DESTINADA AL CREMATORIO: CARCASSONNE Y LA 5ª AGRUPACIÓN DE GUERRILLEROS

Posted on 1 abril, 2015

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[La protagonista, junto a otro grupo de republicanos españoles miembros de la Resistencia francesa, ha sido detenida por la Gestapo y encerrada en un calabozo de la ciudad de Carcassonne]

Vamos. Verte prisionera, cogida por el enemigo en el último momento, cuando la libertad ya está llamando a la puerta, es para tirarse de los pelos.

Enfurecida, me paseo arriba y abajo por el calabozo –dos pasos y medio- como un león enjaulado. Estamos a finales de mayo del 44, en al ocupada ciudad de Carcassonne, en el sur de Francia. Tres meses más tarde, en medio del gran júbilo causado por la liberación, el pueblo francés quemará en las plazas públicas las odiadas banderas con la cruz gamada.

(…)

Sí, pero este poco tiempo, tan poco, que les queda, yo corro el peligro de no vivirlo. Porque encontrarte en las garras de la Gestapo con un expediente de Rotspanische –española roja-, terrorist y otros calificativos similares, ya me diréis.

(…)

rené bachY ahora, hablemos de los otros, de los monstruos. De Bach, por ejemplo. No te alarmes, amante de la música. El mío, Bach, es agente de la Gestapo en Carcassonne, cuando la villa del Languedoc vive en la hora nazi y en cada esquina te encuentras sólidos y rubios guerreros de la Wehrmacht marcando al paso de la oca y aullando triunfalmente aquello del “ailí, ailó, ailá”.

Chaqueta blanca perfectamente entallada, corbata impecable, camisa inmaculada, cuidadosamente afeitado y peinado, las uñas limpias y con manicura, diseminando a su alrededor un discreto perfume de jabón caro, reluciente de limpieza, impecable de pies a cabeza; así se presenta Bach delante de los detenidos. Y tú te encuentras delante de él después de cinco o seis días de calabozo, sin haber podido limpiarte, sucio, arrugado, andrajoso. Entonces Bach al verte mantiene una actitud, al estilo de un “¡uf, qué asco!”, mudo, que te humilla más que todas las palizas y se pasa por la nariz un pañuelo perfumado, blanco, muy blanco.

Bach no es uno de esos esbirros de cerebro atrofiado que no saben más que pegar. Joven, inteligente, bastante buen psicólogo, un genio de los interrogatorios, dirige su siniestra labor como un jugador de ajedrez que mueve una ficha pensando, no en lo inmediato, sino tres o cuatro jugadas más adelante. Hace unas cuantas preguntas pequeñas, insignificantes y de repente, ¡paf!, la trampa, ¡el zas de la reina! Inesperada, que coloca a su víctima en un callejón sin salida.

Querer contarle una historia es demasiado atrevido. Lo mejor es callar y enfrentarse a él en silencio. En honor de los resistentes detenidos, casi todos utilizaron la segunda estrategia. Entonces Bach, abandonando las buenas maneras y el disfraz de hombre bien educado, tortura con fría ferocidad, buscando el punto más débil y no se echa atrás a la hora de asesinar. Ata a una viga al joven Cathalà y prende fuego a la masía, donde lo asó vivo. Le da de garrotazos a Ballester, rematándolo con una bala en el cráneo. No sé qué le hizo a Almagro, pero todos, al verlo volver del interrogatorio, comprendimos que venía herido de muerte.

(…)

Distinto es el caso de Mari: Bach consigue destruirlo moralmente. Preso de miedo, sudando de angustia, las manos temblorosas, Mari habla, contándolo todo, inventando cuando ya no sabe; se hunde cada vez más, perdiendo a puñados toda dignidad humana. Y el otro, contemplando su obra, tiene un resplandor de menosprecio en los ojos que me hace hervir la sangre.

(…)

Bach exulta. Pero aquella vez adquiero una experiencia: hacer contemplar el espectáculo de un cobarde en acción no es el procedimiento más idóneo para incitar a hablar a cualquiera que tenga un poco de vergüenza. Como si te pusieran delante de ti un espejo: “Toma, ¡mira dónde llegarías si te dejases llevar!”. El efecto es inmediato. Es lo que me pasó a mí. A una frase de Bach: “Habla. Si no, no vas a salir viva de aquí”, escucho asustada mi voz -¿la mía?- responder un insolente “¿Y a mí qué?”

– ¡Dios nos libre del pecado! –habría dicho mi madre. Todos nos miramos fijamente: y pienso: “ahora viene lo bueno”, un escalofrío me recorre la espalda, pero aguantando el tipo; él, mudo de rabia, sorprendido, despechado. Y Mari, que en aquel preciso momento se cubre la cara con el antebrazo, ¡como si fuese él quien fuese a recibir la primera bofetada!

No hay ninguna bofetada. Nunca lo entendí: ¿comprende Bach el grosero fallo psicológico que ha cometido? Es posible. Con un gesto brutal de la mano, como borrándome para siempre, me hace regresar al calabozo. Nunca jamás me interrogaría.

Con ese gesto de su mano me envía al infierno de Ravensbrück.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 33 a 45)