SHLOMO VENEZIA: SONDERKOMMANDO

Como muchos de los deportados a los campos de concentración, Sholomo Venezia, se jugó su destino en unos escasísimos segundos de selección. De la decisión de un burócrata de las SS dependió su supervivencia en Auschwitz, pero también la maldicion sobre él. Shlomo Venezia pasó a formar parte del Sonderkommando, el Comando Especial, nombre con el que se conocía a un comando de trabajo encargado de que la maquinaria de extermino no se detuviera en los campos. Sus miembros, en su casi totalidad judíos, tenían bajo su tutela las tareas más penosas y arduas que puedan inaginarse. Debían acompañar a las ignorantes víctimas ante las puertas de la cámara de gas, debían evacuar los cadáveres tras el exterminio, recuperar de los cuerpos dientes de oro, cabellos y cualquier otra cosa que pudiera ser considerada como valiosa por el Reich. Por último, eran los encargados de la incineración de los cuerpos en el Crematorium y de hacer desaparecer las cenizas. Fue su destino quien empujo al joven judío griego, pero de origen italiano, a librarse de la muerte para caer en el infierno. La labor del Sonderkommando era mucho más tétrica de lo que nunca podremos imaginar, porque su selección para esa tarea no es una garantía de supervivencia, simplemente es un aplazamiento de la sentencia de muerte: todos los miembros del Sonderkommando, peligrosos por cuanto saben demasiado, viven aislados del resto de prisioneros, viven en mejores condiciones, pero viven con la fecha de caducidad de sus “privilegios” ya que en pocos meses todos ellos deberán pasar por el procedimiento que ellos tan bien conocen. Mientras que esperan que se aplique esta condena, su misión en garantizar la máxima eficiencia del sistema de exterminio nazi. Para ello deben saber sobreponerse a sus sentimientos y conducir a otros judíos a la cámara de gas con la calma con la que el pastor lleva al rebaño al matadero. Hay que tener en cuenta que muchas de esas víctimas eran sus propios amigos, vecinos e incluso familiares. Ese destino es inevitable, y los miembros del Sonderkommando, sabedores de la inevitabilidad de este hecho, tratan de ahorrar en el sufrimiento de las víctimas: hay que evitar los altercados y las escenas penosas ante las cámaras de gas. La “ducha de desinfección” es el procedimiento cotidiano a la llegada al campo. Pero la auténtica maldición va más allá de haber convivido con la muerte durante dos años, haber ejercido de Caronte con sus propios hermanos y conocidos. La maldición arraiga en el alma de aquel condenado a colaborar con sus propios verdugos. El Sonderkommando es así para algunos un grupo de privilegiados, ajenos y abtraidos del dolor ajeno, colaboradores de la maquinaria nazi, aprovechándose de esa situación para aferrarse a sus pequeños derechos de presos prominentes. Pero la condena ya ha caído sobre la conciencia de sus integrantes, la condena del remordimiento por haber sido pieza necesaria de toda esa maquinaria. Como dice Simone Weil en el prólogo de la obra que nos ocupa, a Shlomo Venezia “le honra tener el valor de hablar del sentimiento de ser cómplice de los nazis, del egoísmo que necesitó a veces para sobrevivir, pero también de su deseo de venganza tras la liberación de los campos” (pag. 15). Esa es la maldición de ser “cómplices de los verdugos a su pesar” (pag. 14) con la que Venezia deberá vivir toda su vida. Pero no hay que olvidar que ninguno de ellos eligió voluntariamente esa suerte, y que en ningún momento ellos fueron responsables del proceso de ejecución de los prisioneros (el Zyclon B era introducido en la cámara de gas siempre por un alemán). Su suerte, o mala fortuna según se vea, les había llevado a una situación extrema: no colaborar significaba la muerte inmediata, colaborar suponía una esperanza de supervivencia. En ese dilema moral naufragará Venezia durante su estancia en el campo (parece alegrarse cuando finalmente tras la evacuación de Auschwitz pasa a ser un preso más del montón) sin que la liberación del prisionero signifique su salvación definitiva. Durante toda su vida seguirá viviendo a la deriva. La opción final que tomemos sobre el papel y las intenciones de los miembros del Sonderkommando deberá basarse en todo caso en la reflexión cuidadosa tras conocer y pensar aquello que los pocos supervivientes han podido trasmitirnos. A partir de aquí podrá aplicarse sobre ellos la justicia más estricta, basada en nuestros principios morales, o bien concederles una piadosa absolución.

Sonderkommando, es como dice su subtítulo, “El testimonio de un judío obligado a trabajar en las cámaras de gas”. El libro surge en 2007 de una serie de entrevistas que la periodista francesa Béatrice Prasquier realizó al superviviente Shlomo Venezia quien respondía a sus preguntas (este formato se ha mantenido en el libro publicado).  Desde su infancia mísera en Salónica hasta su llegada a Auschwitz, Venezia hace un interesante fresco de la vida en la Grecia de los años 30 e inicios de los 40. La ocupación alemana supone la deportación. Auschwitz le enseña al joven Venezia toda la crueldad posible del mundo. El transporte, la selección, el trabajo y la revuelta en el Sonderkommando, todo el proceso de exterminio hasta la evacuación del campo, desfilan sin ambages por las páginas del libro, a veces entre la amargura y la rabia del superviviente, otras veces con un ingenuo intento de justificación, buscando la complicidad del lector mediante una llamada a la comprensión del lector. Un acierto: el texto va acompañado de reproducciones de los dibujos que David Olère realizó sobre los campos en los años 40. A pesar de toda su crudeza, el relato queda en cierta manera falto de la continuidad de una historia mejor construida. No hay valor literario en la obra y eso se nota en el proceso de construcción de la escena, aquí los personajes no aparecen más que esbozados, las lagunas son evidentes (hay que tener en cuenta la fecha de publicación con respecto a la época vivida) y en general el testimonio es lo único que puede perdurar del libro. A pesar de ello, Sonderkommando, es una obra imprescindible para aproximarse al universo concentracionario: nadie puede ignorar la versión de los hechos de alguien que volvió del infierno.

SHLOMO VENEZIA (en colaboración con Béatrice Prasquier), SONDERKOMMANDO, RBA, 2010. 224 páginas. Prólogo de Simone Weil. Notas históricas de Marcello Pezzetti y Umberto Gentiloni. ISBN: 978-84-9867-812-3. Publicado originariamente por Albin Michel, Paris, en 2007.

PARA CONSULTAR LOS FRAGMENTOS DE ESTA OBRA: SONDERKOMMANDO

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