UNA MUJER EN BIRKENAU: SALVACIÓN EN LA ALAMBRADA

Posted on 7 octubre, 2013

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Suicidio AuschwitzPoco a poco, entre la oscuridad de la noche comienza a aparecer la imagen de los barracones y de las mujeres formadas en filas de a cinco. La bruma de las ciénagas cercanas impide ver lo que hay detrás de la alambrada, lo absorbe, lo oculta. Un halo envuelve todo el campo creando la ilusión de que es una isla en mitad de la nada. Hay miles de personas formadas delante de los barracones, pero al otro lado de la alambrada no hay nadie en un perímetro de varios kilómetros a la redonda. De vez en cuando el crematorio lanza una llama púrpura al cielo. La sensación de soledad y de pérdida de la realidad va socavando lentamente tu capacidad de resistencia, como la bruma de la mañana, que se aproxima a la alambrada y lucha contra la luz. A lo largo de la alambrada se encienden lámparas de color rojo sangre que indican la tensión mortífera de la electricidad. Es como un reclamo, un cebo. Si la miras fijamente te produce inquietud. De repente un punto pequeño se va alejando  lentamente de los oscuros barracones en dirección a aquella luz. Está tan lejos que sólo con dificultad se aprecia que es una persona. Parece hipnotizada, prisionera de una voluntad ajena. Su silueta avanza poco a poco, sin mirar atrás, sin detenerse ni por un momento. Las púas del cable de alambre que va de de un poste de hormigón al otro, alumbradas por la luz eléctrica, parecen como cubiertas de escarcha.

Entre el vallado y el foso que circuye todo el terreno del campo, hay una estrecha franja de tierra, quizá de un metro y medio de ancho, sin huellas de pisadas.

Los miles de pies que pisotean la tierra sin cesar han creado una costra dura sobre el terreno del campo. Pero en la estrecha franja de detrás de la valla crece una hierba abundante, que cada mañana amanece cubierta de rocío. Durante el invierno la nieve permanece allí de una blancura inmaculada y sin marcas de huellas. Esta franja de tierra es la única salida para quienes han perdido la esperanza de que la liberación pueda llegar algún día, para quienes quieren creer que pueden marcharse  cruzando ese palmo de tierra estrecho y limpio. La figura negra de la mujer está cerca, cruza un pequeño puente de tierra y se detiene debajo de la lámpara roja. Seguro que ya puede oír el misterioso canto de los alambres, que murmuran y zumban sin cesar. Levanta las manos y se desploma. Cuando la mujer está ya colgada de la alambrada, se oye un disparo procedente de la garita de la guardia. El silencio reina a su alrededor. Las mujeres continúan en la formación. Nadie ha echado a correr para rescatar a la mujer, para impedir su suicidio. Cualquiera que la hubiese seguido hasta la franja de la muerte sin previa orden de un SS hubiese caído de un balazo. En otras partes del campo también se oyen disparos, indicios de otros tantos suicidios. Ahora el frío de la mañana empieza a ser insoportable.

(…)

El día se va abriendo. Los objetos se distinguen ahora con nitidez, la niebla ha desaparecido dejando en su lugar la imagen de praderas extensas. El resplandor rosado de la aurora tiñe con un delicado ribete la figura inerte de la mujer apoyada sobre la alambrada. Su brazo derecho se quedó levantado, enganchado en esa postura, apuntando hacia el cielo en un gesto de súplica o juramento. La cabeza, inclinada hacia atrás, muestra un rostro juvenil lívido de la parálisis producida por la electricidad.

(Seweryna Szmaglewska, Una mujer en Birkenau, Alba editores, pag. 24-28)

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