EN EL CORAZÓN DEL INFIERNO: LA ISLA MUERTA

Posted on 28 enero, 2015

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ENTRADA AUSCHWITZNos ponemos en filas de a cinco en fondo y nos ordenan marchar en la dirección que conduce al lager. Mira, amigo mío, es un grupo pequeño de poco más de doscientos hombres, un mínimo porcentaje de una masa que llegó en bastante mayor número. Caminan con las cabezas profundamente abatidas por las severas preocupaciones que los agobian, con los brazos caídos, resignados, invadidos por la desesperación. Eran miles los que estaban juntos y de ellos sólo ha quedado una pequeña parte. Han venido con mujeres e hijos, padres y madres, hermanas y hermanos, y ahora se han quedado tan solitarios, tan aislados. Sin mujer, sin niño, sin padre, madre, hermana o hermano. En todas partes han estado juntos. Del gueto han salido juntos, del lager de paso de Kielbasín también, en el tren han viajado encerrados y unidos. Y ahora, en el destino final, cuando ya se ha alcanzado el punto culminante que es tan temible, que da tanta angustia, los han separado (…)

Ante nosotros un grupo de personas vestidas con uniformes idénticos van marchando; tienen buen aspecto y dan la impresión de ser fuertes, gente sin problemas. Cuando nos acercamos vemos que son judíos. La alegría nos embarga a todos. Habíamos visto a las primeras personas del lager, testigos de vida, testigos de buen trato y de conducta humanos. En todos se fortalece la convicción de que tampoco a nosotros nos espera nada peor. (…)

(…) Todos miran en diversas direcciones. Confiamos en hallar mirando a través de la alambrada a los que recientemente han sido arrancados de nuestro lado. Se oyen voces de mujeres adultas y de aspecto avejentado. Vemos por entre los alambres que circulan mujeres y civiles que también visten la ropa del lager. Hay allí tal bullicio, tal tumulto, que lo más probable es que sea el sitio al que han ido nuestras mujeres y niños. Seguro que son mi madre y mis hermanas que acaban de llegar y las están llevando a cumplir con las normas de higiene. (…)

Hay hombres de pie ante dos edificios amurallados que nos miran de arriba abajo.

No podeos saber si son judíos o no. No entendemos por qué nos miran con tanta atención, aunque seguramente es curiosidad por conocer a los recién llegados. Vemos personas cuyo aspecto da miedo. Van andando por el suelo de ladrillos y arrastran carretillas cargadas también de ellos. Portan carretillas. Uno lleva ladrillos, otro cemento. Se echa uno a temblar viendo a los que antaño han sido personas y ahora son sólo sombras. ¿Será este el trabajo? ¿Será el campo de concentración que tendrá que dar trabajo a los millones de judíos, ésta es la importante actividad nacional, por la que se ha sacrificado todo, incluso a la completa población que ocupaba otros lager, a los más aprovechables?

(…) Los llevan a un edificio de madera. Tenían la esperanza de que aquí hallarían a sus padres y hermanos que vinieron a parara antes a ese sitio. Pero no hay ni el menor indicio de ninguno de ellos. Quién sabe si ya han pasado todos los procedimientos y han llegado a su destino definitivo. Aparecen dos bandidos judíos, acompañados de varios militares, y ordenan: ¡debe ser entregado todo lo que se tiene encima! Nadie entiende qué es lo que quieren. Si ya les ha entregado todo. ¿Por qué le requieren que entregue lo mínimo, la menudencia que puede esconderse en un bolsillo? ¡¿Por qué?!

(…) Ordenan entregar también el documento de identidad que es lo más importante, incluso en épocas de normalidad lo es, pero sobre todo en tiempos de guerra. Aquí no necesitas nada, ni siquiera la descripción de quién eres y de dónde vienes te es necesaria en este sitio. No se entiende por qué hay que entregarlo todo. Y cuando y los han despojado los llevan a los baños. Los guardianes judíos se burlan de nosotros. “Nadie comprende sus secretos problemas. Quién nos mandó venir. Si acaso no pudisteis encontrar un sitio mejor”. Ninguno les responde porque no se entienden sus preguntas. Nos conducen a lo que aparentemente son baños de desinfección pero allá no se baña uno, sino que lo rapan y lo golpean […]. Nos llevan a otra habitación y nos dan ropas nuevas. Entramos como seres humanos vestidos con nuestras ropas normales, civiles y salimos como peligrosos criminales y con una vestimenta que nos da el aspecto de locos. Todos con las cabezas sin cubrir, éste con zapatos, aquél con zapatillas grandes o que no tienen el tamaño de su pie. Las ropas son demasiado holgadas para algunos y demasiado estrechas para otros. Ya regresan los nuevos presos que comienzan a integrarse a la familia establecida del lager. Los conducen por los desconocidos carriles sobre los cuales discurrirá su nueva vida.

Un único pensamiento ocupa ahora todos los cerebros. Una pregunta que a nadie le da descanso: cómo se entera uno del lugar al que fue a parar la familia, cómo se recibe aunque sea una noticia mínima, cómo hallar una pista.

(…) Volvemos a entrar en la misma barraca. Todos formamos una fila. Hace falta borrar nuestra individualidad. Cada uno de nosotros intenta establecer un vínculo con la población local y averiguar algo. Pero qué vulgares, qué criminales son también aquellos a los que nos dirigimos. Y cómo puede ser tan sádica la gente que se burla de personas destrozadas. Cómo pueden con tanta facilidad, sin un gesto en el rostro, contestarnos a la pregunta ¿dónde se encuentran nuestras familias? […]: ya están en el cielo. […] Acaso el lager ha influido tanto sobre ellos que ya han perdido todos los sentimientos humanos y no encuentran otra distracción  ni place que el sufrimiento y el dolor ajenos. Da esa impresión.

(…) Un temor, a todos nos envuelve el espanto. Tiembla el corazón sólo de escuchar el sonido de las palabras: “¡tu familia ya no está viva!” No, es imposible, por que cómo puede ser real. Si estas personas con las que estamos hablando así como nosotros mismos estamos vivos aún, cómo puede ser que las otras, las que fueron conducidas en los vehículos hayan ido directamente a la cámara de gas, que engulle a seres vivos y palpitantes para escupirlos inmóviles, muertos. No es posible, no hablarían con tanta ligereza sobre ello. No podrían abrir la boca. No tendrían palabras para decirlo. (…)

(…) Comienza el tatuaje. Cada uno de nosotros recibe su número. Desde este instante has perdido tu yo. Tu persona se ha convertido en un número. Ya no eres más quien antes eras. Hoy eres una nada, una nada que habla y se mueve como un número (…)

En la calle ya está oscuro, apenas si se ve el camino. De tanto en tanto hay farolas eléctricas, que no alumbran lo bastante. La única luz potente es la de un proyector que cuelga del portón que se ve a lo lejos. Nos arrastramos por el suelo de ladrillos hasta que topamos con algo. En medio del miedo y el cansancio accedemos a las nuevas tumbas. Apenas hemos visto el hogar recién estrenado, apenas si hemos podido aspirar un poco de aire, cuando varios ya han recibido unos cuantos golpes en la cabeza. Ya empieza a derramarse sangre de una que han partido o de una cara destrozada. Esta es la primera bienvenida a los recién llegados. Estamos aturdidos, perplejos. Miramos a nuestro alrededor, para ver donde hemos caído […]

Cada cual piensa en cómo defenderse para que sobre su destrozado cuerpo no caigan los palos. Recibimos inmediatamente una corta declaración de que esto son [las florecitas]  de la vida en el lager. Aquí rige una férrea disciplina. Esto es un campo para “palmarla”. Esta es una isla muerta. La persona no llega aquí para vivir sino para hallar la muerte, unos antes, otros después. La vida no arraiga en este lugar. Esta es la residencia de la muerte. Nuestro cerebro está obnubilado, nuestra comprensión embotada. No somos capaces de entender el nuevo lenguaje. Cada uno piensa únicamente adónde estará su familia, adónde los habrán acomodado y cómo podrán adaptarse a estas condiciones.

(GRADOWSKI, Zalmen: En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz-1944. Anthropos, 2008. Pags. 42 a 47)