LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG: CONSTANTIN VON NEURATH

Posted on 26 enero, 2018

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21 de julio de 1946

El viejo, Constantin von Neurath, estaba sentado en su catre, vestido con un abrigo negro, pantalones oscuros y zapatos nuevos a los que le han quitado los cordones (como se ha hecho con todos los acusados), sustituidos por otro cordón muy corto colocado en la parte superior. Habla con tono vacilante y con cierto tartamudeo.

La entrevista con Neurath ha transcurrido en inglés, que habla bien, aunque no con fluidez. Por otra parte, tampoco en alemán habla con fluidez, sino con frecuentes pausas y balbuceos. (…)

– Abandoné el gobierno en 1916 por disensiones. En 1918, el presidente Friedrich Ebert, un socialista, volvió a llamarme. Yo no soy socialista, sino más bien conservador. Ebert primero me nombró embajador en Copenhague y luego en Roma. Los partidos se sucedieron en el gobierno. El canciller Gustav Stresemann era un liberal. Yo cumplía mi deber con mi patria, no con el partido, esa fue mi línea de actuación. (…) Hindenburgme pidió que asumiera el cargo de ministro de Exteriores. Yo rechacé su oferta porque no pertenecía a ningún partido (…) Me enviaron a Londres, donde pasé mi segunda temporada como embajador. En 1930 yo era embajador en Londres, y a los dos años, en 1932, Hindenburg volvió a pedirme que ocupara el cargo de Exteriores, porque los partidos no se ponían de acuerdo para formar Gobierno. No podía negarme. Von Papen era el canciller, pero yo no lo conocía, ni tampoco a los demás ministros. (…) A finales de enero de 1933 se produjo una nueva crisis. Hitler llegó al poder formando parte de un gobierno de coalición. Solicité a Hindenburg que me dejara regresar a Londres. El Rey de Inglaterra me pidió que lo hiciera. Pero Hindenburg se negó. Mi deber, por tanto, era permanecer en Alemania. Hindenburg le impuso a Hitler como condición que yo me quedara formando parte del Gobierno. Ya estaba enfermo, y me hizo prometerle que permanecería en mi puesto después de su muerte y tanto tiempo como mi conciencia me lo permitiera.

Yo no conocía a los nazis, a ninguno de ellos. Y no era pro nazi en absoluto debido a los métodos que empleaban en las campañas electorales. Hindenburg murió en agosto de 1934. Yo llevaba año y medio en el Ministerio y Hindenburg había seguido mis consejos en política exterior. Con la política interior yo no tenía nada que ver. (…) En 1935, advertí que algunos miembros del Partido se oponían a mis políticas cada vez con más ahínco. Ribbentrop, que era a la sazón asesor de Hitler, actuaba a la sombra. 

(…)  Le pedí que me sustituyera y abandoné el cargo el 4 de febrero de 1938. Me nombró consejero de Estado secreto, un mero título. Yo no tenía a nadie en quien apoyarme y él me negó incluso el acceso a la información a partir de entonces. Un mero título. (…)

Asistí a la Conferencia [Conferencia de Munich, 1938] como observador, y allí conocí a Mussolini, Daladier y Chamberlain. Göring me llevó a Munich en su coche. Durante las reuniones yo actué como mediador y, al día siguiente, regresé a casa. (…) Hans Heinrich Lammers me telegrafió y me pidió, de parte de Hitler, que me presentara de inmediato en Viena. Viajé en avión y, para gran sorpresa mía, Hitler me pidió que aceptase el cargo de protector de Bohemia y Moravia. (…) De modo que me negué a aceptar. Pero Hitler insistió. Afirmó que se trataba de un gran servicio para mi país y que yo era necesario porque tenía fama de moderado, de modo que él podía valerse de mi nombramiento. No tenía más que decir. Yo le contesté que era una tarea complicada (…)Yo ya tenía sesenta y seis años. Finalmente acepté, aunque de mala gana. Dije que intentaría cumplir con un deber patriótico.

Pero Hitler me otorgó poder para emplearlo contra los checos, no contra Himmler y sus consortes. Protesté ante Hitler en algunas ocasiones y él, en algunas ocasiones, me dio la razón. Pero la situación empeoraba, sobre todo después  de que nombrase como secretario de Estado, mi subordinado, aun hombre malvado como Karl Frank. Era uno de los representantes de Himmler, y, en competencias policiales, Himmler tenía pleno poder ejecutivo. Yo no podía decir nada. De sus iniciativas me enteraba siempre a posteriori, bien por los checos, bien por informaciones de particulares. Era como estar en una cárcel. Cuando estalló la guerra, pedí a Hitler que me dejase marchar, pero se negó. Todo iba cada vez peor. En septiembre de 1941, Hitler me llamó a su cuartel general para decirme que, como yo era muy blando con los checos, había decidido tomar medidas más duras y enviar a Heydrich. Yo le dije que no podía consentirlo, que dimitiría. Sabía cómo era Heydrich, le llamaban “el sabueso”. Me negué a volver a Praga. Desmonté mi residencia y decidí que no regresaría jamás. Estábamos en septiembre de 1941, pero Hitler no aceptó mi dimisión hasta 1943. Pero yo estuve en mi casa. Heydrich llegó a Praga dos horas después de que yo abandonase la ciudad en automóvil e inició su persecución de los checos.  

 (Leon Goldensohn, Las Entrevistas de Núremberg, Taurus, 2008, pags. 226 a 230)

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