DESTINADA AL CREMATORIO: EL FUERTE DE ROMAINVILLE

Posted on 3 abril, 2015

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COLABORADORA todas las mujeres nos llevan al fuerte de Romainville. El engranaje hacia los campos de la muerte sigue su curso.

(…)

La población reclusa del Fuerte de Romainville es bastante heterogénea: junto a las militantes obreras fogueadas, participantes activas de todos los combates, hay campesinas de quien los alemanes sospechan –con razón- que han ayudado a los maquis, funcionarias que han proporcionado documentación o bien tarjetas de racionamiento a los resistentes; e, incluso, mujeres de las alta burguesía y hasta de la aristocracia –si señor, una condesa- detenidas por sus actividades gaullistas o bien como rehenes, por el hecho de tener marido o hijo en Londres con el general De Gaulle. Claro está que toda esta diversidad es motivo de serios encontronazos. Sin embargo, por encima de todas las diferencias de clase nos une un odio común hacia el ocupante nazi.

Aún se nos trata con cierta decencia. Nos dejan salir al aire libre todos los días. Nos reparten a menudo paquetes de los cuáqueros y de la Cruz Roja. Y no hace falta decir que las prisioneras de subidísima posición social reciben de sus familiares gran cantidad de víveres, ropa y dinero. No sólo comen debidamente y visten con toda elegancia, sino que sus recursos les permiten pagarse una sirvienta, o sea, una prisionera que a cambio de una remuneración les lava la ropa y las libra de todas las tareas. Son prisioneras de alto rango.

Todas estas señoras, salidas de ricas familias, tienen la sólida convicción que los alemanes las respetarán. “A mí no se atreverán a hacerme nada. J’ai beaucoup de relations…”. Y que si la Convención de Ginebra por aquí y los derechos del hombre por allá… Pronto perderán las ilusiones.

No os penséis que me río de ellas. Aquellas mujeres tuvieron una conducta muy decente cuando más tarde llegaron momentos durísimos, y a pesar de nuestras diferencias las unas y las otras hemos formado un bloque bien compacto contra el que se estamparon a menudo nuestros enemigos.

“Paquita, hay que evadirse”. Sí, ¿y cómo? Yo husmeo por todas partes. “¿Nunca se ha escapado nadie de aquí?”. Mi pregunta hace sonreír. ¿Escapar de Romainville?

La cosa no es fácil. Y, si lo consigo, ¿dónde ir en el desconocido Paris?

Le hablo de eso a Germaine, una buena compañera. “Vete a Aubervilliers, al número 12 de la Rue Albinet. Todo el barrio te ayudará”, dice sencillamente.

Necesito la parte esencial: salir de Romainville.

Los retretes colectivos consisten en un gran agujero que da lateralmente a una cañería de un diámetro suficiente para que una persona quepa en ella. Muy justito, pero yo no soy demasiado grande y soy bastante ágil. ¿Es posible la evasión por ese procedimiento? ¿Dónde irá a parar la cañería? Seguramente al Sena. Salir en medio de París, a la luz del día, embadurnada de excrementos de pies a cabeza, preguntando dónde está la rue Albinet d’Aubervilliers… ¿Quién sabe? Quizás los trabajadores de las cloacas con quienes me pueda cruzar puedan ayudarme ya que la red subterránea de las cloacas lleva el mismo nombre que las calles correspondientes en superficie. Tengo que estudiar la cuestión.

Al día siguiente me encuentro cerca de los retretes cuando suena la sirena. Un bombardeo. Ahora los hay a menudo..

En lugar de entrar al edificio, donde nos encierran durante las alarmas, me quedo en las letrinas, bien decidida a probar suerte. Ya sola, disponiendo de un cierto tiempo –las alarmas son largas-, contemplo atentamente el agujero. De repente cae una verdadera tromba de centenares de litros de agua, a una formidable presión. Los nazis lo han previsto todo. La misma operación se produce a intervalos regulares. Si hubiera entrado en la cañería habría muerto ahogada. Siento un escalofrío de miedo retrospectivo. Tengo que renunciar.

(…)

En Romainville no permanecemos demasiado tiempo. Un día, un alemán lee una lista y, ¡venga!, todo el mundo a los camiones, bien vigiladas por un grupo de cofias de la OVRA de Mussolini –patillas negrísimas, el ala del sombrero encima de los ojos, camisas negras y corbatas llamativas- que parecen salidos de una película de gánsteres, de aquellas protagonizadas por George Raft en los años treinta. Ninguna posibilidad de huir. Saben cuál es su función.

Unos cuantos años después, supe que a pesar de todo en Romainville hubo una evasión: la del legendario coronel Fabien, voluntario a los diecisiete años en las Brigadas Internacionales. No lo atraparon nunca.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 53 a 57)