EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO: LIBERACIÓN O HUIDA

Posted on 11 enero, 2016

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PRISIONEROSY llegó el último día que pasamos en el campo. Según se acercaba el frente, los transportes se habían ido llevando a casi todos los prisioneros a otros campos. Las autoridades, los “capos” y los cocineros se habían esfumado. Aquel día se dio la orden de que el campo iba a ser totalmente evacuado al atardecer. Incluso los pocos prisioneros que quedaban (los enfermos, unos cuantos médicos y algunos “enfermeros”) tendría que marcharse. Por la noche había que prenderle fuego al campo. Por la tarde aún no habían aparecido los camiones que vendrían a recoger  a los enfermos. Todo lo contrario; de pronto se cerraron las puertas del campo y se empezó a ejercer una vigilancia estrecha sobre la alambrada, para evitar cualquier intento de fuga. Parecía como si hubieran condenado a los prisioneros que quedaban a quemarse con el campo. Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar. Nos dieron la orden de enterrar a tres hombres ala otro lado de la alambrada. Éramos los únicos que teníamos fuerzas suficientes para realizar aquella tarea. Casi todos los demás yacían en los pocos barracones que aún se utilizaban, postrados con fiebre y delirando. Hicimos nuestros planes: cuando lleváramos el primer cadáver sacaríamos la mochila de mi amigo ocultándola en la vieja tina de ropa sucia que hacía las veces de ataúd; con el segundo cadáver llevaríamos mi mochila del mismo modo y en el tercer viaje trataríamos de evadirnos. Los dos primeros viajes los hicimos según lo acordado. Cuando regresamos, esperé a que mi amigo buscara un trozo de pan para poder comer algo los días que pasáramos en los bosques. Esperé. Pasaban los minutos y yo me impacientaba cada vez más al ver que no regresaba. Después de tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería la libertad, pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección al freten. Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante acción. Pero no llegamos tan lejos. En el momento en que me amigo regresaba, la verja del campo se abrió de pronto y un camión espléndido, de color aluminio y con grandes cruces rojas pintada entró despacio hasta la explanada donde formábamos. En él venía un delegado de la Cruz Roja de Ginebra y el campo y los últimos internados quedaron bajo su protección. El delegado se alojaba en una granja vecina para estar cerca del campo en todo momento y acudir en seguida en caso de emergencia. ¿Quién pensaba ya en evadirse? Del camión descargaban cajas con medicinas, se distribuían cigarrillos, nos fotografiaban y la alegría era inmensa. Ya no teníamos necesidad de salir corriendo ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla.

En nuestra excitación habíamos olvidado el tercer cadáver, así que los sacamos afuera y lo dejamos caer en la estrecha fosa que habíamos cavado para los tres cuerpos. El guardia que nos acompañaba –un hombre relativamente inofensivo- se volvió de pronto extremadamente amable. Vio que podían volverse las tornas y trató de ganarse nuestro favor: se unió a las breves oraciones que ofrecimos a los muertos antes de echar la tierra sobre ellos. Tras la tensión y la excitación de los días y horas pasados, las palabras de nuestras oraciones rogando por la paz fueron tan fervientes como las más ardorosas que voz humana haya musitado nunca.

El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche llegaron los camiones de las SS trajeron orden de despejar el campo. Los últimos prisioneros que quedaban serían enviados a un campo central desde donde se les remitiría a Suiza en 48 horas para canjearlos por prisioneros de guerra. Apenas podíamos reconocer a los SS, de tan amables como se mostraban intentando persuadirnos para que entráramos en los camiones sin miedo y asegurándonos que podíamos felicitarnos por nuestra buena suerte. Los que todavía tenían fuerzas se amontonaron en los camiones y a los que estaban seriamente enfermos o muy débiles les izaban con dificultad. Mi amigo y yo –que ya no escondíamos nuestras mochilas- estábamos en el último grupo y de él eligieron a trece para la última expedición. El médico jefe contó el número preciso, pero nosotros dos no estábamos entre ellos. Los trece subieron al camión y nosotros tuvimos que quedarnos. Sorprendidos, desilusionados y enfadados increpamos al doctor, que se excusó diciendo que estaba muy fatigado y se había distraído. Aseguró que había creído que todavía teníamos intención de evadirnos. Nos sentamos impacientes, con nuestras mochilas a la espalda, y esperamos con el resto de los prisioneros a que viniera un último camión. Fue una larga espera. Finalmente, nos echamos sobre los colchones del cuarto de guardia, ahora desierto, exhaustos por la excitación de las últimas horas y días, durante las cuales habíamos fluctuado continuamente entre la esperanza y la desesperación. Dormimos con la ropa y los zapatos puestos, listos para el viaje.

El estruendo de los rifles y cañones nos despertó. Los fogonazos de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el barracón. El médico jefe se precipitó dentro ordenándonos que nos echáramos a tierra. Un prisionero saltó sobre mi estómago desde la litera que quedaba encima de la mía con zapatos y todo. ¡Vaya si me despertó! Entonces nos dimos cuenta de lo que sucedía: ¡la línea de fuego había llegado hasta nosotros! Amenguó el tiroteo y empezó a amanecer. Allá afuera, en el mástil junto a la verja del campo, una bandera blanca flotaba al viento. Hasta muchas semanas después no nos enteramos de que, durante aquellas horas, el destino había jugado con los pocos prisioneros que quedábamos en el campo. Otra vez más pudimos comprobar cuan inciertas podían ser las decisiones humanas, especialmente en lo que se refiere a las cosas de la vida y la muerte. Ante mí tenía las fotografías que se habían tomado en un pequeño campo cercano al nuestro. Nuestros amigos que pensaron viajar hacia la libertad aquella noche, transportados en los camiones, fueron encerrados en los barracones y seguidamente murieron abrasados. Sus cuerpos, parcialmente carbonizados, eran perfectamente reconocibles en la fotografía.

 (VIKTOR FRANKL: El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona, 1991, pags. 65-68)

 

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