DESTINADA AL CREMATORIO: EL CAMPO DE SARREBRUCK

Posted on 5 abril, 2015

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RESISTENCIA STRUTHOFDe Sarrebruck, no veo más que una calle, una larga calle interminable y una hilera de mujeres, nosotras, caminando de dos en dos hacia el campo de concentración. ¿Había casas, árboles, gente? No lo sé. De mi recuerdo ha quedado borrada la visión lateral. Quizás no miraba más que delante de mí, para no ver a los SS en los flancos, pistola en mano, haciendo cric-crac con sus espléndidas botas encima de la fina carbonilla y repitiendo como una letanía un grito estridente que pronto nos sería familiar: Schnell, schnell! (¡Rápido! ¡Rápido!).

Aún nos llaman por nuestros nombres; aún llevamos nuestra propia ropa, saliendo de la “haute couture” algunas, otras más sencillamente vestidas, y en el último peldaño de la elegancia, nosotras, las refugiadas españolas, que hemos huido al exilio con lo que llevábamos a la espalda (…)

Los SS vociferando como energúmenos, nos colocan en hileras. Desde que hemos puesto los pies en el campo de Sarrebruck, la actitud de nuestros carceleros ha sufrido un cambio radical. En Romainville nos hablaban todavía en tono correcto. Cuando salimos del Fuerte habían tenido hasta el detalle de darnos a cada una un espectacular paquete de víveres de la Cruz Roja y de hacernos viajar en un vagón de viajeros bastante decente. Cuando tenían que dirigirnos la palabra  o bien lo hacían en un francés  de andar por casa o buscaban un traductor. Aquí nos hablan en alemán, a gritos. El tono es extremadamente brutal y el gesto, pistola en mano, siempre amenazador. En Sarrebruck se han terminado los bueno modales.

En el despacho cercano a la entrada, donde nos hacen pasar una a una, empieza el saqueo. Los SS, machos y hembras, se disputan las piezas de ropa, las joyas, las pieles, los monederos de las prisioneras, se comportan como bestias, en medio de groseras risas mastican descaradamente el contenido de los destripados paquetes de la Cruz Roja, que tan pomposamente nos habían entregado.

(…)

Saqueadas, indignadas, después de una orden gutural avanzamos unos pasos y nos colocamos en hileras, “fünf und fünf”, de cinco en cinco.

De repente, nos invade un escalofrío de indecible espanto: de todas las avenidas del campo llegan hacia nosotras seres humanos que parecen fantasmas, la imagen misma de la muerte: de una transparencia de larvas, caras como calaveras, todo ojos y dientes, cuerpos esqueléticos, manos descarnadas de difuntos, las cabezas esquiladas al cero, cubiertos de harapos. Son los prisioneros.

Hay un silencio de muerte. Paralizadas de espanto adivinamos por primea vez la respuesta a una pregunta que nos había atormentado siempre: ¿qué hacían, los nazis, con los prisioneros? Después d las detenciones, los combatientes de la Resistencia desaparecían sin dejar rastro. Nunca jamás se sabía nada de ellos. Ni las familias ni los compañeros conseguían nunca descubrir donde habían ido a parar. Nacht und Nebel, ¡Noche y Niebla! La respuesta, espantosa, nos la dan finalmente aquellos desgraciados prisioneros del campo de concentración de Sarrebruck, uno de tantos campos de la Alemania nazi.

Hay en sus rostros pálidos un dolor profundo, agudísimo, como nunca habría podido imaginar en un ser humano, hecho de hambre llevada al paroxismo, de agotamiento mortal, de torturas, de golpes recibidos, de dignidad encarnecida. Y a pesar de todo –milagro de la convicción profunda de haber luchado por una causa justa- en sus ojos hay un brillo que los hace infinitamente superiores a los de sus verdugos, una pequeña luz que podría traducirse por “incluso aquí un hombre puede continuar siendo un hombre”.

Los SS, rubios, sanos, rojos de cara, bien nutridos, bien vestidos, impecablemente limpios, mirándolos a ellos y a nosotros alternativamente, ríen groseramente, disfrutando de nuestro espanto.

Nuestros sentimientos son una mezcla de piedad, de dolor, de indignación y de oscuro presentimiento. También a nosotros los nazis nos transformarán, y muy pronto, en fantasmas descarnados de un universo dantesco. Pensábamos ser encerradas en una fortaleza, fusiladas, ¡qué sé yo!, pero eso no. Aquello desborda todo el horror imaginable.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 59 a 62)

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