EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO: SUERTE ES LO QUE A UNO NO LE TOCA PADECER

Posted on 14 octubre, 2015

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AUSCHWITZ PRISIONEROS BARRACÓNAgradecíamos los más ínfimos favores. Nos conformábamos con tener tiempo para despiojarnos antes de ira ala cama, aunque ello no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un barracón helado con carámbanos colgando del techo. Nos contentábamos con que no hubiera alarma aérea durante esta operación y las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad no podíamos despiojarnos, lo que suponía pasar la noche en vela.

Los escasos placeres de la vida del campo nos producían una especie de felicidad negativa –“la liberación del sufrimiento”, como dijo Schopenhauer- pero sólo de forma relativa. Los verdaderos placeres positivos, aún los más nimios escaseaban. (…) Uno había ocurrido cuando, al regreso del trabajo y tras una larga espera, me admitieron en el barracón de cocina asignándome a la cola que se alineaba ante el cocinero-prisionero F. Semioculto detrás de las enormes cacerolas, F. servía la sopa en los cuencos que le presentaban lso prisioneros que desfilaban apresuradamente. Era el único cocinero que la llegar los cuencos no se fijaba en los hombres; el único que repartía con equidad, sin reparar en el recipiente y sin hacer favoritismos con sus amigos o paisanos, obsequiándoles con patatas, mientras el resto tenía que contentarse con la sopa aguada de la superficie.

Pero no me incumbe a mí juzgar a los prisioneros que preferían a su propia gente. ¿Quién puede arrojar la primera piedra contra aquel que favorece a sus amigos bajo unas circunstancias en que, tarde o temprano, la cuestión que se dilucidaba era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a menos que con toda honestidad pueda contestar que en una situación similar no hubiera hecho lo mismo.

Mucho tiempo después de haberme integrado a la vida normal (es decir, mucho tiempo después de haber abandonado el campo), me enseñaron una revista ilustrada con fotografías de prisioneros hacinados en sus literas mirando, insensibles, a sus visitantes: “¿No es algo terrible, esos rostros mirando fijamente, y todo lo que ello significa?”

“¿Por qué?”, pregunté y es que, en verdad, no lo comprendía. En aquel momento lo vi todo de nuevo: a las 5 de la madrugada, todo estaba oscuro allá afuera, como boca de lobo. Yo estaba echado sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón donde “se cuidaba” a unos setenta de nosotros. Estábamos enfermos y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar; tampoco teníamos que desfilar. Podíamos permanecer echados todo el día en nuestro rincón y dormitar esperando el reparto diario de pan (que por supuesto era menor para los enfermos) y el rancho de sopa (aguada y también menor en cantidad). Y, sin embargo, estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo. Mientras nos apretujábamos los unos contra los otros para evitar la pérdida innecesaria de calor, emperezados y sin la menor intención de mover ni un dedo sin necesidad, oíamos los agudos silbatos y los gritos que venían de la plaza donde el turno de noche acababa de regresar y formaba para la revista. La ventisca abrió la puerta de par en par y la nieve entró en nuestro barracón. Un camarada exhausto y cubierto de nieve entró tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado, pero el guardia le echó fuera de nuevo. Estaba estrictamente prohibido admitir a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar revista. ¡Cómo compadecía a aquel individuo y qué contento estaba yo de no encontrarme en su lugar, sino dormitando en al enfermería! ¡Qué salvación suponía el permanecer allí dos días y, tal vez, otros dos más!

(VIKTOR FRANKL: El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 1991, pags. 54-56)