DESTINADA AL CREMATORIO: LA FÁBRICA HASAG

Posted on 29 mayo, 2015

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Hasag-Leipzig_LabelEn hileras, marcando el paso y bien vigiladas por perros y SS machos y hembras, vamos a trabajar a la fábrica HASAG. Constanza, María y yo somos destinadas a la sección Nordwerk, a los tornos automáticos y a la limpieza de obuses.

La fábrica es enorme, impresionante, y produce obuses de distintos calibres. Además de las seis mil deportadas trabajan, forzados, prisioneros de guerra y requisados de todas las nacionalidades de Europa y una muy pequeña cantidad de obreros alemanes –militarizados- que ejercen, generalmente, las funciones de rectificadores o técnicos. Como se ve, la industria de guerra alemana funcionaba en aquellos tiempos únicamente gracias a la mano de obra extranjera y forzada.

(…) El trabajo consiste en hacer pasar un obús por un calibre. Si pasa justo, el obús es bueno. Si no pasa, se tiene que enviar a desbarbar. Y si baila, al desguace. Para hacer esto necesitan “mujeres muy inteligentes”. Como aquello de la mili: ¿quién sabe tocar el piano? Venga, ¡a pelar patatas!

Muy concienzudamente me harto de enviar a desbarbar los que tienen medidas correctas. Tenemos que recordar que cada obús inutilizado son vidas de los nuestros ahorradas. Desorganizar la industria de guerra representa ganar una batalla importante.

(…)

Aquella noche la paso pensando. Cada vez que introducimos un obús en la máquina tienes que apretar con fuerza una enorme manija, que dirige el sistema por el cual los obuses quedan firmemente sujetos mientras una lima automática redondea el agujero del fondo del obús. Si yo cierro mal la enorme manija, el obús baila dentro de la máquina y la lima, en lugar de hacer un agujero redondo, se pone a hacer disparates…

El día siguiente, ansiosa de llevar a la práctica mi proyecto, cierro premeditadamente con poca fuerza la manija. El obús, mal sujeto, oscila. Empieza la lima el trabajo y loca de alegría veo que el agujero del fondo del obús, en lugar de ser perfectamente redondo, toma una forma que más bien parece un huevo.

Por un momento noto la mirada del alemán rubio fijada en mí. Me mira con una expresión tan curiosa en su rostro que siento espanto.

“Me ha visto. Se ha dado cuenta”, me digo a mí misma. “No es posible que no se haya dado cuenta”.

Pero el hombre no dice nada y se va a vigilar otra cadena.

Los obuses son cada vez más catastróficos y yo estoy pletórica, cuando de repente se oye un crujido extraordinario, un obús sale silbando y toda la máquina tiembla con un ruido como si fuera el fin del mundo: había roto el eje.

Confieso que me quedo helada. Yo no quería hacer tanto. Un sabotaje así puede significar la horca o el “transporte” hacia el gas.

Acude a toda velocidad el obermeister. Ladra de tal manera que le puedo ver todas las muelas de oro y hasta la garganta.

– ¡Sabotaje! ¡Sabotaje! –brama, poniéndose los puños delante de la cara.

(…)

Como consecuencia de mi involuntaria hazaña, se tienen que llevar con g´ruas y cadenas la máquina estropeada, lo que significa la paralización de las cuatro máquinas de la cadena durante diez días. Si tenemos en cuenta que cada día salen de la cadena setecientos obuses, el hecho significa una pérdida de siete mil obuses para el Gran Reich.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 95 a 100)