DESTINADA AL CREMATORIO: VIDA EN LA FÁBRICA HASAG

Posted on 31 mayo, 2015

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haupteingang-hasag-werkNuestra vida es dura. Durante una semana empezamos a trabajar a las cinco de la mañana para terminar a las cinco de la tarde. Antes de salir tenemos que hacer el inevitable appel, nunca menos de una hora. Ya de regreso, otra hora, nunca menos, de appel. Al mediodía nos llevan al campo a comer. Tenemos que engullir la sopa rápidamente y, ¡venga!, otra vez en formación, regresamos al tajo.

La semana siguiente trabajamos desde las cinco de la tarde hasta las cinco de la madrugada, los que no nos exime de los appels. Trabajamos siempre de pie, en trabajos duros, agotadores y muchos de ellos peligrosísimos.

Comemos una sopa a mediodía, que al principio fue espesa y no demasiado mala, pero que es cada vez peor y termina siendo sopa de remolacha o bien de monda de patatas. Y basta. Eso es todo el menú del día. A modo de cena nos reparten nuestra ración de pan del día –una rebanada de color oscuro e incluso enmohecido y un trocito de margarina grueso como la mitad del dedo meñique. Por la mañana, un agua oscura y azucarada, de un regusto desagradable, nos sirve de café. Como extra, algún domingo, no todos, recibimos una cucharada de sucedáneo de confitura. Y nada más.

Al principio nos daban unas tres patatas cocidas con piel dos veces a la semana. Al principio, pero, se ve que deben considerarlo demasiado costoso y dejan de repente de repartírnoslas. Cada vez la comida es peor y la ración más reducida. Es un verdadero milagro que podamos subsistir con lo que nos dan.

Con el estómago vacío, trabajando bárbaramente, manteniéndonos diariamente durante horas y más horas en el appel, inmóviles debajo de la nieve, la lluvia o el frío, sin casi dormir, las enfermedades y los accidentes menudean. Sobre todo al final de la semana por la noche, se producen terribles accidentes debidos al agotamiento extremo. Una chica judía deja allí su brazo, una francesa ve su mano aplastada. Únicamente el instinto de conservación nos mantiene de pie. Y ¡qué fuerte es el instinto de conservación! Observas cómo  trabajan mujeres que son como cadáveres vivientes, físicamente deshechas, pero que saben que si sea paran, agotadas, lo que les espera es el fatídico “transporte”. Nadie va a la enfermería más que cuando no queda otro remedio, porque sabemos que la estancia en el revier, la enfermería, por donde vagan como buitres los siniestros médicos nazis, es la más segura recomendación para el “transporte”, el viaje de ida sin retorno, que termina en el crematorio, pasando por la cámara de gas.

La espantosa realidad es que todas nosotras, más tarde o más temprano, estamos destinadas al crematorio. Podemos durar unos meses, un año como mucho, no demasiado más. Nueve meses tienen calculados los “teóricos” nazis. Todo esto está perfectamente previsto y si, de acuerdo con los magnates de la industria, nos conservan todavía con vida es únicamente porque necesitan peones para sacar adelante la industria de guerra del Gran Reich.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 100 a 102)

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