FRED WANDER: EL SÉPTIMO POZO

Podía haber hecho todo y haber alcanzado todo, si no lo hice, si no lo alcancé, fue sólo porque no sabía, no tenía idea… Quisiera exclamar todo eso, brillar, lucirse, encandilarse sin cesar. No puede, le faltan las palabras, le falta el arte. Pero de eso vive el ser humano, de no haber agotado el sueño de su bella vida perdida, de la libertad y de la pureza del corazón.” (Wander, Fred: El séptimo pozo, Galaxia Gutenberg, 2007)

¿Cómo se narra una historia? Con esta reflexión comienza El séptimo pozo, una de las obras más importantes de la literatura concentracionaria, y no lo suficientemente conocida por el público en general por su publicación tardía (1971) en la RDA. No hay duda de que pocas historias pueden equipararse en intensidad y emotividad a la experiencia del campo de concentración. Pero, ¿cómo se puede hacer partícipe a los otros de semejante experiencia? ¿Cómo hacer comprender sin mostrarse grotesco, sin dejarse abandonar por lo irracional, sin provocar la lastima o la compasión? Simplemente hacer comprender. Esa fue la obsesión de muchos de los escritores supervivientes del exterminio nazi. Una de las pesadillas que Tadeusz Borowski relata en sus cuentos hace referencia a este problema: volver a casa, querer ser escuchado por los que lo rodean, por sus seres queridos, y no ser comprendido. En todo caso, sólo compadecido. Wander nos hace partícipes desde el comienzo de su obra de este problema. Para él, como para otros autores de la literatura concentracionaria, la solución parte en primer lugar de un cierto alejamiento personal de lo acontecido: huir del victimismo, de la experiencia personal contada como protagonista, como “héroe” superviviente. Una cierta lejanía sirve no para mostrarse neutro o lejano, sino para mirar en perspectiva, desde una cierta altura y poder analizar sobre el terreno la realidad cotidiana, lo mínimo, el detalle que forma una existencia: la existencia concentracionaria. Por eso los protagonistas de Wander son aquellos que han perdido la voz, que han dejado un sitio, un vacío en la realidad existencial en torno a ellos que sólo el relato puede rellenar. Sin embargo, esa experiencia ha sido asimilada por el autor, por eso los personajes nos aparecen no como fueron en sí, sino como el superviviente los recuerda, sobreviven en la huella que dejaron en los otros. Y es  en los gestos cotidianos, en el sufrimiento diario del trabajo, en el ritual del pan, en las anécdotas vitales de esos personajes donde descubrimos auténticas personas, seres humanos resistentes más allá de la deshumanización de la maquinaria de exterminio. Es el otro, el carcelero y no la víctima, el que permanece ajeno a esa comprensión (“Habían asesinado. Cada uno de ellos había asesinado. Y no lo sabían, pues les habían dicho que no éramos seres humanos.” pag. 18). Conservar aquello que nos hace humanos frente a la deshumanización impuesta por los verdugos puede hacerse sólo si aquellos que han muerto permanecen como lo que fueron, con sus virtudes, sus obsesiones y sus anécdotas. Revivir lo insignificante de una vida es recuperarla y alojarla entre nosotros. De ahí la obsesión por recuperar la memoria de los Mendel Teichmann, Pechmann, Jacques, del sastre burgués De Groot e incluso del kapo Manasse Rubinstein, que en realidad sólo era un niño.

“¿De qué vive el ser humano?”, es la reflexión del segundo capítulo del libro, donde se nos muestra la fuerza interna del superviviente, capaz de superar el horror del exterminio. ¿De dónde saca sus fuerzas? Del recuerdo, del pasado, pero también del presente, de su dignidad de ser humano (“Porque tiene que sacarlo a gritos: ¡Soy un ser humano!” pag. 23). A veces, simplemente una palabra, una sencilla conversación, es capaz de romper el embrujo de la deshumanización, es capaz de devolver la esperanza y la dignidad. Otras veces, es el caso de Jacques, el deseo de venganza es la fuerza motriz de la resistencia. A todos esos ausentes Wander les presta la voz, los hace protagonistas de sus escenas para tejer una obra sin línea argumental. Nada parecido a una novela, simplemente la vida.

FRED WANDER, El séptimo pozo, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007

PARA CONSULTAR LAS ENTRADAS DE ESTA OBRA: SÉPTIMO POZO

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