DESTINADA AL CREMATORIO: EL JUICIO BACH EN CARCASSONNE

Posted on 1 julio, 2015

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Mercedes testificando Proceso Bach Carcassonne  27_07_1945El juez se ajusta las gafas, abre una carpeta y saca una fotografía bastante grande.

– ¿Conoce a este individuo?

¡Si le conocía! Bach, su chaqueta blanca, los cabellos a la Valentino, la mirada fría y aquel rictus de menosprecio en la comisura de los labios; Bach, como yo le veía durante mis noches de fiebre en el revier, como lo imaginaba sin duda Almagro durante su espantosa agonía; como lo vio Ballester cuando recibió de su mano el tiro de gracia…

La emoción y el odio acumulados apenas si me dejan hablar.

– Sí. Es Bach.

El juez clava en mí su mirada inteligente.

– ¿Qué me puede contar de él?

Yo acabo de sufrir un pneumotórax. Me cuesta respirar y la emoción y el agotamiento me hacen temblar la voz. Rompiendo a menudo mi narración, a punto de perder el conocimiento, le cuento todo lo que tengo que decir, sin dejarme nada de nada.

El juez, que me ha escuchado con atención profunda, toma unas notas y me examina con ojos compasivos.

– Lo que usted cuenta es muy grave. Tendrá que tener un careo con el detenido. Pero para eso tendrá que trasladarse a la prisión.

(…)

Llego a la prisión en un estado de exaltación extraordinario, temblando, con fiebre. La enfermera trata de calmarme, me da consejos que yo ni escucho. Bach, ¡Bach a mi alcance! Mis compañeros asesinados, el hambre, el miedo, el appel, la cámara de gas, los latigazos, las humillaciones, todo el odio acumulado me sube a bocanadas, me atenaza la garganta y me hace palpitar con fuerza el corazón. ¡Escupirle a la cara, abofetearlo, abofetearlo hasta cansarme!

Alguien me ayuda a caminar por un pasillo y entro en una habitación alargada, al fondo de la cual el juez, detrás de una mesa, examina unos papeles. A su lado, una mecanógrafa.

Muy solícito, el juez me dice de sentarme, indicándome una silla situada enfrente de la única puerta. Y descolgando el teléfono ordena: “Que venga el detenido Bach”.

Por debajo de la puerta cerrada pasa una línea luminosa. “Cuando una sombra interrumpa este hilo de luz, será Bach el que llegue”, me digo. Y tan solo imaginarlo, el corazón se me alborota, me tiemblan las piernas y siento una especie de hormigueo en las manos. Los ojos fijos, conteniendo el aliento, espero. Ahora. Ahora…

De repente hay un ruido metálico, clinc, clinc, clinc, la sombra cubre la línea luminosa y la puerta se abre.

Lo primero que ven mis ojos son unos pies calzados con zapatillas miserables. En cada tobillo un grillete y uniéndolos, una corta cadena de hierro. Bach entra. No el Bach presumido, el de la chaqueta blanca y el pañuelo perfumado, sino un hombre vencido, vestido con el oscuro uniforme de presidiario, sucio, desaliñado, sin afeitar, mirándome con ojos de bestia acorralada, temblando de miedo. Y de repente es como si me tirasen un jarro de agua fría. ¿Cómo hacerle nada a un enemigo encadenado?

Todo el rencor acumulado me empuja: venga, adelante, ¿es que él tenía lástima de nadie? No me inspira la más mínima piedad. Pero algo más fuerte que todos los odios me ata las manos. Es, confusamente, el sentimiento de mi propia dignidad.

Salgo de allí a punto de desfallecer. Pero salgo con la cabeza bien alta. No, el nazismo no me ha vencido, no me ha hecho utilizar sus propios métodos. Porque en el e desafío entre el torturador y el torturado, es el torturador quien, inevitablemente y sin remedio, pierde para siempre su propia dignidad. Si le hubiese abofeteado, a Bach, yo nunca más habría podido mirarme a la cara.

Bach es juzgado el 27 de julio de 1945. Veintisiete deportados, pálidos espectros venidos del otro mundo, somos testigos contra él en el juicio. Hasta los comerciantes de  Carcassonne cierran las puertas aquel día. La sala está llena a rebosar y en la calle centenares de personas esperan para linchar a aquél que la prensa llama “el monstruo de la Gestapo”. Lo tienen que hacer salir del Palacio de Justicia por una discreta puerta trasera.

Condenado a muerte, Bach será fusilado el 6 de septiembre de 1945.

(Mercedes Núñez Targa: Destinada al crematorio. De Argelès a Ravensbrück: las vivencias de una resistente republicana española, Renacimiento-Biblioteca de la memoria, 2011, pags. 150 a 152)

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