EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO: PASAR DESAPERCIBIDO

Posted on 3 noviembre, 2015

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AUSCHWITZ MENYa he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con la preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y sus amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El carácter del hombre quedaba absorbido hasta el extremo de verse envuelto en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba toda la escala de valores que hasta entonces había mantenido. Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la dignidad humanas, que había desposeído al hombre de su voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin utilizarle antes al máximo y extraerle hasta le último gramo de sus recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus principios morales. Si, en un último esfuerzo por mantener la propia estima, el prisionero de un campo de concentración  no luchaba contra ello, terminaba por perder el sentimiento de su propia individualidad, de ser pensante, con una libertad interior y un valor personal. Acababa por considerarse sólo una parte de la masa de gente: su existencia se rebajaba al nivel de la vida animal. Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a un sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado, como un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios. Una pandilla pequña pero peligrosa, diestra en métodos de tortura  y sadismo, los observaba desde todos los ángulos. Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos, patadas y golpes, y nosotros, los borregos, teníamos dos pensamientos: cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se congregan tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros buscábamos el centro de las formaciones. Allí teníamos más oportunidades de esquivar los golpes de los guardias que marchaban a ambos lados, al frete y en la retaguardia de la columna. Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de protegernos de los gélidos vientos. De modo que el hecho de querer sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una manera de intentar salvar el pellejo. En las formaciones esto se hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las leyes imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos. Siempre hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los SS.

(VIKTOR FRANKL: El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 1991, pags. 57-58)

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