EN EL CORAZÓN DEL INFIERNO: UN LUGAR EN EL MUNDO

Posted on 19 febrero, 2015

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DAVID FRIEDMAN NAKED WOMEN ENTERING THE SHOWERS AT AUSCHWITZEn la amplia y profunda sala hay doce pilares que sostienen el edificio; ahora está brillantemente iluminada por una intensa luz eléctrica. Alrededor de las paredes y los pilares hay banco con colgadores que hace ya tiempo han sido dispuestos para que las víctimas dejen en ellos sus ropas. Encima del primer pilar, un cartel clavado en el que puede leerse en varios idiomas que se ha llegado a los “baños” y que todos deben quitarse la ropa para que sea desinfectada.

Hemos coincidido con ellas, con las víctimas y, petrificados, intercambiamos miradas. Saben todo, comprenden todo: que nos son baños, y que esta sala es el corredor de la muerte.

El lugar va llenándose de gente sin cesar. Siguen llegando camiones con nuevas víctimas, y a todas las engulle la “sala”. Estamos ahí, aturdidos, y somos incapaces de decirles una palabra. Aunque no es la primera  vez: han sido muchos los transportes que hemos recibido, y hemos presenciado muchas escenas parecidas a ésta. Pero nos sentimos débiles, como si fuéramos a desfallecer, a caer sin fuerzas junto a ellas.

(…)

No teníamos el coraje ni la firmeza para decirles a estas queridas hermanas que se desnudaran. Porque las ropas que llevaban puestas, incluso ahora, son las corazas, los escudos que protegen sus vidas. En el momento en que se desvistan y queden como su madre las trajo al mundo, perderán su última defensa, el último sostén del que ahora penden sus vidas. Y por eso no tenemos el coraje de decirles que se desnuden lo más rápido que puedan. Que aún permanezcan un momento, un instante más dentro de su coraza, arropadas por la vida.

La primera pregunta que surge de todos los labios es si ya han llegado sus maridos. Quieren saber si aún viven sus maridos, padres, hermanos, amantes, o si sus cuerpos yacen inmóviles en alguna parte, los están quemando las llamas y de ellos ya ni rastro queda. Y si ellas se han quedado solas, abandonadas y con un hijo que ya es huérfano. Quizá haya perdido para siempre a su padre, a su hermano. Pero entonces, ¿para qué vivir, por qué iba a querer seguir viviendo? “Dime, hermano”, dice una de ellas, resignada –su mente hace tiempo se ha hecho a la idea de que ha de abandonar la vida y el mundo para siempre. Se dirige a nosotros valientemente, con una nota de firmeza en su voz: “Decidnos, hermanos, ¿cuánto se tarda en morir? ¿Es una muerte penosa o fácil?”

Pero no les está permitido demorarse en aquel lugar. Las bestias asesinas no tardan en manifestarse. El aire es rasgado por los gritos de los bandidos borrachos, impacientes por saciar su sed con la desnudez de mis queridas y hermosas hermanas. Los porrazos  arrecian sobre las espaldas, cabezas y cualquier otra parte de los cuerpos con la que tropiezan, y rápidamente van cayendo al suelo las prendas de vestir. Algunas se avergüenzan, quisieran ocultarse donde fuera, con tal de no exponer su desnudez. Pero aquí no hay un solo rincón, aquí ya no existe la vergüenza. La moral y la ética van a la tumba, junto con la vida.

(…)

Llegan raudos más camiones repletos de víctimas, éstas entran en la sala. Entre las filas de mujeres desnudas muchas se abalanzan sobre las recién llegadas, llorando y gritando de manera atroz; es que las hijas desnudas han reencontrado a su madre y se besan y abrazan, se alegran de volver a estar juntas, y la hija se siente feliz de que su madre, de que el corazón de su madre la acompañe a la muerte.

Todas se desnudan y forman en fila, unas lloran y otras se quedan quietas, como petrificadas. Una se arranca el cabello y habla furiosamente consigo misma. (…)

Porque lo que nos sorprende es que estas mujeres, en lo que parece una excepción a tanto otros transportes, permanezcan tan serenas. En su mayoría incluso parecen animosas y despreocupadas, como sin nada estuviera pasándoles. Miran de frente a la muerte con una valentía, una serenidad que nos dejan estupefactos. ¿Acaso no saben lo que les espera? Las contemplamos compasivamente porque vemos alzarse ante nosotros otra estampa de horror: estas vidas palpitantes, estos mundos en ebullición, el ruido, el alboroto que surge de ellas, en unas horas habrá muerto, yacerá inmóvil. Sus bocas enmudecerán para siempre. Esos ojos brillantes que ahora las dotan de tanto encanto, tanta magia, quedarán detenidos, apuntando hacia una única dirección, como si fueran a sondear la eternidad de la muerte.

Estos hermosos cuerpos seductores que ahora florecen llenos de vida tendidos quedarán en el suelo, como seres repugnantes revolcados en el lodo y la mugre de la tierra, sus limpios cuerpos alabastrinos maculados por las deyecciones.

De la boca de perla se arrancarán los dientes junto con la carne, y la sangre correrá a raudales.

De la nariz perfilada manarán dos ríos: uno rojo, otro amarillo o blanco.

Y el rostro blanco y rosado se tornará rojo, azul o negro por efecto del gas.

Los ojos desorbitados estarán inyectados en sangre, y será imposible reconocer a la mujer que ahora mismo tenemos ante nosotros. Y dos heladas manos cortarán los ensortijados cabellos y arrancarán los pendientes de sus orejas y los anillos de sus dedos.

Después, dos hombres extraños cubrirán con guantes sus manos o las envolverán con trozos de tela, ya que estos cuerpos  -ahora blancos como la nieve- tendrán entonces un aspecto repulsivo y no querrán tocarlos con las manos desnudas. Arrastrarán a esta joven y hermosa flor por el suelo de cemento, helado y mugriento. Y su cuerpo arrastrado barrerá toda la suciedad que encuentre en su camino.

Y como si se tratara de un animal repugnante, será lanzada, arrojada sobre un montacargas que la enviará al fuego de allí arriba, al infierno, y en pocos minutos esta carne humana se convertirá en cenizas.

Ya podemos ver, ya percibimos su fin inminente. Observo estas vidas palpitantes que aquí ocupan un gran espacio, que ahora mismo representan mundos enteros, y dentro de unos minutos se alzará ante mis ojos otra imagen: la de un compañero llevando una carretilla de cenizas hacia la gran fosa. Ahora estoy junto a un grupo de unas diez o quince mujeres, y muy pronto todos sus cuerpos, todas sus vidas cabrán en una carretilla de cenizas. De quienes ahora están aquí no quedará el más mínimo rastro, todas ellas, que han ocupado ciudades enteras, que tenían un lugar en el mundo, serán borradas en breve, arrancadas de cuajo, como si nunca, como si jamás hubiesen nacido.

 (GRADOWSKI, Zalmen: En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz-1944. Anthropos, 2008. Pags. 138 a 143)