DESTINADA AL CREMATORIO: DUCHAS Y ROPA

Posted on 19 abril, 2015

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En pequeños grupos, mientras las demás hacen cola fuera, nos hacen entrar. Unas cuantas SS mirándonos con cara de asco, rodeadas por kapos, nos obligan a desnudarnos totalmente. Nos lo arrebatan todo, absolutamente todo, hasta los pañuelos y las toallitas higiénicas. Nos quedamos igual que cuando nuestras madres nos trajeron al mundo. Cuando les parece, obligan a una prisionera a soportar un registro íntimo. Después examinan cuidadosamente nuestros cabellos, los  sobacos, el pubis a la búsqueda de hipotéticos parásitos. Es indigno, humillante. A una campesina que tiene una melena rubia espléndida, el cortan el pelo al cero, a golpe de tijeras, con malos modos, como si esquilasen una bestia. Metódicos economistas del crimen, los nazis aprovechan los pelos de las víctimas para hacer tejidos con ellos.

Bruscamente nos empujan bajo las duchas. El agua es gélida. No nos dan ni jabón ni toalla. Demasiado lujo, con ansia, sedientas, tragamos las gotas de agua que nos salpican la cara. Pocos segundos más tarde, otra vez gritos y empujones. Ahora, totalmente mojadas por el agua fría, nos llevan hacia la puerta. Allí nos esperan unas SS y kapos con cuatro monumentales cestos de mimbre. En uno hay camisas, de aquellas del tiempo de las tatarabuelas, que antaño fueron blancas; en el otro, bragas mal lavadas con grandes manchas en la entrepierna; en el tercer cesto, botas monumentales. Del cuarenta hacia arriba, medio destrozadas y sin cordones; y al último, vestidos de los más distintos colores y medidas, todos muy sucios y descoloridos, con una particularidad común: una enorme cruz, como un monumental signo de multiplicación, impreso con pintura roja delante y detrás.

Inútil intentar escoger. Si alguien pretende encontrar un vestido de su talla o indica que le han dado dos zapatos del mismo pie, la respuesta no se hace esperar: empujón o puntapiés en “salve sea la parte”. Raus, schnell! Y a la calle.

(…)

Gritos, empujones y nuevas órdenes ladradas en no sé qué lengua por toda la jauría de SS y kapos; de nuevo en hileras de cinco –Fünf und fünf!, nos rugen-, nos llevan a una barraca.

Nos agregan unos centenares de polacas y de soviéticas, así como algunas judías, con estas últimas van algunos niños, pálidos, delgaditos, de inmensos ojos aterrorizados de adultos.

En el barracón no hay más que unos rudimentarios taburetes de madera y no para todo el mundo. Nos rozamos los codos, las rodillas; la falta de espacio nos obliga a una inmovilidad total, que después de media hora resulta extremadamente penosa; ¡y no veas después de un día entero! Habrías abofeteado a todas las que te rodeaban. El nerviosismo lleva consigo algunos incidentes desagradables.

Un buen rato más tarde nos sirven, por fin, una sopa bastante mala, pero como hay mucha hambre la engullimos rápidamente.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 69 a 72)

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