RUDOLF HÖSS: YO, COMANDANTE DE AUSCHWITZ

“Yo era una inconsciente ruedecilla en la inmensa maquinaria del Tercer Reich. La máquina se rompió, el motor desapareció y yo debería hacer otro tanto. El mundo así lo pide.” (HÖSS, Rudolf: Yo, comandante de Auschwitz, Ediciones B, 2009, pag. 178)

Primo Levi, sin duda el más  importante de los supervivientes que nos ha legado su visión literaria del universo concentracionario, escribió el prólogo a la autobiografía del más famoso comandante de un campo de concentración: Rudolf Höss, comandante de Auschwitz. La pregunta básica que se plantea Primo Levi es si era necesaria reeditar esta obra. Dada la evidente ausencia de valor literario de la obra por la escasa cultura de su autor, y las evidentes mentiras o manipulaciones de la verdad con finalidades justificativas de su actitud que realiza Höss, ¿no serviría únicamente la reedición para difundir una visión manipulada y falaz del universo concentracionario? Levi demuestra la utilidad del testimonio de Höss en dos sentidos: en primer lugar frente a la corriente negacionista Höss ofrece toda una serie de detalles sobre los campos y el proceso de exterminio. En segundo lugar considera la biografía de Höss como prototipo de las consecuencias del fanatismo y la radicalización de las ideologías en un periodo de crisis. Precisamente su prólogo comienza con una semblanza de Höss muy lejana a la que alguien podría esperar de la realizada por una víctima del sistema concentracionario alemán, pero muy propia del talante analista y observador de la realidad que caracteriza a Levi. Más allá del odio o rencor, las preguntas que Levi se formula son: ¿cómo fue posible? ¿Cuál era la naturaleza de aquellos que fueron responsables de la masacre de millones de personas? Tradicionalmente a estas preguntas se les ha dado una respuesta esencial: el mal absoluto. Popularizada por el cine y la televisión, la imagen de las SS como fuerzas “demoniacas”, sus oficiales como hombres sin escrúpulos, asesinos compulsivos, ávidos de sangre, es tan popular como otras visiones no menos mitificadas de la historia de la Segunda Guerra Mundial (la locura de Hitler o la resistencia heroica de todos los pueblos de Europa a la ocupación nazi). Frente a esta concepción aparece otra que trata de indagar sobre la complejidad del proceso que condujo a muchos alemanes a organizar y colaborar en el universo concentracionario. Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén nos hablaba de la “banalidad del mal”, es decir, la capacidad del individuo de realizar acciones moralmente reprobables, pero justificables para el autor desde la perspectiva de la necesidad u obligación: la necesidad de acometer las medidas para ganar una guerra, o la obligación de obedecer las órdenes de superiores. Höss representa sin duda el prototipo de un aspecto destacado de esta banalidad: la burocratización del mal. Levi destaca en Höss su ausencia de odio o rencor. Lo que le anima es su espíritu de disciplina, orden y la expectativa de la recompensa ante los méritos de su hoja de servicios. Todo ello muy alejado de esa otra visión “demoniaca”. En efecto, el propio Höss nos explica su recorrido vital, y de una forma muy ingenua, trata de justificarse en sus acciones apelando al sentido del deber, a su amor al orden y a la disciplina: el trabajo bien hecho de un buen funcionario alemán. Aunque parezca increible, en las páginas de su autobiografía Höss se muestra orgulloso de ser un “experto”, aunque sea en el exterminio de millones de personas. Dado que su trabajo es ése, aunque no sea especialmente gratificante y agradable (Höss no muestra en ninguna página el más mínimo rastro de reproche o acusación hacia los judíos, más allá de algunos estereotipos propios de la propaganda nazi de la época), su misión es realizarlo de la mejor forma posible. Una vez puesto en marcha el “engranaje”, la maquinaria no puede pararse, y Höss asume que él, responsable de parte de la maquinaria, debe pagar por ello, aunque se sienta más víctima que verdugo. Para Primo Levi, por tanto, estamos ante “la autobiografía de un hombre que no era un monstruo” (pag. 8). Pero tampoco puede asumirse sin más la justificación de que fueron las circunstancias exteriores las que condicionaron a Höss y a otros como él, a actuar más allá de su propia moralidad, porque ello serviría únicamente para reducir su culpabilidad y sería un argumento a explotar por el revisionismo sobre los campos y las actitudes negacionistas. ¿Dónde está pues el grado de culpabilidad de un hombre como Rudolf Höss? ¿Dónde se encuentra su culpa? Primo Levi, ducho en esas lides a fuerza de experiencia personal y de años de reflexión, sabe darnos la respuesta, una respuesta que arranca a los criminales nazis esa máscara popular de sanguinarios asesinos, pero les deja también desnudos ante su culpabilidad: más allá del hecho de haber nacido alemán en el momento más inoportuno, más allá de la maquinaria impersonal que arrastra a cometer los mayores crímenes, se alza una simple y básica cuestión: colaborar o no. El delito de Höss fue “no haber sabido resistir a la presión que un ambiente violento ejercía sobre él” (pag. 8).  No haber querido escapar de esa maquinaria, negándose a fortalecerla como otros hicieron; beneficiarse del prestigio del uniforme, del poder y de la impunidad del rango. En definitiva la vida de Höss es para Primo Levi la de un ejemplo a no seguir, que nos muestra “adónde conduce el Deber ciegamente aceptado” (pag. 15) Por todo ello vale la pena leer estas memorias, útiles para documentar la vida y la muerte en el Lager, desde la perspectiva de los criminales.

El libro publicado por Ediciones B en 2009 consta de una parte principal integrada por la autobiografía de Rudolf Höss, desde su infancia, la falta de vocación para ingresar en un seminario -como era el deseo de la  familia-, su paso por el frente de Próximo Oriente durante la Primera Guerra Mundial, los Freikorps, el ascenso del nazismo, sus primeros puesto de responsabilidad en Sachsenhausen, hasta finalmente Auschwitz, donde sería el Comandante supremo. A esta autobiografía se añaden diez anexos entre los que destaca el informe del propio Höss “La solución final del problema judío en el campo de concentración de Auschwitz”. El resto de anexos corresponde a semblanzas y recuerdos de Höss referidos a algunos de los principales responsables del nazismo y de la política de los campos: entre ellos Himmler, Eichmann, Globocnik o Eicke. El último anexo es la sentencia del tribunal polaco que lo condenó a muerte el 2 de abril de 1947.

PARA CONSULTAR LAS ENTRADAS DE ESTA OBRA: YO, COMANDANTE DE AUSCHWITZ

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