero eso no significa que en un momento decisivo no hubiera otras opciones que los nazis se plantearan seriamente; en la Alemania nazi sólo se desarrolló una idea clara respecto a los judío, que fue aceptada por todos lo político, la idea de que definitivamente los judíos no tenían cabida en Alemania”. (…) un análisis concienzudo ha sugerido que el “camino hasta Auschwitz” fue un sendero sinuoso y en absoluto el “camino recto” que Flemming y otros han visto. La conclusión de Karl Schleunes fue, de hecho, que “la figura de Adolf Hitler durante los años investigados fue una figura en la sombra. Entre 1933 y 1938 su mano aparece sólo excepcionalmente en la construcción de la política judía. Por lo que sólo puede llegarse a la conclusión de que durante este tiempo se dedicó a asuntos más importantes.

(Ian Kershaw: Hitler, los alemanes y la solución final, La Esfera de los libros, 2009, pags. 385-397)