EN EL CORAZÓN DEL INFIERNO: SEPARAR LO INSEPARABLE

Posted on 25 enero, 2015

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SELECTION AUSCHWITZEl tren aminora su marcha y toma una vía distinta. ¡Señal de que hemos llegado a la meta! El tren se detiene y la masa sufre una sacudida; también la vida la sufre, aun estando en el interior del vagón. Todos se lanzan a empujones hacia la salida. Desean atrapar e inhalar un poco de aire fresco y también sentir un mínimo de libertad…

Salimos del tren. Y mira, amigo mío, lo que ocurre aquí. Mira quién ha venido a darnos la bienvenida. Militares con los cascos puestos, con largos látigos en sus manos y acompañados de grandes perros feroces. ¿Estos son los brazos abiertos que vinieron a capturarnos […]? Nadie comprende para qué hace falta semejante guardia. ¿Para qué es necesario tan temible recibimiento? ¿Para qué? Quiénes somos que es necesaria la fuerza de las armas y la ferocidad de los perros. Si vinimos a trabajar como personas tranquilas y pacíficas. Entonces, ¿para qué esas medidas de seguridad?

Pero espera y lo entenderás.

Apenas salimos del tren nos quitan con fiereza los equipajes, esos mínimo paquetitos nos los arrancan y los dejan en el suelo allí mismo. Nadie puede llevar nada ni tener nada consigo. La orden sume a todos en el pesimismo porque si te ordenan dejar lo más necesario, lo más elementalmente útil, es una señal de que lo necesario es innecesario y lo útil es inútil. Aquí, en este sitio ya no necesitas ninguna [cosa] de utilidad humana. Pero no puedes detenerte a pensar largamente en ello porque inmediatamente una nueva orden surca el espacio: los hombres a un lado y las mujeres a otro. Esta cruel y monstruosa orden atraviesa a todo el mundo como un rayo. Ahora, cuando ya se está en la meta final, cuando ya se ha llegado al límite, nos ordenan separarnos, separar lo inseparable, arrancar lo imposible de arrancar, eso que está tan apretadamente atado, lo que está fundido en un único organismo indivisible.

Nadie se mueve de su sitio, porque no pueden creer que eso que parece irreal sea la realidad, se haya convertido en un hecho cierto. Pero una lluvia  de golpes que comienza a caer sobre los primeros consigue que incluso en las últimas filas comience a producirse la división.

(…) Se siente pena […] si hubiera sido posible permanecer unidos y comunicarse mutuamente valor y consuelo en esos instantes decisivos. Todavía se percibe con toda intensidad la fuerza del indisoluble hilo del vínculo familiar. Ahí están aún ambos, de un lado el marido y, del otro, la mujer y el niño. (…). Al parecer están preguntando edad y oficio. Todos se reparten y […] sitúan. Pero hay algo que no está claro. Los interrogadores no prestan atención al oficio ni a la edad. O si por casualidad les agrada un rostro. Éste para aquí, aquél para allá. Y la masa queda dividida en tres grupos: mujeres y niños, hombres –jóvenes y viejos- y una pequeña parte, aproximadamente un diez por ciento del transporte, se sitúa en una tercera fila. Nadie sabe, adónde es mejor, adónde habrá mayor seguridad. Cada cuál piensa  que se está haciendo una selección  para distintas tareas. Mujeres y niños para las más livianas, y los hombres jóvenes como también los mayores, para una leve y soportable faena. Y el grupo menos numeroso ha sido escogido para el trabajo más duro. Sangra el corazón  al mirar desde este lado a las mujeres exhaustas y desfallecidas después del largo camino recorrido y que, encima, tienen que llevar a las criaturas en sus brazos. (…)

Aparecen vehículos a los que suben las mujeres y niños, que tienen que ser […] y cuándo podrá volver a verse con su mujer y su hijo, cuándo podrá reencontrar a sus padres y cuándo podrá ayudar a su querida hermana. Los hombres se mantienen a un lado y observan cómo suben y se van yendo. La mirada de cada uno queda fijada en un punto, anclada en el sitio por donde ve como se aleja su mujer con el hijo de la mano, aquí se ve a una madre conducida por sus dos hijas, a las que acompañan la mirada del padre y los hermanos. Oh, qué terrible, qué monstruosa imagen se muestra ahora ante ti: uno de los militares, muy ocupado en cargar los vehículos, sube a uno de ellos y encierra y oprime a las mujeres y los niños con toda su fuerza, como si se tratara de una carga muerta.

(GRADOWSKI, Zalmen: En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz-1944. Anthropos, 2008. Pags. 38 a 41)

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