DESTINADA AL CREMATORIO: NIÑOS JUDÍOS EN LA FÁBRICA HASAG

Posted on 12 junio, 2015

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niños buchenwaldAlgún tiempo más tarde llega al campo un grupo de un centenar de judías. Con ellas vienen unos treinta niños de ocho a catorce años. Después de un largo y doloroso peregrinar llegan muertos de hambre, agotados, sucios, llenos de piojos. Da lástima ver aquellas mujeres y aquellos niños.

Inmediatamente se llevan a trabajar a la fábrica no sólo a las mujeres, sino también a los niños. Los niños son criminalmente destinados a trabajar con los ácidos. Nos mordemos los puños viendo aquello. Está bien claro que se trata de exterminarlos rápidamente. Pero antes, los magnates de la industria de guerra quieren aprovechar hasta el agotamiento su pequeña, su miserable fuerza de trabajo.

Otra vez sale a flote la solidaridad: decidimos entregar voluntariamente –todas las francesas y españolas- la cucharada de mermelada que nos reparten algunas veces los domingos. Nadie se niega a hacerlo. Y, a pesar de todo, eso que no parece nada, dar una cucharada de mermelada, representa un verdadero sacrificio.

La solidaridad sólo sirve para alargar unos días sus vidas. Agotados, enfermos, incapaces de soportar el trabajo inhumano, las bárbaras cadencias y los appels que les son impuestos, intoxicados por los ácidos, debilitados por el hambre, los niños llegan al límite de sus fuerzas. La dirección de la fábrica decide sacarlos del trabajo y sustituirlos por prisioneras. Eso significa condenarlos a muerte. Los capitostes de la HASAG no lo ignoran, pero el final trágico de aquellos niños no les impide dormir tranquilos. Se trata de niños de “razas inferiores”; y otras nuevas víctimas vendrán a sustituirlos. La mano de obra es abundante y barata.

Un día todos los niños, junto con algunas mujeres, las más débiles, marchan en un “transporte” hacia el gas zyklon. Quedamos abrumadas.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 104 a 105)