LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG: HANS FRITZSCHE

Posted on 26 noviembre, 2016

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2 de marzo de 1946

hans-fritzscheHans Fritzsche, un hombre pálido y delgado, se sienta al final del banquillo de los acusados; sus abogados, por tanto, serán los últimos en intervenir. Tiene cuarenta y cinco años y, aunque sin duda los aparenta, posee también cierto aire juvenil, ingenuo y adolescente. He mantenido con él diversas entrevistas desde enero, mes en que llegué a Núremberg. Agradece mis visitas y parece sentirse mejor después de charlar. Normalmente he mantenido con él la actitud de dejarle hablar y que diga cualquier cosa que se le ocurra. (…)

– (…) Resulta curioso que algunos de mis mejores amigos de colegio de Breslau fueran judíos. Eran hijos de emigrantes judíos procedentes del este. En el colegio siempre existió un sentimiento antisemita del que yo nunca participé.

Uno de mis compañeros se llamaba Lewisohn. Tenía mi edad y era judío, aunque luego se convirtió al protestantismo. Lohse era otro de mis mejores amigos, también judío, aunque gracias a mi influencia se hizo protestante junto a su madre y su hermana. Lewisohn murió en la I Guerra Mundial. Lohse y su familia, según creo, viven en Silesia.

(…) cuando estoy despierto, dos fuerzas pugnan en mi interior. Una desea saber: ¿por qué serviste al sistema? Viste cosas en 1932 y en 1938; ¿por qué te dejaste arrastrar por el sistema?

La otra fuerza es una voz que no deja de repetir: pero ¿cómo podías conocer esas atrocidades? ¡Tú eres inocente!

(…)

3 de marzo de 1946

Fritzsche y el Ministerio de Propaganda

Hans Fritzsche fue reportero de informativos radiofónicos durante los primeros cinco años del Ministerio.hans-fritzsche-ii

– Sin acompañamiento musical ni discursos

Luego, fue el encargado de la prensa alemana durante tres años y medio o cuatro. Los últimos cuatro años de la guerra los pasó dirigiendo la radio alemana.

– ¿Era usted el número dos del Ministerio de Propaganda?

– No, es difícil determinarlo. Pero estaba a cargo de todo lo relacionado con al radio y, por tanto, era muy conocido. Sin embargo, si anteriormente hubo muchos superiores entre Göbbels y yo, al final, sólo había una persona entre nosotros dos. Yo era uno de los doce responsables de departamento. Lo que sí puedo decir es que yo era la persona más independiente de todo el Ministerio de Propaganda. Inspiraba un gran respeto. Mi esfera oficial de actividad no era muy amplia, pero mi influencia sí lo era.

– Póngame un ejemplo.

– Si yo protegía a un hombre, nadie lo tocaba. Se suponía que yo estaba bajo la supervisión de un inspector de la radio que era miembro del Partido. En octubre de 1944 prohibí que ese inspector entrase en cualquier emisora de radio de Alemania.

– ¿Por qué?

– Porque actuó de un modo incorrecto.

– ¿Qué hizo?

– Habló mal de mí a mis espaldas. Y nadie sino Fritzsche podía hacer algo así. Otro ejemplo: la Gestapo envió a sus agentes a mi departamento en tres ocasiones. Yo los eché en las tres. Nadie salvo yo se habría atrevido a hacer algo así.

(…)

17 de marzo de 1946

Como hoy es domingo, Fritzsche ha estado trabajando a media tarde, redactando a máquina algunos argumentos que empleará en su defensa.

– No creo que tenga demasiados problemas. Mi defensa se basa en que, por mi parte, todo se debió a mi personalidad idealista. Puedo defenderlo todo punto por punto, pero no lo voy a hacer, y es que todo lo que hice lo hice ante la opinión pública mundial.

El punto de vista contrario puede esgrimir que, sobre la base de mi labor, cinco millones de personas fueron asesinadas y se produjeron buen número de atrocidades. Es sólo cuestión de opiniones si puede establecerse o no una relación entre ambas cosas.

Si fuera sólo yo el implicado, podría defenderme con una sola frase: “Lo hice como patriota alemán”, porque si todo el pueblo alemán fue traicionado, yo también lo fui. Pero la cuestión es compleja y no me afecta únicamente a mí, sino al conjunto del pueblo alemán, a quien en su mayoría yo informaba.

(…)

– Cuénteme cómo ayudó usted a ese judío de Pomerania.

– Cierto día se presentó en la antesala de mi despacho una mujer llamada Karneka, procedente de Pomerania. Lloró amargamente, de modo que la introduje en mi despacho y le pedí que me explicara su problema. Me dijo que su marido había sido arrestado y que estaba en una cárcel de Köslin. Me dijo también que los dos habían sido declarados judíos, pero que no sabía quién había ordenado el arresto. Tras hablar con ella, llamé a la prisión de Köslin y pedí que me dijeran quién había emitido la orden de ingreso en prisión de este hombre. Me dijeron que era orden de la Gestapo.

A continuación llamé a la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA) de Berlín, y allí me dijeron que desconocían el caso, pero que lo investigarían. Volví a llamar a Köslin y les dije que estaba investigando el caso y que tenía mucho interés en él. El director de la cárcel me dijo que la esposa del prisionero podía acudir a la cárcel para visitar a su marido, que hasta entonces estaba incomunicado. El tira y afloja duró tres o cuatro meses, pero voy a resumírselo. Impliqué en el asunto al ministro de Alimentación, Herbert Backe, al responsable del Partido en Pomerania, Franz Sechwede-Coburg, y también a una persona de la Gestapo de quien, en aquella época, yo no había oído hablar: Adolf Eichmann.

Al decir esto, Fritzsche se echa a reír sardónicamente y con cierta inquietud.

– Debí enviar unos diez telegramas y treinta cartas. Fue una lucha denodada hasta que, finalmente, conseguí la liberación de aquel hombre, a quien ya habían enviado a un campo de concentración. No llegué a conocerle en persona e, inmerso en mis propias dificultades, le perdí la pista hasta el pasado mes de mayo. Me llevé una gran alegría. La carta iba dirigida a mi abogado. Además, mi esposa me envió una carta en la que me decía que ella también había recibido una carta de Karneka.

– ¿Era judía esa familia a la que usted ayudó?

– Sí, según la ley. Él era judío en parte por sus antepasados. Era nieto de Gaus, el fundador de IG Farben en Fráncfort. Tanto él como su esposa tenían unos cuarenta años

– ¿Hizo usted cosas como ésa a menudo?

Fritzsche esboza una sonrisa beatífica y responde:

– A menudo, sí. Me enviaban cartas porque era un hombre muy conocido. No recuerdo un solo caso en que me negase a ayudar. Era lo lógico, ni siquiera me detenía a pensarlo.

(…)

(Leon Goldensohn, Las Entrevistas de Núremberg, Taurus, 2008, pags. 90 a 100)