DESTINADA AL CREMATORIO: LIBERACIÓN

Posted on 27 junio, 2015

0


AUSCHWITZ LIBERATIONA la mañana siguiente, un estrépito ensordecedor nos hace erguir con emoción violentísima: ¡el cañón! En el campo, las mujeres se abrazan, locas de alegría. ¡Ya llegan!, gritan todas. Los cañonazos suenan regulares, cada vez más cercanos. Guiándonos por el sonido, comprendemos que la artillería está rodeando la ciudad de Leipzig.

La alegría ha llegado al paroxismo cuando todos los altavoces del campo empiezan a ladrar. El campo tiene que ser evacuado. Las prisioneras tienen que estar listas para salir inmediatamente. El golpe es duro.

La doctora María y la doctora Irena, otra soviética, vieja bolchevique que ha participado en la Revolución de Octubre, vienen al revier [enfermería].

– El comandante ordena que salgan todas las mujeres que no estén enfermas. Si alguna que no lo esté quiere quedarse, la ingresaremos en el revier como enferma. Es todo lo que nosotras dos podemos hacer. Que cada una decida.

Las españolas vienen a verme.

– Ven con nosotras. Te ayudaremos. Te llevaremos, si hace falta.

El ofrecimiento es generoso y me emocionan profundamente. Yo sé que habrían mantenido su palabra hasta el límite de sus fuerzas, pero ¿podrían hacerlo? Está bien claro que no. Mi presencia no sólo equivale a un suicidio –los SS rematan de un disparo en el cogote a las que no pueden seguir- sino que pondría en peligro la vida de mis abnegadas compañeras. Lo rechazo.

– Toma. La hemos hecho para ti. Mañana es 14 de abril. Si estás libre, te la pones.

Entonces Carmeta, muy emocionada, saca de un saquito una pequeña bandera republicana.

Nos abrazamos y las veo irse afligidas, bien convencida de que no volveré a verlas nunca más en la vida. Más de cinco mil mujeres se van del campo aquella noche. Van caminando, siempre formadas en hileras de cinco, marcando el paso. Los SS hacen sonar sus látigos. De las ventanas del revier las vemos marchar hasta que sus siluetas desaparecen en medio de la oscuridad. En el revier nadie duerme aquella noche. El estruendo del cañón es cada vez más cercano.

Por la mañana temprano, la doctora Irena llega al revier y pide silencio. En su rostro bondadoso hay una expresión grave.

– Los SS exigen que todas, hasta las enfermas, abandonen el campo. Únicamente se pueden quedar aquellas que se encuentren en la imposibilidad de andar.

Marca una pausa y añade:

– Yo no sé lo que harán con las que se queden. Tampoco sé qué harán con las que se vayan. Que cada una tome su propia decisión. La que quiera quedarse, la declararé inútil para la evacuación. Y si alguna quiere irse, le daré el alta del revier. No puedo hacer nada más.

Hay un silencio de muerte. Lo hemos entendido. Nos jugamos la vida a cara o cruz.

Sin dudar ni un segundo, alzo la mano.

– Yo me quedo.

Nikolaienko, Germaine y unas cuantas más se apuntan también. A la pobre Nadia y a Ada las apunta al doctora sin ni siquiera consultarlas. No pueden ya ni bajarse de la cama.

Las hembras SS, impacientes, gritan y apresuran a las que tienen que irse. Observo que algunas de ellas se han sacado el uniforme. Excelente señal. Tienen miedo.

Salen en hileras las prisioneras, custodiadas por perros y SS y nosotras las observamos alejarse desde la ventana, cuando de repente la puerta del revier se abre y con una alegría indescriptible vemos aparecer a la doctora María y a la doctora Irena. Afrontando el peligro, desobedeciendo las órdenes de los nazis, se quedan con nosotras, compartiendo nuestra suerte. Saben –más tarde nos lo dijeron- que los SS tienen la intención de minar el campo, ignoran si lo han hecho y, a pesar de todo, su conciencia de médicos no les permite abandonar a las enfermas. Se vuelven a poner las batas blancas; y serenas, limpias, eficaces, continúan cumpliendo con toda naturalidad los deberes de la profesión. Su presencia no es únicamente un poderoso estímulo, sino algo vital. ¿Qué habríamos hecho muchas de nosotras sin su asistencia?

Aún podemos ver a lo lejos las hileras de prisioneras cuando una soviética entra en el revier como una loca:

– Tovàritxi! Tovàritxi!

La mujer, gritando, a borbotones, habla y gesticula, llora y ríe al mismo tiempo.

Cuando vemos la extraordinaria emoción y los gritos victoriosos de todas las soviéticas, comprendemos que algo magnífico está ocurriendo.

– ¡Somos libres! –traduce una mujer con exaltación-. ¡Libres, camaradas! Todos los SS se han ido.

Hasta las moribundas se alzan de las camas. Reímos, lloramos, nos abrazamos. No encuentro palabras para describir aquel momento inolvidable. Sólo recuerdo que mi primer reflejo fue ponerme rápidamente la banderita republicana tan amorosamente confeccionada por mis hermanas españolas.

Estamos a día catorce de abril de mil novecientos cuarenta y cinco.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 131 a 134)