EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO: EL HUMOR EN EL CAMPO

Posted on 3 octubre, 2015

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El descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de concentración ha de sorprender bastante al profano en estas cosas, pero aún se sentiría mucho más sorprendido al sabe que también había cierto sentido del humor; claro está, en su expresión más leve y aun así, sólo durante unos breves segundos o unos minutos escasos. El humor es otra de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la existencia humana, el humor puede proporcionar el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque no sea más que por unos segundos. Yo mismo entrené a un amigo mío que trabajaba a mi lado en la obra para que desarrollara su sentido del humor. Le sugería que debíamos hacernos la solemne promesa de que cada día intentaríamos una historia divertida sobre algún incidente que pudiera suceder al día siguiente de nuestra liberación. Se trataba de un cirujano que había pertenecido al equipo de una gran hospital, así que una vez intenté arrancarle una sonrisa insistiendo en que cuando se incorporara a su antiguo trabajo le iba a resultar muy difícil olvidar los hábitos que había aprendido en el campo de concentración. Al pie de la obra que construíamos (y en especial cuando el supervisor hacía su ronda de inspección) el capataz nos estimulaba a trabajar más deprisa gritando: “¡Acción! ¡Acción!”. Así que dije a mi amigo: “Un día regresarás al quirófano para operar a un paciente aquejado de peritonitis. De pronto, un ordenanza entrará a toda prisa y anunciará la llegada del jefe del equipo de operaciones gritando: “¡Acción! ¡Acción! ¡Que viene el jefe!”

A veces los otros inventaban sueños divertidos con respecto al futuro, previendo; por ejemplo, cuando tuvieran un compromiso para asistir a un cena se olvidarían de cómo se sirve la sopa y le pedirían a la anfitriona que les echara una cucharada “del fondo”.

Los intentos para desarrollar el sentido del humor y vera las cosas bajo una luz humorística son una especie de truco que aprendimos mientras dominábamos el arte de vivir, pues aún en un campo de concentración es posible practicar el arte de vivir, aunque el sufrimiento sea omnipresente. Cabría establecer una analogía: el sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como lo hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por completo y por igual cualquiera que sea su capacidad. Análogamente, el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es poco. Por consiguiente el “tamaño” del sufrimiento humano es absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más nimia puede originar las mayores alegrías. Tomemos a modo d ejemplo algo que sucedió en nuestro viaje de Auschwitz a un campo filial del de Dachau. Todos temíamos qu aquel traslado nos llevara al campo de Mauthausen y nuestra tensión aumentaba a medida que nos acercábamos a un puente sobre el Danubio que entren tenía que cruzar para llegar a Mauthausen, según sabíamos por lo que contaban los prisioneros más experimentados. Los que no hayan visto nunca algo parecido no podrán imaginar los saltos de júbilo que los prisioneros daban en el vagón cuando vieron que nuestro transporte no cruzaba aquel puente y que “sólo” nos dirigíamos a Dachau.

DACHAU INMATES¿Qué sucedió a nuestra llegada a este campo tras un viaje que había durado dos días y tres noches? En el vagón no había sitio para que todos nos acurrucáramos en el suelo al mismo tiempo, la mayoría tuvo que permanecer de pie todo el viaje mientras que unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha franja que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las primeras noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos fueron que este campo relativamente pequeño (con una población de 2500 reclusos) ¡no tenía “horno”, ni crematorio, ni gas! Lo que significaba que ninguno de nosotros iba a ser un “musulmán”, ninguno iba ir derecho a la cámara de gas, sino que tendría que esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un “convoy de enfermos” que lo devolvería a Auschwitz. Esta agradable sorpresa nos puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante de nuestro barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos llegado lo más rápidamente posible a un campo que –a diferencia de Auschwitz- no tenía “chimenea”. Nos reímos y contamos chistes a pesar de las cosas que tuvimos que soportar durante las horas que siguieron.

Cuando nos contaron a los recién llegados resultó que faltaba uno. Así es que hubimos de esperar a la intemperie bajo la lluvia y el viento helado hasta que apareció el prisionero. Finalmente le encontraron en un barracón, dormido, exhausto por el cansancio. Entonces el pasar lista se convirtió en un desfile de castigo: durante toda la noche y hasta muy entrada la mañana siguiente tuvimos que permanecer de pie a la intemperie, helados y calados hasta los huesos después del esfuerzo que había supuesto el viaje. ¡Y aún así nos sentíamos contentos! En aquel campo no había chimenea y Auschwitz quedaba lejos.

(VIKTOR FRANKL: El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 1991, pags. 51-53)

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