LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG: WALTHER FUNK

Posted on 2 enero, 2017

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31 de marzo de 1946walther-funk

Walther Funk es un hombre de poca estatura, regordete, dado a las frases y a las poses sentimentales, preocupado sobre todo por su comodidad inmediata y absorto en sus lamentos genitourinarios. Ya le había visitado a menudo y siempre ha sido muy amable. Está deseoso de que le visiten, y se muestra cortés y cooperante. Cuando le pregunto por su actividad política se le llenan los ojos de lágrimas o se pone a la defensiva o ambas cosas y reitera su tema de diversas formas: “Yo no era más que una persona sin relevancia y no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo”.

(…)

hitler-y-gabinete“Cuando conocí a Hitler me conquistó su personalidad singular. Hablaba de un modo brillante y sabía diagnosticar los problemas. Coincidía con mis ideas sobre los derechos del individuo, sobre la sutil diferencia entre la capacidad de las personas, pero nunca mantuve una relación de cercanía con él. En 1933 y 1934, época en que yo era jefe del servicio de noticias del Gobierno, me reuní con él regularmente. Muchas veces, interrumpía nuestras conversaciones y me hacía tocar el piano para él. Tenía oído para la música, o, al menos, eso parecía.

Sin embargo, después de ser nombrado ministro de economía, no vi a Hitler más que unas pocas veces. Rara vez me consultaba. En realidad, mi cargo carecía de relevancia porque la dirección del programa económico estaba en manos de Göring. Después, a partir de 1942, era Speer, como jefe de la producción armamentística, quien más o menos dirigía la economía.

(…)

Sin duda querrán que les hable de los judíos. Algunos de mis amigos más íntimos eran judíos. Pertenecían al mundo de las finanzas. Fue entre 1922 y 1931, cuando yo era director del Berliner Börsenzeitung. Tuve muchos amigos judíos, en el trabajo y en el ámbito personal. Nunca suscribí la teoría racial. En un principio, y como muchos otros, pensé que el antisemitismo nazi era un gesto político. Es verdad, sin embargo, y en esto algunos de mis amigos judíos me darían la razón, que el porcentaje de judíos presentes en el ámbito judicial, en el teatro y en la vida económica y cultural de nuestro Reich era demasiado elevado. La influencia judía en el arte y en la música no pertenece a la cultura alemana. ¿Cómo podía ser? Era cosa de los judíos, naturalmente. Pero yo no era un radical. No imaginé que pudiera llegarse a los asesinatos  en masa o a los programas de exterminio. Además, ayudé personalmente a muchos judíos que habrían sido excluidos de la vida económica o cultural por la Ley de la Cámara de Cultura del Reich, que pretendía eliminar a los judíos de esos terrenos. Yo no tuve nada que ver con esa Ley. La elaboró el gabinete y yo no era miembro del gabinete. Ayudé a directores de periódico judíos, como al del Frankfurter Zeitung, y a muchos otros. Richard Strauss escribió una ópera basada en un relato escrito por un judío, Stefan Zweig, y fue criticado por ello. Strauss, además, tenía nietos que no eran arios y yo hablé en su favor.

Permanecí en el ministerio de Propaganda hasta 1937. En noviembre de ese año, relevé a Schacht como ministro de economía. Para mí fue una sorpresa absoluta. Sucedió en la Ópera de Berlín. Hitler me dijo que Göring y Schacht no se llevaban bien y que, por tanto, yo debía ocupar el cargo de este último.  (…)

comida-en-nurembergLos fiscales me acusan de responsabilidad en el rearme, pero es falso que yo tuviera alguna responsabilidad al respecto. En un principio, fue el general Georg Thomas quien dirigió el programa de rearme; en 1940 le relevó Fritz Todt, y en 1942, Albert Speer.

En enero de 1939, Hitler me convocó. Estaba agitado. Me dijo que Schacht se había negado a ampliar los créditos del Reichbank, una decisión estúpida, me dijo, que no podía tolerar. Añadió que él asumiría la responsabilidad de esos créditos, él solo, y me comunicó que me pondría al frente del Reichbank. Yo le dije que me encantaría aceptar siempre y cuando la estabilidad del marco continuase. No había peligro de inflación mientras la economía siguiera regulada. Mantuve la estabilidad del marco hasta el final. (…) Pero si Schacht pudo controlar los créditos desde el Reichbank, yo no pude: fue Hitler quien dirigió el Reichbank.

En lo concerniente a la guerra, yo no tuve nada que ver. Naturalmente, cuando estalló, hice cuanto pude por mantener la estabilidad y transformar una economía civil en una economía de guerra. Pero, personalmente, no esperaba ninguna guerra. (…)

Ahora bien, es probable que la acusación llame a declarar a Ohlendorf, que trabajó para mí y que ha admitido ante este Tribunal que mató a noventa mil judíos. Me impresionó mucho el testimonio de Ohlendorf. No sabía que hubieran ocurrido cosas como ésa. No sabía que Ohlendorf estuviera implicado. Suponía que estaba en el frente, pero como Hitler, que también fue soldado”.

He preguntado a Funk qué impresión le dio Ohlendorf, qué personalidad y carácter parecía tener cuando colaboró con él.

– “Bueno, sólo estuvo un año en el Ministerio. Sin embargo, desde que sé que estuvo a cargo de ese Einsatzgruppe que mató a noventa mil judíos, me explico algo que hasta ahora no podía comprender. Siempre tuve la sensación de Ohlendorf sufría una depresión espiritual. En varias ocasiones, cuando Ohlendorf venía a casa a cenar, le mencioné a mi esposa que me parecía un hombre incapaz de ser feliz. Tiene que haber estado muy deprimido a raíz de esa experiencia. No se reía con ganas, y un hombre que no ríe o está deprimido o está enfermo o es un malvado. Yo pensaba que, en el fondo de su alma, algo le inquietaba”.

Este tipo de análisis psicológico de aficionado es uno de los pasatiempos favoritos de Funk. Le he preguntado si, por lo que él sabía. Ohlendorf era muy antisemita.

– “Nunca hablamos de ese tema. No recuerdo ningún momento en que se manifestase contra los judíos. Apenas hablábamos de política. Solía codearse con famosos escritores, científicos, artistas, etcétera.

Pero básicamente Ohlendorf me parecía un hombre decente. Llevaba una vida familiar feliz, con esposa e hijos, al os que conocí. Ella es una mujer sencilla y tranquila, perteneciente a una familia d granjeros. (…)”

 

14 de abril de 1946

(…)

– “Hay algo que debo decir. Cuando la acusación declara que desposeer a los judíos de sus empresas fue el primer paso de un plan de exterminio, se equivoca. Yo, simplemente, no tengo nada que ver con el exterminio de ningún judío. En cualquier caso, y como ha dicho Göring, él era el responsable de todo lo que salía de mi despacho de ministro de Economía y presidente del Reichbank.

Le pregunto si en eso consiste su defensa, es decir, en que todo lo que salía de su despacho no era responsabilidad suya, sino de Göring. Me lanza una mirada furtiva e inerme.

(…)

– “(…) Mi abogado me preguntará por la mano de obra esclava. De alguna forma, la acusación cree que yo tuve algo que ver con ese problema. Pues bien, no es verdad. Yo estaba en contra, tanto por motivos económicos como por razones humanitarias. Los trabajadores deben permanecer donde están. Además, a causa de los bombardeos de Alemania, ya habíamos comenzado a trasladar nuestras fábricas a la periferia. Por otra parte, belgas y franceses trabajaban a satisfacción para nosotros en sus propios países.

¿Qué más puedo decir? Si me preguntan, cosa que mi abogado podría hacer, por qué no abandoné, por qué no dejé mi cargo hasta el final, declararé que actué movido por razones patrióticas. Rechacé la orden del Führer que decía que aceptar pagos con la moneda de los invasores era alta traición. Me negué a apoyar la política de tierra quemada para que, cuando los Aliados ocupasen Alemania, los alemanes tuvieran de qué comer. Salvé los depósitos del Reichbank”.

Era como si recitara. Carecía de entusiasmo o de afectación de ninguna clase.

11 de mayo de 1946

Le he preguntado qué había sentido ante las pruebas presentadas por Dodd [Thomas J. Dodd, fiscal norteamericano durante los juicios de Núremberg] en el sentido de que conocía que la SS tenía depósitos con dentaduras de oro, gafas y otros objetos personales pertenecientes a víctimas judías y de otras procedencias de los campos de concentración. Funk me ha respondido con expresión de angustia. Ha comentado con un ligero balbuceo y ha continuado caminando a un lado y a otro, sin mirarme directamente a los ojos.

– “Es lo que ya he dicho… y decía toda la verdad, desde lo más hondo de mi corazón. ¡Dios mío, si hubiera sabido esas cosas!”

Le he interrumpido. Precisamente: si hubiera sabido esas cosas, ¿qué habría hecho? En 1938 supo que se estaba actuando contra los judíos, tenía el convencimiento de que se habían emprendido acciones delictivas, pero ¿qué hizo entonces?

– “Como ya he dicho soy un patriota alemán –me ha contestado, y parecía abatido-, y creo que en tiempo de guerra nadie debe abandonar su puesto, con independencia de cómo haya actuado su país. Es un comportamiento que no inventaron los alemanes, sino los británicos. Pero si hubiera sabido que los depósitos de oro de la SS procedían del programa de exterminio, o incluso del robo ilícito de las posesiones de los judíos, me habría negado a custodiarlos en el Reichbank”.

(Leon Goldensohn, Las Entrevistas de Núremberg, Taurus, 2008, pags. 122 a 138)

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