DESTINADA AL CREMATORIO: TRASLADO A LEIPZIG

Posted on 25 mayo, 2015

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El viaje es corto. Vamos en los conocidos vagones de ganado, con el inevitable bidón a modo de comuna y la consiguiente pestilencia. Pero al día siguiente por la mañana llegamos ya al final de nuestro viaje, o sea, al campo de concentración establecido al lado de Leipzig, a corta distancia del combinado metalúrgico HASAG, donde estamos destinadas a trabajar.

LEIPZIG-THEKLA CAMPSe ha hablado mucho de los esbirros de la Gestapo, los monstruos SS, pero no tenemos que olvidar que no eran más que siniestros ejecutantes. Además se ha dejado un poco en la sombra el papel dirigente que tuvieron los grandes magnates de la industria alemana, que explotaron  sin escrúpulos a los deportados, obligándolos, en pleno siglo XX a trabajar como en los tiempos de la esclavitud, apenas nutridos, haciendo jornadas agotadoras, los trabajos más duros y peligrosos, tratados a golpes, sin dormir, sometidos a appels de horas y más horas diarias y con la espada de Damocles del gas zyklon constantemente sobre la cabeza. ¿Un accidente, una enfermedad, los dejaba inútiles? ¡Al gas! Otros deportados llegarían para substituirlos. La mano de obra era barata. Fríamente, los estudios estadísticos hechos por ellos daban una media de nueve meses de vida a cada deportado.

Somos seis mil mujeres las que llegamos a HASAG para ocupar un lugar en la industria de guerra del Gran Reich. Pertenecemos a todas las nacionalidades de Europa. Hay obreras y profesionales, comerciantes, médicas, campesinas, oficiales del Ejército Rojo, mujeres de recursos módicos y otras pertenecientes a las clases más acomodadas. Y, no obstante, a pesar de todas las diferencias de nacionalidad, de origen social y de creencias religiosas y políticas, vamos a luchar juntas contra el nazismo.

El campo, como el de Ravensbrück, está rodeado de redes de alambre electrificado y miradores. Apenas llegadas del tren, sin dejarnos ir al bloque, se produce el appel.

(…)

Terminado el appel vamos por fina a los bloques. Hay un jergón para cada una y no uno para dos prisioneras, como en Ravensbrück. El colchón es de tela gruesa de saco, lleno de paja. Una manta oscura de aquellas de la “mili”, para cada una. Las camas están dispuestas en cuatro pisos superpuestos. Tienen un waschraum con muchos grifos, donde podremos limpiarnos como es debido, sin jabón, evidentemente.

Al mediodía nos reparten una sopa bastante espesa, comestible y en cantidad abundante. Aquel primer día nuestras impresiones no son demasiado malas. Pensamos que el kommando vale más que la vida que hemos conocido en Sarrebruck y Ravensbrück.

Después de comer, venga, schnell!, vamos a trabajar a las designadas. Hacemos un corto trayecto, vigiladas por un grupo numeroso de SS machos y hembras, armados y acompañados por sus feroces perros. Creemos emprender el camino hacia alguna fábrica o taller y nos quedamos muy sorprendidas cuando vemos cuál es el trabajo que nos espera. Nos llevan a una fábrica que ha sido bombardeada. Allí se trata de recuperar todo lo que hay en el sótano cantina, el techo del cual está medio hundido y en peligrosísimo equilibrio. Entrar allí significa jugarse la vida a cada instante. A gritos y a base de azotes nos hacen bajar. Ah, pero los valerosos defensores del Gran Reich se quedan fuera, rodeando a una prudente distancia la fábrica bombardeada.

(…)

Antes de volver al campo nos colocan en hileras y las SS nos registran. Algunas que han recogido pequeños objetos en el sótano derruido se ganan unos bofetones. Y raus schnell!, otra vez al campo.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 87 a 90)