EN EL CORAZÓN DEL INFIERNO: TREN HACIA LA MUERTE

Posted on 10 enero, 2015

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GRODNO GHETTOVen, amigo mío, ha llegado la hora de nuestra partida. Mira, una enorme masa de dos mil quinientas personas ha emergido de sus polvorientas y oscuras tumbas y se ha alineado en líneas rectas. Cada familia va unida, las manos en las manos, hombro con hombro, una única y enlazada masa de cientos y cientos de familias que se fundieron en un organismo indivisible que salió al camino que deberá llevarlo en aquella dirección que el mando indicó, hacia su lugar de trabajo. Los acompaña una noche fría, gélida y un viento de tormenta. Miles y miles de personas están ahí golpeando el suelo con sus pies para tratar de calentar los ya helados dedos. Las mujeres acurrucan a sus hijitos contra sus cuerpos y llevan las manitas heladas hasta sus propias bocas para calentarlas. Cada cual acomoda su hatillo para cargarlo con mayor facilidad durante el camino. Acaso los padres y madres débiles, a los que se ha liberados incluso de las cargas más livianas –para que por lo menos puedan arrastrar sus cuerpos hasta el ferrocarril-, se lamentan con profundos quejidos porque sus hijos, desde el primer paso, tendrán que soportar el peso en su lugar. Todo está listo para emprender la marcha. (…)

Se abren las puertas y abandonamos el lager rodeado de alambradas. Un negro pensamiento atraviesa mi cerebro como un relámpago. Es la segunda vez que se abren ante nosotros las puertas del mundo libre y que la libertad nos induce a engaño de un modo tan terrorífico. Antes ya habíamos dejado atrás las alambradas del gueto y habíamos circulado por el mundo libre hasta que nos metieron en oscuras tumbas. Y quién sabe adónde nos llevarán estas puertas que se abren por segunda vez. Quién sabe hacia adónde se dirigen y qué ven los ojos abiertos del lager.

La primera parada que hicimos estaba cerca de nuestro hogar. Respirábamos el aire de una zona que nos era familiar y eso nos daba algo de seguridad. Pero ahora, quién sabe adónde nos llevará el camino. Tenemos que ir hacia allá, internarnos más en le país, acercarnos más al sitio donde se encuentra nuestro más peligroso enemigo. Quién sabe si sus brazos extendidos hacia nosotros no se convertirán en diabólicas manos que nos oprimirán hasta asfixiarnos. ¡¿Quién sabe?!

(…) Súbitamente una gran alegría nos invade a todos. A lo lejos vemos brillantes focos de luz eléctrica que indican la cercanía de una estación de trenes. Todos sienten fortalecidas su energía y su fe, hemos llegado al ferrocarril. Nos esperan ya veinte pequeños vagones, cada uno de los cuales, según sus cálculos, tienen cabida para ciento veinte personas, de manera que habrá sitio como para que se pueda estar de pie. Para nosotros es un consuelo. Cada familia trata de permanecer unida durante el opresivo y tenso camino. Una parte de los que tienen familiares enfermos intentan ver desde las ventanillas del tren la llegada de sus hermanas, hermanos, hijos o de sus ancianos padres. Pero no lo consiguen. (…)

(…)

El sonido de un silbato rasga el aire. Es un aviso de la locomotora. Como una fiera que huye después de depredar, así se aparta el tren de al estación y se dispone a desaparecer. De todos los corazones surge un quejido de dolor. Es entonces cuando sienten el tremendo sufrimiento de verse realmente arrancados de su hogar. La masa se mueve y a punto está de caer al suelo. Ya desde el inicio comienza a sentir el agobio de las incómodas condiciones. Todos intentan colocarse de la mejor manera, como para poder, por lo menos, resistir el viaje. Se toma a los niños en brazos y rápidamente se llega al acuerdo: “ahora te sientas tú y luego otro tomará tu sitio”. (…)

Mira,  amigo mío, cómo alrededor de cada una de las ventanillas del vagón hay gente encadenada que observa el mundo libre que hay afuera. Cada cual quiere saciar sus ojos, que vagan en diversas direcciones, como si ya tuviera el presentimiento de que está mirando por última vez lo que ve.

(GRADOWSKI, Zalmen: En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz-1944. Anthropos, 2008. Pags. 17 a 21)

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