GITTA SERENY: DESDE AQUELLA OSCURIDAD

Gitta Sereny, Desde aquella oscuridad. Conversaciones con el verdugo: Franz Stangl, comandante de Treblinka, Edhasa, 2009.

Pocos fueron los responsables de los campos de exterminio y concentración alemanes que tuvieron que responder de sus actos ante tribunales con posterioridad al final de la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de ellos había muerto o se había suicidado para evitar la responsabilidad judicial y moral por lo ocurrido. Fue el caso de la primera línea de figuras del régimen nazi (Hitler, Himmler, Göring…). Fue entre la segunda línea de autoridades alemanas donde la justicia de los aliados pudo ejercerse durante los llamados Juicios de Nuremberg. El caso más destacado, que ya hemos tratado, fue el de Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, ejecutado en 1947.  En los años 60 dos casos de responsables fugados, y refugiados en Sudamérica, volvió a atraer la atención de la opinión pública hacia el tema de las responsabilidades gracias a su detención y juicio. El primero fue el de Adolf Eichmann, secuestrado en Argentina por un comando de los servicios de inteligencia israelí y condenado a muerte en Israel en 1962. El caso atrajo a multitud de periodistas, entre ellos a Hanna Arendt quien escribiría un memorable libro convertido en “guía” para tratar de comprender la naturaleza del mal que anidaba en los responsables del exterminio de millones de personas en los campos de concentración. El segundo caso, el que nos ocupa aquí, fue el de Franz Stangl, comandante de Treblinka, cuya detención en Brasil, tras haber residido un tiempo en Damasco, se produjo en 1967, siendo extraditado a Alemania. El caso de Stangl se convirtió en Alemania en el equivalente mediático del caso Eichmann en Israel. Durante el periodo de detención de Stangl, una periodista, Gitta Sereny, tuvo acceso al prisionero, realizándose una serie de entrevistas que sirvieron de base para la elaboración de este libro. Sereny, nacida en centroeuropa en 1929 había colaborado con la resistencia francesa, trabajado en campos de refugiados y colaborado con la ONU en la ayuda a niños refugiados. Su vinculación con Stangl, -la propia autora nos explica en el prefacio-,  surgió como consecuencia del hecho de que el interés por el tema despertado en los años 60 entre la población en Alemania y en el resto del mundo, (y sobre todo en las nuevas generaciones que no habían vivido la guerra directamente), planteaba problemas de difícil resolución: “Lo que en cierto modo sigue siendo incomprensible para ellos es ¿cómo pudo suceder? ¿Cómo se pudo llevar a hombres a cometer los actos que cometieron? ¿Cómo pudieron las víctimas “dejarse” maltratar? ¿Y cómo pudo el resto del mundo dejar conscientemente que sucediera?” (Gitta Sereny, Desde aquella oscuridad, pag. 18). Esas eran las mismas preguntas que ella se llevaba haciendo desde la guerra: ¿Cómo eran realmente los criminales responsables del genocidio y exterminio de millones de personas?. Bajo esa necesidad de conocer la naturaleza del mal existían ya pocas posibilidades de encontrar a un responsable de más alta graduación que Stangl: “Antes de que fuera demasiado tarde, pensaba yo, era esencial penetrar en la personalidad de al menos una de las personas vinculadas íntimamente a este Mal absoluto.” (pag. 12). Había que conocer su vida cotidiana, su infancia, su familia, todo lo que sirviera para discernir “hasta qué punto el mal en los seres humanos es fruto de sus genes y hasta qué punto es fruto de su sociedad y su entorno” (pag. 12). Era evidente para la autora el peligro de justificación que podía surgir de una tarea así: hacer del verdugo una víctima del sistema, de la sociedad. Stangl había intentado en un principio aprovechar su entrevista inicial para dar rienda suelta a las típicas justificaciones que tantas veces se habían utilizado: las órdenes venían de arriba, él sólo obedecía, eran situaciones lamentables producto de la guerra… Sereny planteó a Stangl la necesidad de ir más allá de esas palabras vacías (“Yo no deseaba discutir la bondad o maldad de todo eso”, pag. 30), lo que le propone es ahondar en su realidad, en su psicología y en su vida para “hallar cierta verdad entre ambos, una nueva verdad qeu contribuiría a la comprensión de cosas que hasta entonces nos se habían comprendido” (pag. 31). Bajo esta perspectiva, el libro de Sereny se inicia con el relato de la infancia de Stangl bajo la ferrea disciplina de un padre oficial del ejército austrohungaro, sus aficiones -tocar la cítara- o sus inicios en la policía austriaca -incluido un episodio en el que se mereció una condecoración por acabar con un grupúsculo nazi en el periodo anterior al Anschluss, lo que también le creó más de una preocupación posterior-. Su matrimonio es un punto clave en su biografía, pues Sereny nos muestra a un hombre que “más allá de aquello en que se convirtió, era capaz de amar” (pag. 55). Junto a los coflictos morales que padeció Stangl debido a la moral católica inculcada por su madre, sus principales problemas surgieron siempre de tratar de alejar a su esposa, ferviente católica, de lo que era la realidad de ser comandante de un campo de exterminio. Precisamente Sereny sigue su investigación tras la muerte de Franz Stangl, con entrevistas a su viuda en Brasil y a otros testigos supervivientes de los campos. El resultado es el retrato de un hombre devorado por la ambición, superado por sus obligaciones, pero en todo momento consciente de la realidad criminal en la que está implicado: el programa de eutanasia, y los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka. No hay duda de que su experiencia en la policía criminal austriaca le fueron útiles para su labor de exterminio, pero también para ser consciente de la diferencia entre el bien y el mal, lo que le lleva a un cierto reconocimiento de culpabilidad: “Debería haber muerto. Ésa fue mi culpa” (pag. 548).

El libro, en definitiva trata de mostrar la verdadera naturaleza de aquellos criminales del estado nacionalsocilista, que lejos de ser “monstruos”, podían pasar por personales normales, padres de familia, profesionales competentes, cuyo aspecto más óscuro sólo se les pudo hacer evidente al concluir el conflicto bélico y ser juzgados. Sereny concluye que “un monstruo moral no nace” (pag. 551) sino que la esencia de la persona se construye a partir de un núcleo que “es profundamente vulnerable y dependiente de cierto clima de vida” (pag. 552). Pero más allá de la naturaleza del mal, la autora ahonda en otros temas también destacados en la introducción: ¿cómo pudo ser que el resto del mundo no reaccionara? En este sentido Sereny indaga en la implicación de la iglesia católica en la ocultación de criminales nazis durante los primeros meses de posguerra, así como en el silencio durante la guerra.

En definitiva, Desde aquella oscuridad, es una obra imprescindible para aproximarse a la responsabilidad moral del individuo y de la colectividad, en los procesos criminales en masa, para conocer hasta qué punto el individuo actúa de acuerdo a su libertad de decisión, o es prisionero de un compromiso, aunque sea criminal, con la sociedad que lo rodea y le influye.

PARA CONSULTAR LAS ENTRADAS DE ESTA OBRA: DESDE AQUELLA OSCURIDAD

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