LAS ENTREVISTAS DE NÚREMBERG: FRANZ VON PAPEN

Posted on 12 mayo, 2018

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30 de marzo de 1946

(…)

Le he preguntado cuáles eran los principales puntos de desacuerdo entre él y los nazis en 1933 y 1934

– Desde los tiempos de Brüning, habíamos intentado disolver el Partido Nazi varias veces. Cuando yo llegué al poder, los nazis tenían doscientos treinta escaños, por lo que no podía tener mayoría en el Reichtag sin ellos. En aquel momento yo era canciller, y par que un canciller pudiera legislar de manera efectiva tenía que tener mayoría en el Reichtag. El problema era cómo neutralizar a los nazis.

Y cuando por fin hubo que crear el Gobierno nazi en unas circunstancias tan apremiantes, los temas más importantes que surgían en las mentes de los alemanes eran los ocho millones de desempleados, los doce millones y medio de personas con empleos precarios y las huelgas originadas por la lucha de clases. Lo que más preocupaba a los alemanes era encontrar una solución a los problemas sociales. Hitler insistía en que la solución a esos problemas no se podía encontrar  en las directrices del marxismo ni del bolchevismo, sino más bien en las del capitalismo mezclado con un cierto grado de socialismo. Eso no significaba tener que convertirse en un estado socialista, pero podía considerarse socialismo en tanto que la empresa privada no podría contar con enormes dividendos y beneficios. Todos los beneficios obtenidos  en cualquier rama de la economía irían a parar a la comunidad y no estrictamente a manos privadas. Para mí, eso era acertado.

Uno de los eslóganes del gobierno nazi era algo que venía a decir que todos los beneficios revertirían primero en la comunidad. La diferencia entre el comunismo y el tipo de socialismo suscrito por los nacionalsocialistas era que el interés privado de las personas no se abordaría del modo en que se hacía en un Estado comunista.

Como he dicho, para mí ése era un principio correcto. La formación de un Gobierno por los nazis no resultó incómoda para el grupo conservador que yo presidía. Llegué a la conclusión de que la solución a los problemas de Alemania pasaba por una cooperación más cercana entre la empresa privada, los gestores y los trabajadores.

Siendo católico, como usted sabe que soy, pensé que esas líneas coincidían con las establecidas por el Papa León XIII en su bien conocida encíclica. Por lo tanto, puse el énfasis en que, básicamente había que llevar a cabo una renovación religiosa general. Hitler no estuvo de acuerdo con eso. Yo no sé demasiado sobre iglesias, religiones y ese tipo de cosas. Por ejemplo, yo no estaba de acuerdo con sus ideas racistas, con el antisemitismo, etcétera.

En 1933 pronuncié un discurso en Gleiwitz en el que expuse que realmente no era del todo injusto destacar los puntos positivos de una raza determinada, pero que nunca se debería llegar al extremo de perseguir a una raza basándose en ciertas características, ni a decir que otra raza es superior. Yo dije entonces que eso era totalmente equivocado.

El 17 de junio de 1934, pocos días antes de la purga de Röhm, pronuncié otro discurso. Ese discurso contiene muchas referencias a otros pensadores que se oponían al nazismo y a mis propios dogmas políticos, también opuestos al nazismo. El discurso tuvo lugar en la Universidad de Marburg y generó una agria enemistad hacia mí por parte de los nazis. Göbbels dio órdenes de que el discurso no fuese impreso o publicado por los periódicos, y ésa fue la razón por la que en la purga de Röhm estuvieron a punto de ejecutarme. Lo cierto es que estuve arrestado durante tres días y, además, estuve incluido en la lista de condenados a muerte de Himmler. No me ejecutaron porque Göring, según tengo entendido, revocó la decisión, sobre todo porque mi ejecución habría originado una publicidad muy negativa fuera de Alemania.

(…)

Himmler odiaba a la Iglesia. Él y Bormann eran las dos personas que más influencia tenían sobre Hitler. Cuando yo hablé con Hitler al principio, él estuvo de acuerdo conmigo en que ningún Estado podía ser gobernado sin religión. En el Mein Kampf expresó que había que ser un loco para destruir la religión del pueblo. Hitler también declaró que una reforma política no debería ser una reforma religiosa.

(…) Le he preguntado si le parecía que el antisemitismo era compatible con la libertad religiosa y la tolerancia. Ha respondido:

– En absoluto, pero Hitler no se empeñó en la aniquilación de los judíos, eso lo manifestó en la vida pública y en los periódicos. Al principio, Hitler se limitó a decir que la influencia de los judíos era excesiva, que de todos los abogados de Berlín un ochenta por ciento eran judíos. Hitler pensaba que no se podía permitir que un pequeño porcentaje de la población, los judíos, controlara el teatro, el cine, la radio, etcétera.

Le he dicho entonces que daba la impresión de que a él no le parecía incorrecto que hubiese una discriminación de los derechos individuales basada en la religión. Le he señalado, además, que, a todos los efectos, él predicaba la libertad religiosa y la tolerancia, pero que practicaba una forma de antisemitismo. Von Papen se ha puesto algo nervioso y ha afirmado con mucho encanto y sonrisas que le había malinterpretado, que lo que se había limitado a decir era que él estaba a favor de permitir que un cierto porcentaje de judíos, católicos o protestantes estuviesen presentes en ciertas profesiones o negocios, pero que no estaba en absoluto de acuerdo con doblegar a los judíos, privarles de sus derechos civiles.

– Yo pensaba que, con normalidad y sin grandes sobresaltos, se podría corregir lo que Hitler denominaba la cuestión judía. No creo que al principio Hitler tuviese unas ideas tan radicales acerca de la solución del problema judío, o por lo menos nunca las reveló. Cuando Hitler hizo la primera ley dirigida a acabar con la influencia judía, yo introduje ciertas limitaciones para conseguir que todos los judíos que estaban en Alemania desde 1914 pudiesen quedarse aquí. Mire, después de 1918, cuando se perdió la guerra, nos llegó un gran flujo de judíos desde el este. Ese exceso era completamente inaudito en Alemania y sólo ocurrió después de la revolución de 1918. Fue un movimiento considerable de personas. Pensábamos que había que corregirlo.

(Leon Goldensohn, Las Entrevistas de Núremberg, Taurus, 2008, pags. 236 a 239)

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