LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG: HERMANN GÖRING

Posted on 28 enero, 2017

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Hacia el 15 de marzo de 1946bundesarchiv_bild_102-13805_hermann_goring

Hermann Göring tiene altibajos: habitualmente se muestra jovial, pero en ocasiones está sombrío  y apoya la cabeza pesadamente sobre la mano. Es infantil en sus actitudes y siempre juega con el público.

El uniforme que viste en la celda está bastante sucio y tampoco el lugar está muy aseado.

(…)

Una pregunta general sobre el proceso suscita un torrente de protestas.

– ¡Maldito tribunal! ¡Qué estupidez! ¿Por qué no dejan que yo asuma todas las culpas y dejan marchar a esos infelices: Funk, Fritzsche, Kaltenbrunner? ¡Ni siquiera había oído hablar de ellos antes de llegar a esta prisión! ¿Qué me importa a mí el peligro? Yo he enviado a la muerte a muchos soldados y aviadores, ¿qué puedo temer? Como le he dicho al Tribunal, soy el único responsable en todo lo que se refiere a las medidas oficiales del Gobierno, no a los programas de exterminio. Yo era el sucesor de Hitler y como tal quiero actuar ante el pueblo alemán. No eludí ninguna responsabilidad. Hitler y yo mantuvimos muchas diferencias. Al principio, podía decir cuanto se me antojara con toda libertad y él reaccionaba con sentido del humor. Luego nuestra relación fue cambiando y, al final, tuvimos enfrentamientos muy serios que desembocaron en su último decreto, en el que ordenaba mi arresto y ejecución.

(…)

21 de mayo de 1946

(…)

– ¿Considera que la política racial de los nazis era una cuestión básica o meramente circunstancial?

– No era básica en absoluto. Era irrelevante y completamente circunstancial. Sólo se convirtió en algo básico o importante porque cierta facción del Partido, los nazis exponentes del fanatismo racial, adquirieron gran poder político. Me refiero a hombres como Rosenberg, Streicher, Himmler y Göbbels. El nacionalsocialismo pudo haber seguido un rumbo muy distinto.

– ¿Habría aprobado Göring ese otro rumbo?goring

– Desde luego. En el seno del Partido, muchos nos oponíamos a leyes y políticas raciales tan radicales, pero estábamos demasiado ocupados. La fortaleza política y económica es más importante que toda esa propaganda racial. Además, yo nunca mantuve unas relaciones muy estrechas con el Partido, me ocupaba más de la administración del Estado. Si de mí hubiera dependido, no habría permitido que el Partido ejerciera tanta influencia sobre el Estado. Había dos grupos. Uno abrazaba la teoría de que el Partido debía imponerse al Estado; el segundo opinaba que era el Estado quien debía gobernar al Partido. Yo apoyaba esta segunda idea.

(…)

He señalado que con mucha frecuencia he oído que los alemanes sentían rencor hacia los judíos porque éstos tenían demasiada influencia en el mundo de la empresa y en las artes. ¿Era Göring de la misma opinión?

– Sí, supongo que sí. En Berlín los judíos controlaban casi el cien por cien de los teatros y de los cines antes de nuestra llegada al poder. En las ciudades más pequeñas, su influencia no era tan notable.

(…)

Le he preguntado qué ocurrió en Alemania con la literatura después de que los nazis alcanzaran el poder.

– A Hitler no le interesaba. Se publicaron más novelas de misterio, sobre todo estadounidenses, de las que se habían editado nunca. Incluso la novela estadounidense tradicional, como Lo que el viento se llevó y grandes éxitos semejantes, se vendió mucho.

(…)

– ¿Ha leído a Rosenberg?

He dicho a Göring que no encuentro a nadie que admita que ha leído a Rosenberg, pese a que de alguna de sus obras se vendieron millones de ejemplares. ¿Qué explicación podría darme?

– Es difícil decirlo. Rosenberg es un erudito, pero se equivocó con el título de su libro. Le dije que en lo que se refería al siglo XX, uno no puede hablar de mitos. Es posible que Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts haya ejercido alguna influencia sobre él.

El primer capítulo de la obra de Rosenberg es tan difícil que me cansé del libro enseguida. No podía concentrarme. Además, no atacaba el problema, daba circunloquios.

Le he preguntado si Rosenberg le parece inteligente.

– Existe sobre Rosenberg una opinión equivocada. No es un hombre duro, por el contrario, es muy blando, demasiado para una política de conciliación. Y lo mismo puede decirse de mí. No se puede poner cada palabra dicha o escrita en los últimos veinticinco años en una balanza, que es lo que se está haciendo en este Tribunal. Palabras que quizás se dijeron en mitad de un arrebato, en medio de una crisis. Rosenberg quería que todo fuera distinto. Debería haber aplicado su política con mayor dureza.

Hemos conversado sobre el Ministerio del Este, que Rosenberg dirigía.

– En 1936, se produjo un gran cambio político impulsado por Himmler. Toda la Administración dio un vuelco. Por ejemplo, Rosenberg estaba al frente del Ministerio del Este, pero no tenía ningún poder ejecutivo. Los únicos que en realidad podían actuar eran Himmler y las SS. Todo cuanto Rosenberg podía hacer era sentarse a escribir sus memorias, que usted habrá oído en la sala. El comisionado del Reich para el Este también estaba bajo el amparo de Rosenberg, pero, al mismo tiempo, sometido a las órdenes directas de Hitler. Rosenberg, además, no podía deshacerse de sus subordinados. Hacían lo que se les antojaba, no lo que Rosenberg les pedía.

¿Sabe lo que le ocurre a Rosenberg? Que no es un político, es un escritor. No he conocido a nadie que pudiera decir que era amigo de Rosenberg. Es de esa clase de hombres que se encierran en sí mismos y a quienes  resulta muy difícil entender o siquiera acercarse a ellos.

(…)

De todos los acusados, sólo conozco bien a Schirach y a Funk. De Fritzsche no había oído hablar en mi vida. A Kaltenbrunner le vi en tan solo una ocasión, durante una reunión de trabajo que duró diez minutos. A Keitel, Jodl y Dönitz sólo les había visto en reuniones oficiales. A Speer le conozco un poco mejor. A Rosenberg le veía unas dos veces al año. Mantengo con él una relación completamente neutra. Como me pasa con Ribbentrop. Le vi un par de veces en la residencia del Führer, desayuné en su casa una vez y él vino otra vez a la mía. Los únicos personajes populares en Alemania éramos Hitler y yo, y al final, sólo yo.

24 de mayo de 1946

(…)

– Si Hitler hubiese ganado la guerra, ¿cómo sería el nuevo orden?

– En realidad, tras la victoria de Francia, Hitler quería poco más. De Francia se habría anexionado Alsacia-Lorena. También quería las antiguas provincias alemanas de Polonia. Del Imperio Británico nunca quiso nada. Si hubiéramos ganado la guerra contra Rusia, habríamos acabado con la colosal Rusia soviética y habríamos instaurado un sistema federal. Hitler habría pedido algunas provincias en la región de los Estados bálticos, pero, sin duda, nada más.

– ¿Tenía Hitler algún objetivo en Suramérica?

– ¿Y qué iba a querer en Suramérica? En África, lo único que le interesaba eran las antiguas colonias alemanas. Quería una unión de estados europeos bajo el liderazgo de Alemania, lo mismo que ahora está haciendo Estados Unidos. Se habría desarrollado un plan en el que el continente europeo quedaría más o menos unido y actuaría en armonía.

(Leon Goldensohn, Las Entrevistas de Núremberg, Taurus, 2008, pags. 150 a 163)

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