EN EL CORAZÓN DEL INFIERNO: EL TRANSPORTE HACIA LA MUERTE

Posted on 13 febrero, 2015

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[8 de marzo de 1944]

KARL HOECKERPronto íbamos a ser testigos; íbamos a tener que contemplar con nuestros propios ojos judíos nuestra propia ruina: cómo cinco mil personas, cinco mil judíos, cinco mil seres vibrantes, palpitantes, vidas en flor de mujeres y niños, hombres viejos y jóvenes, personas sin distinción de sexo o edad, de inmediato y bajo la presión de los expertos criminales, con la ayuda del fusil, la granada y la metralleta, además de la colaboración de su sempiterno socio, el salvaje de cuatro patas, el enfurecido perro, iban a ser empujados, se les dará prisa, se los golpeará de manera criminal, para aturdirlos y ofuscarlos y que corriendo, sin darse cuenta, se lancen en brazos de la muerte.

Y nosotros, sus propios hermanos, encima tendremos que ayudar, ayudar a bajarlos de los vehículos, llevarlos al búnker, ayudarlos a desnudarse hasta que estén tal como llegaron al mundo. Y cuando ellos estén completamente preparados, seguir ayudando acompañándolos al búnker –a la tumba- de la muerte.

Cuando nosotros llegamos al lugar del gran infierno, al crematorio I, ya estaban allí ellos, los representantes del poder, preparados para el combate. Había venido una gran cantidad de SS, todos armados para la guerra. El fusil cargado de balas y granadas a su lado. Se habían dispuesto en círculos a los bien pertrechados soldados rodeando el crematorio, en una posición tal, como para que cualquiera fuera el caso, todos pudieran  estar alerta y en posición de disparar. También habían preparado camiones con los faros encendidos, de tal manera, que el gran campo de batalla estuviera bien alumbrado. Y también había un vehículo especial, cargado de municiones, por si les faltaban balas para enfrentarse al tremendamente poderoso enemigo…

(…)

Ése es el grandioso enemigo con el que el pirata comenzará hoy a enfrentarse. Tienen “miedo” los criminales de que alguien de entre las víctimas no quiera caer como una mosca y tenga encoraje de hace algo antes de morir. Y ese desconocido, ignoto héroe los asusta y por eso se escudan tomando en sus manos el fusil altamente civilizado. Todo está ya listo. Setenta hombres de nuestro comando también han sido colocados como escudos en la parcela del crematorio cercado. Y detrás de nosotros –fuera del cerco- están ellos, con los cañones preparados apuntando hacia las víctimas.

Hay un ir y venir de automóviles y motocicletas. Corren “aquí” y “allí” para asegurarse de que todo está en orden. En el lager reina un silencio de muerte. Todo lo que estaba vivo ha debido esfumarse, ha desaparecido en las tumbas de madera. En el silencio de la noche se escuchan pisadas que resultan nuevas para nosotros.   Son soldados que vienen marchando hacia aquí con los cascos puestos, cargados de armamento, como si estuvieran yendo a un campo de batalla. Este es el primer caso en que por la noche –cuando todos duermen y yacen custodiados detrás de la alambrada, al otro lado del cerco- hayan venido militares al lager. Acaban de declarar el estado de guerra en el campo.

Todo lo que está vivo seguro que está quieto, inmóvil ahora en su jaula, pese a que todos saben que más de una vez –últimamente siempre- las víctimas han sido conducidas abierta y libremente a la luz del día, a la vista de todos hacia la muerte. Pero hoy precisamente, porque han tenido miedo, lo han hecho de esta manera especial. Solamente la noche, el cielo, las estrellas y la brillante luna, sólo a ellos no puede taparles los ojos el demonio. Y sólo ellos serán testigos de lo que el demonio va a perpetrar esta noche.

En el silencio, en el misterioso silencio de la noche se oye el rodar de los camiones. Es que están yendo hacia el lager, ya están trayendo a las víctimas. Los perros ladran salvajes y feroces. Ellos, los “socios” bien adiestrados están listos para arrojarse sobre alguna víctima. Se oye el resonar de las voces de los oficiales borrachos y de los soldados que están prestos para actuar.

También han venido a celebrar la fiesta alemanes y polacos “corrientes” que acudieron voluntariamente para colaborar y todos juntos, la pandilla de demonios y los asesinos, los han ido a recoger en los vehículos para invitarlos y conducirlos hasta el crematorio.

Ahí están las víctimas encerradas, muertas de miedo, con sus corazones latiendo aceleradamente. Están ahora tensos, terriblemente angustiados y oyen todo lo que está ocurriendo. A través de las rendijas de sus tumbas ven a esos asesinos, a esos ladrones que esperan con los camiones preparados para quitarles la vida. Saben que ya no falta mucho, que ni siquiera les permitirían quedarse en esta oscura tumba en al que querrían permanecer eternamente. Los arrancarán de allí con saña y los conducirán hacia alguna parte, allí donde habita el demonio del infierno.

Un espantoso temblor recorre a la desesperada masa que súbitamente queda muda, petrificada por la angustia. Se quedan inmóviles en su sitio, como muertos. Acaba de oír pasos que se aproximan a ellos y el corazón da un vuelco en sus pechos. La tranca que cerraba la primera tumba ha sido arrancada. Esa tranca era hasta ese momento una protección para las víctimas. Porque mientras el tablón de madera siguiera clavado permanecerían aislados de la muerte y en algún remoto y profundo resquicio aún había una esperanza: acaso se quedarían en aquella jaula hasta que la libertad llegara también a esa prisión.

Pero he aquí que las puertas se abren violentamente y las víctimas se quedan petrificadas, presas del pánico miran aterradas a las bestias e instintivamente van reculando hacia lo más profundo de las tumbas como si estuvieran ante un espectro. Querrían huir, desaparecer en algún sitio para que el ojo bárbaro no las viera.

Se espantan al ver cara a cara a quienes vienen a quitarles la vida. Pero los perros feroces comienzan a ladrar salvajemente y amagan lanzarse ya sobre las víctimas y un palo que blande alguna de las bestias, polaca o alemana, es descargado de inmediato sobre una muchacha judía. Estaba estrechamente abrazada a la madre, como si formara un único cuerpo que, poco a poco, fue deshecho hasta caer despedazado. Resignados, frustrados y quebrados comienzan a correr hacia los camiones tratando de esquivar el mordisco del salvaje perro o el golpe de la enfurecida bestia. Y más de una al correr cae junto a su criatura al suelo, a la maldita tierra que, desde el inicio mismo, se fuer emborrachando con la sangre tibia de alguna joven cabeza judía.

Ya están ahí las víctimas, en los camiones, listas para partir y miran a su alrededor buscando algo que se les hubiera perdido allí. (…)

También la segunda fase del proceso ha funcionado plenamente; el demonio consiguió situar a las víctimas en el segundo escalón de la tumba.

(GRADOWSKI, Zalmen: En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz-1944. Anthropos, 2008. Pags. 130 a 135)