DESTINADA AL CREMATORIO: SELECCIÓN

Posted on 16 mayo, 2015

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Selección mujeresRaus, raus, Schnell!

¿Qué quieren ahora? Gritos, empujones, todo el repertorio. A fuerza de gritos y bofetadas empezamos a entender el alemán. La perspectiva de los azotes y el espectro de la cámara de gas se revelan mucho más eficaces que todos los sistemas Berlitz del mundo.

Ahora se trata de salir totalmente desnudas. Algunas ancianas intentan desesperadamente mantener puesta la ropa interior, pero las kapos se la arrebatan brutalmente.

Otra vez en hileras en la explanada y allá estamos de pie, inmóviles, durante un largo rato. Nuestras abuelas se sienten avergonzadas  de ver así expuestos sus cuerpos deformados por la edad y aguantan dignamente las lágrimas. Dan lástima. Es duro verse así, injustamente escarnecidas al final de una vida bella y limpia.

Grupos de SS seguidos de perros vagan por allí; pistola en mano. Personalmente no tengo ninguna vergüenza en verme desnuda en su presencia, como si fuese un perro más o una piedra. A base de verlos un día y otro ladrando insultos y clavando azotes como verdaderas bestias, termino por excluirlos de la comunidad humana. Para mí son bípedos y basta.

Una hora más de appel, siempre desnudas, hasta que nos hacen avanzar. Un poco más apartado nos espera un oficial SS, de ojos claros y fríos, sentado, espatarrado, al lado de una mesa. La escena que relato a continuación es muda: tenemos que avanzar, una por una, girar sobre ti misma como cuando te pruebas un vestido en casa de la modista, inclinar la cabeza hacia el SS y abrir la boca. El nazi apunta algo, y nada más. ¡Otra! Schnell, los! (¡vamos!).

  • ¿Es un dentista? –preguntan de buena fe algunas.

La espantosa verdad, que por suerte la mayoría ignora, es que se trata de una primera selección para la cámara de gas. Eliminadas las viejas, las que tienen defectos físicos, mutilaciones o enfermedades visibles. ¡Fuera! Al gas, al crematorio. El Gran Reich no quiere alimentar bocas inútiles.

Contables perfectos, apuntan: “Matrícula número…, dos dientes de oro”. Y cuando la matrícula número… termina, vaciada por la disentería, agotada por el hambre y la tuberculosis o bien asesinada por el gas zyklon, los dos dientes de oro serán recuperados, un tampón en el moflete del cadáver indica que la operación ha sido realizada. Y, venga, ¡lista para el crematorio!

En Ravensbrück es peligrosísimo tener demasiados dientes de oro. Al día siguiente, por la tarde, ladrando de lo lindo y empujándonos, nos obligan de nuevo a desnudarnos y a salir. ¿Qué más quieren? Sigue el inevitable appel en la explanada. Después, siempre de cinco en cinco, nos hacen entrar en un local de aspecto siniestro.

Hay una especie de camilla sucia y manchada y al lado la “doctora”, una mujer gigantesca, grande, con un cuello musculoso y corto, de luchador de feria, facciones masculinas y manos enormes.

Está bastante claro de lo que se trata: reconocimiento íntimo.

Si alguna hace el más mínimo gesto de retroceso, la “doctora”, clavándole un empujón, la tumba de un golpe sobre la mesa y, separándole las piernas sin miramientos, procede al reconocimiento. Después de unos quinientos reconocimientos, el agua, siempre la misma, es turbia y sangrienta; conteniendo pus, sangre y todo tipo de microbios.

Aquel examen les permite conducir al exterminio algunas prisioneras que han escapado de la primera inspección del “dentista”. Algunas por enfermedades genitales o bien por fibromas. Otras por estar embarazadas.

Sí, las mujeres que esperan un hijo son sistemáticamente conducidas a la cámara de gas. Una, porque ellos mantienen con vida únicamente aquellas que pueden trabajar a rendimiento pleno, y otra, porque los nazis no quieren niños de “razas inferiores”. Todo sea por la gloria y la pureza de la Alemania de la esvástica.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 77 a 79)