EN EL CORAZÓN DEL INFIERNO: UNA NOCHE EN EL TREN

Posted on 18 enero, 2015

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TRAIN BIRKENAUEl tren se detuvo. Es un peligro viajar con los viles asesinos cuando no hay luz. En medio de una estación abandonada hay un tren de veinte vagones de longitud que tiene en su interior a dos mil quinientas criaturas del atormentado y perseguido pueblo. Los vagones están a oscuras, envueltos en una negra pesadumbre. Por las ventanillas miran temerosas, doloridas, exhaustas criaturas del pueblo condenado a muerte. Buscan en la oscuridad de la noche un rayo de luz que los alivie y lleve algo de vida a su estado de ánimo tenebroso, pero su búsqueda es vana. Los negros y sombríos vagones se iluminan de tanto en tano, pero con una rara y helada luz mortecina. Así iluminan nuestos guardias los vagones-cárcel para ver quién de la peligrosa banda querrá buscar la forma de huir en la negra oscuridad de la noche. Comienza la primera terrible, pesadillesca noche de viaje. Dos temibles problemas se abaten sobre la enorme mas inmóvil: el hambre y la sed. Mira, amigo mío, cómo ahora todos van perdiendo su sensibilidad humana. Cada uno piensa solamente en una cosa: ¿dónde encontrar un trozo de pan para acallar el hambre, dónde hallar un poco de agua para calmar la sed? Mira cómo los afortunados que están de pie junto a las ventanillas sacan sus lenguas afuera y lamen la ventana húmeda de rocío. Quieren que aunque sea con la simple [sensación] de humedad, se refresquen su desmayados, debilitados corazones. Se oyen llantos de niños que chillan: “mamá, dame un poco de agua, aunque sea una gotita. Madre, me oyes, dame aunque sea un mendrugo de pan. Estoy a punto de caer; siento que me voy a desmayar; no tengo más fuerzas”. Las madres consuelan a sus hijos: “ya, hijito, pronto te conseguiré algo”. Ocurre también que pueden aún quedar algunos, dichosos de ellos, que guardan algo de sus reservas y se los dan a aquellos que están desmayados por la falta de comida. Pero la gran mayoría está completamente exhausta por el hambre. Y los niños están impacientes y no pueden esperar demasiado; reclaman otra vez el pan y el agua que les  han prometido. Las madres se sienten completamente abatidas viendo la angustia de sus hijos y al no tener otra alternativa, gritan. El miedo tranquiliza a los niños que se acurrucan con ojitos llorosos junto a los doloridos corazones maternos. Los adultos, que no sufren menos que los niños, se consuelan pensando que con seguridad en la próxima estación, el mando los proveerá de comida y agua. No van a llevarse a un pueblo que tiene que servir como fuerza de trabajo para dejarlo morir de hambre y de sed…

Aquí, en otro vagón, se oyen chillidos espasmódicos de niños mayores, que se afanan en torno a una madre desmayada, que no pudo soportar más. Buscan por todos los medios el modo de que vuelva en sí, [hasta] que abre los ojos. Y en medio del dolor, les sobreviene la alegría: su debilitada madre ha revivido. Los críos se habían asustado por la posibilidad de perder a su madre y quedarse huérfanos y solos en el mundo.

Hay personas audaces, de sangre fría, que golpean los cristales de las ventanillas para llamar la atención de nuestros guardias y les piden que aunque sea arrojen al interior de los vagones un poco de la nieve caída que se ve a un lado del andén. Se oyen risitas cínicas de las crueles bestias y como respuesta muestran sus armas cargadas, indicando lo que les espera a aquellos que se atrevan a abrir las ventanillas.

(GRADOWSKI, Zalmen: En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz-1944. Anthropos, 2008. Pags. 29 a 31)

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