EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO: PLANES DE FUGA

Posted on 23 diciembre, 2015

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Prisioneros enfermos en el campo de Ebensee (Austria) durante la liberación. Fuente: Yad Vashem

Prisioneros enfermos en el campo de Ebensee (Austria) durante la liberación. Fuente: Yad Vashem

 El prisionero de un campo de concentración temía tener que tomar una decisión o cualquier otra iniciativa. Esto era resultado de un sentimiento muy fuerte que consideraba al destino dueño de uno y creía que, bajo ningún concepto, se debía influir en él. Estaba además aquella apatía que, en buena parte, contribuía a los sentimientos del prisionero. A veces era preciso tomar decisiones precipitadas que, sin embargo, podía significar la vida o la muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino eligiera por él. Este querer zafarse del compromiso se hacía más patente cuando el prisionero debía decidir entre escaparse o no escaparse del campo. En aquellos minutos en que tenía que reflexionar y decidir –y siempre era cuestión de unos minutos- sufría todas las torturas del infierno. ¿Debía intentar escaparse? ¿Debía correr el riesgo? También yo experimenté este tormento. Al irse acercando el frente de batalla, tuve la oportunidad de escaparme. Un colega mío que visitaba los barracones fuera del campo cumpliendo sus deberes profesionales quería evadirse y llevarme con él. Me sacaría de contrabando con el pretexto de que tenía que consultar con un colega acerca de la enfermedad de un paciente que requería el asesoramiento del especialista. Una vez fuera del campo, un miembro del movimiento de resistencia extranjero nos proporcionaría uniformes y alimentos. En el último instante surgieron ciertas dificultades técnicas y tuvimos que regresar al campo una vez más. Aquella oportunidad nos sirvió para surtirnos de algunas provisiones, unas cuantas patatas podridas, y hacernos cada uno con una mochila. Entramos en un barracón vacío de la sección de mujeres, donde no había nadie porque éstas habían sido enviadas a otro campo. El barracón estaba en el mayor de los desórdenes: resultaba obvio que muchas mujeres habían conseguido víveres y se habían escapado. Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos descompuestos y loza rota. Algunos tazones estaban todavía en buen estado y nos hubieran servido de mucho, pero decidimos dejarlos. Sabíamos demasiado bien que, en la última época, en que la situación era cada vez más desesperada, los tazones no sólo se utilizaban para comer, sino también como palanganas y orinales. (Regía una norma de cumplimiento estrictamente obligatorio que prohibía tener cualquier tipo de utensilio en el barracón, pero muchos prisioneros se vieron forzados a incumplir esta regla, en especial los afectados de tifus, que estaban demasiado débiles para salir fuera del chamizo ni aun ayudándoles.) Mientras yo hacía de pantalla, mi amigo entró en el barracón y al poco volvió trayendo una mochila bajo su chaqueta. Dentro había visto otra que yo tenía que coger. Así que cambiamos los puestos y entré yo. Al escarbar entre la basura buscando la mochila y, si podía, un cepillo de dientes vi, de pronto entre tantas cosas abandonadas, el cadáver de una mujer.

Volví corriendo a mi barracón y reuní todas mis posesiones: mi cuenco, un par de mitones rotos, “heredados” de un paciente muerto de tifus, y unos cuantos recortes de papel con signos taquigráficos (en los que, como ya he mencionado antes, había empezado a reconstruir el manuscrito que perdí en Auschwitz).

Pasé una última visita rápida a todos mis pacientes que, hacinados, yacían sobre tablones podridos a ambos lados del barracón. Me acerqué a un paisano mío, ya casi medio muerto, y cuya vida yo me empeñaba en salvar a pesar de su situación. Tenía que guardar secreto sobre mi intención de escapar, pero mi camarada pareció adivinar que algo iba mal (tal vez yo estaba un poco nervioso). Con la voz cansada me preguntó: “¿Te vas tú también?” Yo lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su triste mirada. Tras mi ronda volvía a verle. Y otra vez sentí su mirada desesperada y sentí como una especie de acusación. Y se agudizó en mí la desagradable sensación que me oprimía desde el mismo momento en que le dije a mi amigo que me escaparía con él. De pronto decidí, por una vez, mandar en mi destino. Salí corriendo del barracón y le dije a mi amigo que no podía irme con él. Tan pronto como le dije que había tomado la resolución de quedarme con mis pacientes, aquel sentimiento de desdicha me abandonó. No sabía lo que me traerían los días sucesivos, pero yo había ganado una paz interior como nunca antes había experimentado. Volví al barracón, me senté en los tablones a los pies de mi paisano y traté de consolarle; después charlé con los demás intentando calmarlos en su delirio.

(VIKTOR FRANKL: El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 1991, pags. 63-65)

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