DESTINADA AL CREMATORIO: LLEGADA A RAVENSBRÜCK

Posted on 13 abril, 2015

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RAVENSBRÜCKDe Romainville, habíamos llegado en un vagón de viajeros. En Sarrebruck nos meten en vagones de ganado. Para poder respirar, tenemos una minúscula ventanilla a la que, como medida de precaución, han tenido el cuidado de recubrir fuertemente con alambres puntiagudos. Para todo el vagón –cincuenta y tres mujeres-, hay un gran bidón destinado a utilizarse como letrina durante el trayecto, sin tapadera, no hay ni que decirlo. Una vez que estamos todas dentro, cierran el vagón y lo precintan.

La estación de Sarrebruck está llena de gente que nos ve pasar, indiferente. Al vernos encerradas, como bestias, nos da un ataque de rabia. Tenemos que hacer algo. Tenemos que gritar bien alto y bien fuerte lo que somos, mujeres de la Resistencia. No sé qué vagón empieza. Creo que el nuestro. Con furia, con rabia, a viva voz, empezamos a cantar La marsellesa. El coro llega a todos los vagones, amplio, potente. Las estrofas del Himno de la Revolución francesa estallan como un desafío a la estación engalanada con cruces gamadas. (…)

Dentro de aquel vagón asqueroso, todo se ve muy pronto invadido por una pestilencia insoportable, hedor de orinas y de excrementos, de sudor de mujeres sin lavar en ocho días. Cinco días, casi a oscuras, respirando excrementos, sucias, hambrientas. Cinco días durante los que no recibimos ni más víveres ni tan solo una gota de agua. ¿Se proponen matarnos de sed? Por suerte una de nuestras chicas, una jovencita alsaciana muy rubia –me parece que se llamaba Huguette- ha podido coger, no sé dónde, una pequeña botella de medio litro. Cada vez que el tren se para, Huguette pasa cuidadosamente su brazo, muy fino y muy blanco, entremedio del alambre puntiagudo y grita en alemán, moviendo la botella:

  • Wasser, bitte! (¡Agua, por favor!)

¿Quiénes son los que le llenan la botella: ferroviarios, soldados, viajeros, mujeres? No lo sé. Pero tengo que decir que cada vez la botella llega a nuestras manos llena y cada vez los brazos de Huguette se cubren de nuevos y crueles arañazos.

Con una disciplina absoluta, repartimos por turnos y bien equitativamente el agua, que no es demasiada. (…)

Sedientas, hambrientas, llenas de suciedad, mareadas por falta de aire, agotadas, muchas enfermas, después de aquellos cinco días de sinistro recuerdo, somos recibidas en la estación de Fürstenberg por una multitud de SS vociferantes, acompañados de unos perros policía monumentales que gruñen y nos enseñan los dientes. ¡Ay de aquella que se alejara un solo paso!

Toda aquella gentuza nos conduce a pie al campo de concentración de Ravensbrück. Hay mujeres enfermas, algunas lisiadas, ancianas de ochenta años que apenas pueden seguir.

(…)

¿Sabéis que quiere decir permanecer doce horas en hileras, sin tener derecho a mover pie ni mano? ¿Y eso después de cinco días de viaje, encerradas en malolientes vagones de ganado, torturadas por una sed que te pone fuego en la garganta, hambrientas, agotadas por el cansancio, de noche y soportando un gélido viento?

Pues, sí. Este es el recibimiento –digno prólogo de los que se nos espera- que nos dispensa el campo de concentración de Ravesnsbrück.

Llegamos aplastadas por el cansancio, soñando con los ojos abiertos: ¡venga, un vaso de agua, una sopa caliente, aunque fuera de ortigas, un jergón cualquiera donde apoyar nuestros cuerpos anquilosados!

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 65 a 68)