LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG: KARL DÖNITZ

Posted on 18 septiembre, 2016

0



3 de marzo de 1946

donitz

Hemos hablado de muchas cosas. De sus planes de futuro, por ejemplo.

– Conseguiré un pequeña habitación  -me ha dicho- y llevaré una vida aislada junto a mi esposa. Voy a escribir mis memorias. Creo que es algo que debo hacer por el pueblo alemán, para que comprenda de qué forma sucedieron las cosas y lo poco que nosotros, los dirigentes, sabíamos de las atrocidades de Hitler y de Heinrich Himmler.

A un estadounidense le resulta muy difícil entenderlo, ha añadido, pero el lema de Hitler era “Cíñete a tus asuntos y limítate a cumplir con tu deber”. De modo que Dönitz no sabía nada: nada de ningún plan para emprender una guerra de agresión, nada del exterminio de los judíos, nada de los planes para matar a treinta millones de eslavos, nada de las atrocidades perpetrada en Rusia y Polonia.

(…)

Su tesis principal, cree, será la necesidad de crear unos Estados Unidos de Europa bajo la dirección de Gran Bretaña.

– Una Commonwealth de naciones europeas –me ha dicho- que actúe de manera conjunta y compense el peso de Rusia en el Este.

(…)

En mi opinión, este hombre no tiene la menor idea de lo que ocurre en el mundo. Es perspicaz y en modo alguno torpe, pero su mente parece haberse quedado bloqueada y no ve más allá del proceso, de los rasgos más sobresalientes del juicio. Rechaza las atrocidades, la matanza de millones de judíos, la barbarie de la SS, el modus operandi por entero criminal del Partido Nazi. Lo único que entiende es que él es inocente de cualquier rimen pasado o presente y que cualquier intento de inculparlo a él o a cualquiera de los demás procesados es una confabulación política. Por una parte, opina que las acciones emprendidas por Alemania fueron resultado de la opresión sufrida tras la última guerra, y por otra, no se percata de su propia culpabilidad en cuanto que leal servidor de Hitler y de su régimen. Niega las atrocidades cometidas en el mar y continúa dudando de las que se perpetraron en tierra.

– ¿Y las pruebas? –le he preguntado.

– En efecto –me ha respondido-. Los doctores Douglas Kelley y Gustave Gilbert me han dicho tras la proyección de esa película en la que se ve a unos ciudadanos de Weimar saliendo de Buchenwald, que por sus caras era evidente que no sabían lo que había ocurrido en ese campo. La película les muestra cuando se dirigen a Buchenwald, y todos están sonrientes. Cuando abandonan el lugar, están destrozados.buchenwald

Le he preguntado si la película, en sí misma, no le parece prueba suficiente de las atrocidades y de los crímenes de guerra cometidos por el régimen nazi. ¿No le parecía esa película lo suficientemente elocuente? ¿No la aceptaba como prueba documental? “Sí, por supuesto”, me ha dicho, pero en lo referente  a las demás atrocidades, continuaba dudando. “Eso demuestra lo poco que nosotros, los dirigentes, sabíamos de cuanto estaba sucediendo”.

(…)

2 de mayo de 1946

(…)

He señalado que me daba la impresión de que, si había aceptado la jefatura del Estado alemán que le había legado Hitler, era porque estaba muy satisfecho con el dictador en todos los sentidos.

–    ¿Es eso un crimen? ¿Es un crimen aceptar el Gobierno de un país que se derrumba? ¿Es un crimen evitar que los rusos, el enemigo natural de Alemania, se queden con nuestras armas y nuestro capital humano? A ojos de Rusia probablemente lo sea. Pero yo hablo de los occidentales. Yo sabía que teníamos que capitular y quería hacerlo ante los estadounidenses y los británicos, y no en el Este. Ni siquiera se me acusa de crímenes de guerra relacionados con las atrocidades. Es evidente que contra mí no tienen caso. Sólo llegué a una posición de poder en 1943. ¿Cómo se me puede acusar de conjura?

   Sólo tienen un cargo contra mí: que di orden de no rescatar a ningún superviviente. Eso es falso y la acusación y sus propios testigos lo han demostrado. Este juicio no puede acabar más que con un error, porque se fundamenta en el error. ¿Cómo puede un Tribunal extranjero juzgar al Gobierno soberano de otro país? ¿Podríamos nosotros haber procesado a su presidente Franklin D. Roosevelt y al secretario Henry Morgenthau, o a Winston Churchill y a Anthony Eden, si hubiéramos ganado la guerra? No podríamos haberlo hecho y no lo habríamos hecho. De haber juicio, tiene que llevarlo a cabo la nación de cada uno, y con tribunales establecidos por ella.

(…)

Le he dicho que una de las cosas que más perplejo me deja es que Hitler le escogiera como sucesor.

– Hitler me eligió porque, sin duda, pensaba que sólo un hombre razonable y con una reputación honrada como marino podía conseguir una paz decente. Y yo acepté de buen grado, ¿por qué no? En aquel entonces desconocía su exterminio de los judíos, del que he sabido en Núremberg por vez primera.

– ¿También desconocía la persecución a que los judíos se vieron sometidos?

– Sí y no. Hacia 1938 conocí por los periódicos las sanciones y la violencia callejera que se pusieron en marcha contra ellos. Pero estaba demasiado ocupado con todo lo concerniente a los submarinos y a los problemas navales como para preocuparme por los judíos.

– ¿Le preocupa ahora el destino de esos judíos?

– Tengo la conciencia tranquila. Yo no tomé parte en esas brutalidades ni en ninguna acción criminal. Que ayudara a Hitler a librar una guerra por mi patria no quiere decir que le ayudara también a aniquilar judíos. El asunto no se puede plantear así.

– ¿Conocía la existencia de campos de concentración?

– Sí. En 1933 y 1934 ya sabía de su existencia. Pero por aquel entonces sólo había en ellos unas doce mil personas, enemigos políticos. Ahora, sólo en Alemania ocupada por los estadounidenses hay más de seiscientos mil alemanes internados. ¿Ha pensado en eso alguna vez? –me ha preguntado, sonriendo, como si se hubiera apuntado un tanto.

Entonces, ¿yo estaba en lo cierto al entender que justificaba la existencia de campos de concentración?

– En cierta medida, estaba justificada, sí. Si en 1933 Hitler no hubiera metido a los comunistas en campos, habría estallado la guerra civil y se habría producido una masacre. (…) Por eso Paul von Hinderburg y otros elementos conservadores burgueses optaron por Hitler. Lo mismo hice yo, y lo volvería a hacer si otra vez hubiera que escoger entre el comunismo y le nazismo –dijo, y continuó explicando que aquéllos fueron tiempos revolucionarios y que internar en campos de concentración a unos cuantos adversarios políticos no era algo particularmente malo-. Metiendo en campos a esa gente de ideas extranjeras, se salvó sangre alemana. ¿Era preferible dejar que estallara un guerra civil?

14 de julio de1946

(…)

– ¿Y qué hay de la propia Marina? ¿Aplicó la Marina una política antisemita?

– En absoluto. Que yo recuerde, tenía a mis órdenes a cuatro oficiales de alta graduación judíos. Uno de ellos era Rogge, un vicealmirante que estuvo a cargo de la instrucción de los cadetes de la Marina hasta el final de la guerra. Otro era un capitán. Rouge envió una declaración por escrito que ha contribuido a mi defensa. Si cualquiera de esos cuatro oficiales judíos hubieran sabido lo que les estaba ocurriendo a los judíos en el interior de Alemania o en cualquier otro lugar a causa de Himmler y de Hitler, me lo habrían dicho. En 1943 recibí una carta de Hitler en la que se quejaba de que el Partido había protestado por el hecho de que un judío estuviera al cargo de la instrucción de los cadetes navales. Se referían al almirante Rogge. Le constesté que se metiera en sus asuntos.

Nuestra Marina era como una isla. Teníamos plena autonomía. En alguna ocasión, Hitler sugirió que debía se la SS u otro órgano del Partido los que se ocupasen de juzgar los delitos penales o políticos que tuvieran lugar en el seno de la Marina. Yo siempre me negué y le dije que era la Marina la que debía juzgar a los infractores.

– ¿Acaso no tenía la menor noticia de la persecución que sufrían los judíos?

– En efecto. Yo no sabía nada que no tuviera que ver con los asuntos navales.

(Leon Goldensohn, Las Entrevistas de Núremberg, Taurus, 2008, pags. 39 a 56)

Anuncios
Etiquetado: ,