EN EL CORAZÓN DEL INFIERNO: EN EL CREMATORIO

Posted on 5 marzo, 2015

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gas chamber in AuchwitzCon manos temblorosas nuestros hermanos hacían girar los tornillos y descorrían cuatro cerrojos. Se abren las puertas de las dos grandes tumbas. Una ola de muerte atroz sopla su aliento. Todos se han quedado rígidos por el horror, no pueden creer lo que ven sus ojos. ¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo habían tardado? Ante nuestros ojos aún flotaba la imagen de los cuerpos trémulos de esos hombres y mujeres, en nuestros oídos aún resonaba el último eco de su palabra. Nos perseguían todavía las miradas profundas de sus ojos llenos de lágrimas.

(…)

Nuestros ojos se clavaban fijamente, hipnotizados ante ese mar de cuerpos desnudos que se nos revelaba. Acabábamos de descubrir un mundo de desnudez. Yacían caídos, entreverados, enredados unos con los otros, anudados como en un ovillo, como si el demonio antes de su muerte, se hubiera entretenido especialmente en practicar con ellos un juego diabólico para dejarlos en esa pose. Ahí había uno que yacía completamente extendido por encima de otros cadáveres. Allá había un cuerpo que abrazaba a otro y ambos estaban sentados apoyándose contra el muro. Allí sólo sobresalía una parte de la espalda mientras que la cabeza y una pierna estaban aprisionadas por otros cuerpos. Aquí sólo veías que emergía una mano, una pierna apuntando hacia lo alto, mientras que el resto del cuerpo estaba hundido en el profundo mar de desnudos. Sólo veías trozos de cuerpos humanos en la superficie de ese mundo desnudo.

(…)

Es preciso endurecer el corazón, matar toda sensibilidad, acallar todo sentimiento de dolor. Es preciso reprimir el horroroso sufrimiento que recorre como un huracán todos los rincones del cuerpo. Es preciso convertirse  en una autómata que nada ve, nada siente y nada comprende.

Los brazos y las piernas se dedican a trabajar. Allí hay un grupo de compañeros, cada uno ocupado en su labor. Se estira con fuerza hasta extraer los cuerpos de la madeja, éste por una pierna, aquel otro por un brazo, lo que resulte más cómodo. Parece que en cualquier momento van  a desmembrarse por los incesantes tirones. Después se arrastra el cuerpo por el mugriento y frío suelo de cemento, y su hermosa blancura alabastrina, como si fuera una escoba, va recogiendo toda la suciedad, todo el polvo que encuentra en su camino. Se toma el cuerpo, ahora manchado, y se lo coloca boca arriba. Te miran unos ojos ya vidriosos, como si preguntaran: “¿Qué harás ahora conmigo, hermano?” Más de una vez reconoces a alguien con quien compartiste ratos antes de que entrara en la tumba. Tres personas se disponen a preparar los cuerpos. Con unas frías tenazas, uno de ellos se introduce en la hermosa boca en busca  de algún tesoro, de algún diente de oro, y cuando lo encuentra, los arranca con carne y todo. Otro, con las tijeras, corta los cabellos ondulados, despoja a la mujer de su corona. El tercero arranca deprisa los pendientes de las orejas, y más de una vez las deja manchadas de sangre. Y los anillos que no salen fácilmente también se arrancan con tenazas.

Ahora ya se los puede llevar el montacargas. Dos hombres mecen los cuerpos como si fueran leños y los lanzan sobre la plataforma; cuando han sumado siete u ocho, se avisa con un bastonazo y sube el montacargas.

Allí arriba, junto al montacargas, cuatro hombres esperan. A un lado, dos arrastran los cuerpos al “depósito”; los otros dos están encargados de conducirlos directamente hacia los hornos. Los cuerpos son alineados de dos en dos ante cada una de las bocas del horno. Los niños pequeños están apilados a un lado y van siendo arrojados a razón de uno por cada dos adultos. Se colocan los cuerpos sobre la “tabla de purificación” –una angarilla de hierro-, y entonces se abre la boca del horno y se empuja la angarilla hacia el interior. El fuego infernal extiende sus lenguas como brazos abiertos y atrapa el cuerpo de inmediato, como si fuera un tesoro. Lo primero en arder son los cabellos. La piel se llena de ampollas y en pocos segundos estalla. Los brazos y piernas comienzan a contorsionarse porque las arterias se encogen y ponen los miembros en movimiento. El cuerpo entero arde intensamente, estalla la piel y puede oírse el crepitar del fuego avivado por la grasa derramada. Ya no se ve un cuerpo, sino una sal en la que arde un fuego infernal que consume algo en su interior. El vientre estalla. Los intestinos y las entrañas brotan rápidamente de sui interior y en pocos minutos no que da traza de ello. La cabeza tarda más en arder. De las órbitas surgen una llamitas azules que centellean, los ojos arden junto con los sesos ocultos que de este modo se manifiestan, mientras en la boca sigue calcinándose la lengua. El proceso dura en total cerca de veinte minutos, durante los que un cuerpo, un mundo se ve reducido a cenizas.

Te quedas petrificado, observando. Ahora colocan a otros dos sobre la angarilla. (…)

El montacargas sube y baja transportando incontables víctimas. Como en un gran matadero yacen aquí apilados los cadáveres, esperando en fila su turno y que se los lleven.

Treinta bocas infernales arden al unísono en los dos grandes edificios y engullen un sinnúmero de víctimas. No habrá de pasar mucho tiempo antes de que cinco mil personas, cinco mil mundos sean devorados por las llamas.

(…)

Vasto mundo libre, ¿verás algún día esta inmensa llama? Y tú, hombre libre, si alguna vez ante el crepúsculo –estés donde estés- elevas tus ojos hacia el alto cielo, hondamente azul, y lo ves cubrirse de llamas a lo lejos, has de saber, hombre libre, que ese es el fuego de este infierno donde sin parar se consumen seres humanos.

(GRADOWSKI, Zalmen: En el corazón del infierno. Documento escrito por un Sonderkommando de Auschwitz-1944. Anthropos, 2008. Pags. 161 a 165)