HITLER, LOS ALEMANES Y LA SOLUCIÓN FINAL: EL DÍA A DÍA EN EL TERCER REICH

Posted on 2 marzo, 2014

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SINAGOGALa realidad del día a día en el Tercer Reich daba prácticamente a todos los sectores de la población causas para estar descontentos, aunque con distintos grados de severidad. Los informes de los años previos a la guerra, tanto de los opositores al régimen como de las autoridades nazis indican decepción, amargura y desilusión, principalmente surgidas a partir de intereses personales o materiales. Tal fue el caso entre los niveles inferiores de la administración pública, maestros, ciertos sectores de los “profesionales liberales”, gente del mundo de los negocios y del comercio, entre la burguesía e incluso entre la juventud alemana. En todos los casos, la insatisfacción tenía sus raíces en el vacío existente entre las expectativas puestas en el nacionalsocialismo y la realidad del Tercer Reich, la verdadera cara de la “comunidad del pueblo”.

Pero el régimen no tenía necesidad de sentirse preocupado por el descontento, exceptuando los casos en los que la moral baja entre los campesinos o, especialmente, entre los obreros industriales tuviera implicaciones para la producción económica. (…)

(…) En 1939 el régimen nazi estaba lejos de alcanzar su ideal de una “comunidad del pueblo” unida. La vida diaria bajo el nacionalsocialismo estaba caracterizada por las tensiones sociales y la discordia. (…) En la esfera “excepcional”, el rechazo del nacionalsocialismo y la oposición a sus políticas no jugaban en absoluto ningún papel. Un ejemplo es la Cuestión Judía, el punto central de la “visión del mundo” nazi.

Cuando los no judíos se vieron confrontados, ante sus propios ojos, con la brutalidad y el salvajismo nazi contra la minoría judía, o sintieron sus intereses económicos o incluso su medio de vida amenazado por el estrecho boicot sobre los negocios judíos, reaccionaron a menudo de forma negativa, incluso con rabia y repugnancia (aunque pocas veces, al parecer, por compasión humanitaria hacia las víctimas). (…) En los años posteriores a 1933, la Cuestión Judía había tenido cada vez menos relevancia en la vida diaria de la mayoría de la población alemana. Los judíos estaban cada vez más despersonalizados, obligados a evitar el contacto social y económico con los no judíos, alejados de la vida cotidiana de la ciudadanía y efectivamente reducidos a una antisímbolo ideológico. La consecuencia de todo ello para la conformación de la opinión popular fue menos la creación de un odio dinámico que una indiferencia fatídica hacia el destino de la población judía. (…)

El régimen nazi fue incapaz de poner en práctica sus promesas sociales. La consecución de la “comunidad del pueblo”, una idea utópica de entrada, fue alejándose cada vez más, a medida que los distintos sectores de la población cayeron bajo la presión de la economía armamentística. A finales de la década de 1930 la columna vertebral social del nacionalsocialismo –la pequeña burguesía y la población rural- estaba resentida y desilusionada. La clase trabajadora estaba políticamente neutralizada por la represión y se mantenía distanciada del régimen.

La desafección y el descontento eran, sin embargo, sólo una faceta de la opinión popular. Más importante era su acompañamiento: “la creciente despolitización, el aumento de la indiferencia, la sorprendente apatía de las grandes masas”. (…)

En la conceptualización de Max Weber, la autoridad carismática se enfrenta al peligro continuo de la rutina –Veralltäglichung (convertirse en el “día a día” en lugar de seguir siendo algo “excepcional”)-. Sólo el dinamismo del éxito ininterrumpido y permanente podrá sostener su autoridad así. En el contexto del Tercer Reich, la seudointegración de la “comunidad de destino” del pueblo alemán sólo podía sostenerse mediante los “éxitos” nacionales. Bajo el punto de vista de Hitler, sólo el éxito nacional constantemente renovado podía impedir el estancamiento y el temido malestar social que resultaría de él. (…) El progresivo dinamismo, sin embargo, no era infinito: el final era la guerra y la destrucción.

(Ian Kershaw: Hitler, los alemanes y la solución final, La Esfera de los libros, 2009, pags. 220-223, y 229-231)